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La introversión y la timidez en la infancia

La timidez y la introversión preocupan mucho a los padres. La ven como una barrera de limitación de cara a la evolución “normal” del niño como si fuera un hándicap a la hora de hacer frente a las circunstancias de la vida. No son pocas las veces que se escucha decir: “Ojalá mi hijo fuera de otra manera”. De hecho, se tiene la idea preconcebida de que es mejor que éste tenga más temperamento a la hora de relacionarse con los otros en lugar de ser tan reservado. El peor desencadenante se produce cuando esas palabras (que no dejan de funcionar como una etiqueta) llegan a los oídos del niño. Y, a veces, no es que les llegue de manera fortuita sino que son los mismos adultos quienes le lanzan este mensaje con la intención de hacerles reaccionar.

Primeramente, es importante no confundir la timidez con la introversión. A pesar de ser rasgos con características comunes son conceptos distintos. En función del grado de intensidad que experimenten su auto-concepto y autoestima podrán verse comprometidos conduciéndoles a no sentirse bien con ellos mismos.

Introversión

Cuando un niño es introvertido suele preferir participar en grupos pequeños y de confianza. A la hora de relacionarse con sus integrantes lo hará con naturalidad y comodidad. Quizás no se exprese tan abiertamente como lo pueden hacer otros niños pero se siente bien con él mismo y con su forma de actuar.

Timidez

Sin embargo, cuando hay timidez, al menor le gustaría participar al igual que lo hacen los demás pero le surgen miedos e inseguridades que no le dejan llevarlo a cabo; y si lo hacen, será con dificultad.

Tanto si se habla de un infante introvertido como tímido es importante que las personas de su entorno no lo subrayen en demasía. En casa, en el colegio, en su entorno más directo ha de sentirse aceptado y no tener la sensación de estar catalogado por ello. Recordemos que todos somos diferentes; eso no nos hace ser ni mejores ni peores personas. Dejarles caer indirectas que aludan a dichos rasgos no es una alternativa que vaya a ayudarles a “espabilar” ya que de esa manera pueden llegar a sentirse excluidos y raros al no cumplir con las expectativas esperadas por los de su alrededor. (Recomiendo echar un ojo a la entrada: imitación-comparación-competición)

«Uno de los objetivos principales de la educación es ofrecer los mecanismos necesarios para crecer de forma saludable y equilibrada»

Ello no quiere decir que no haya que prestar atención a la timidez o la introversión si vemos que alcanzan un grado más llamativo de lo usualmente conocido. No hay que olvidar que ambos conceptos tienen características positivas si se saben utilizar como herramientas en beneficio personal. De hecho, ése es uno de los objetivos principales de la educación: ofrecer los mecanismos necesarios para crecer de forma saludable y equilibrada. Por ello, si vemos que el niño tiene serias dificultades a la hora de relacionarse con los demás y le bloquea de una manera importante en su día a día, puede indicarnos algo. Frente esto es importante no despreocuparnos del problema ni verlo como una etapa sin más. Si lo hacemos, el mensaje que recibirá será el de despreocupación y desvalorización de sus sentimientos y emociones. Necesitan sentirse escuchados, encontrar comprensión y obtener un trato natural frente a ese bloqueo.

Ante ello, se puede llegar a pensar que tener temperamento es sinónimo de tener una vida más fácil. Y no es así porque en esta vida todo tiene su parte positiva y negativa. En función de cómo se actúe/utilice/enfoque hará que la balanza se incline hacia un lado u otro. Lo esencial (y al mismo tiempo lo más difícil) es alcanzar el punto intermedio: el anhelado equilibrio.

Recuerda: La timidez y la introversión no tienen por qué ser barreras para la vida.

Nuestra voz interior: Parte II


Nuestra voz interior es aquel diálogo que mantenemos con nosotros mismos. Lo hacemos constantemente. Hablamos un 80% del tiempo mientras estamos conscientes. Dependiendo de las experiencias que hayamos vivido a lo largo de nuestra vida y de aquellos mensajes que nos hayan ido llegando con el paso de los años tendremos condicionadas actitudes, pensamientos, frases e incluso emociones.

Las palabras forman parte de nuestra vida de muchas maneras. Nos pueden ayudar a esforzarnos, a sacar lo mejor de nosotros e incluso de otros pero, también, nos pueden hacer ver la realidad con un enfoque distorsionado.

Durante los primeros años de vida tenemos serias dificultades para comunicarnos como nos gustaría; contarles a los demás lo que sentimos o necesitamos se convierte en un reto importante. Lo curioso es cómo nos centramos en esa incapacidad temporal mientras obviamos lo que el niño va escuchando de quienes están con él. Ya sabéis lo que dicen: de pequeños somos como verdaderas esponjas, absorbiendo y aprendiendo todo cuanto nos rodea. Pero a veces no nos damos cuenta de ello y cometemos errores tanto con nuestro ejemplo como en la manera de dirigirnos hacia los más pequeños.

Y es que los adultos tendemos a irnos hacia los extremos. Algunas veces nos dicen que pecamos al enviar demasiados mensajes positivos a los niños; otras que abusamos al remarcar todo aquello que hacen mal. Siempre jugando al blanco o negro. ¿Por qué actuamos así? ¿Por miedo a que no cumplan con nuestras expectativas o las de la sociedad? Sea como fuere, lo importante es darnos cuenta y trabajar en conseguir un trato más sano y objetivo, es decir, encontrar un término medio: la escala de grises.

Para ello lo que necesitamos es saber escuchar y dialogar. No todos sabemos hacerlo correctamente. Intentar aprender a escuchar no para responder sino para entender y empatizar con los sentimientos del otro, es fundamental. Tenemos la costumbre de que, cuando los niños nos cuentan según qué, nos reímos o terminamos diciéndoles que lo que nos cuentan no tiene importancia. Incluso a veces lo etiquetamos como <<tonterías>>. Pero se nos olvida que, aunque sean pequeños, lo viven intensamente. Sienten las circunstancias acorde a su edad lo que no implica que sean menos importantes. No simplifiquemos sus emociones.

Por otra parte, dialogar también es muy importante. La confianza es la base de la comunicación. Es necesario que los niños sientan que lo que dicen nos importa; que reciban mensajes objetivos, útiles, sinceros y procurando utilizar palabras acorde a su edad y a su nivel de comprensión. Permitidme que remarque el término de sinceridad. Considero que con las mentiras se puede llegar a hacer daño. Ocultarles las cosas a la larga puede generar problemas de confianza y seguridad. El no saber exactamente qué es lo que ocurre puede generarnos miedos y despertar sentimientos no encontrados que llegan a desestabilizarnos interiormente. Contémosles la realidad siempre desde el respeto escogiendo fielmente las palabras y la manera en comunicárselo.

También, procurar que su autoestima sea sólida y que, a medida que pase el tiempo, se vaya fortaleciendo a pesar de las circunstancias que puedan surgir por el camino. Ésta se consigue con amor, estando a su lado tanto en lo bueno como en lo menos bueno, enviándoles mensajes positivos llenos de energía, de confianza, reconociendo sus esfuerzos (a pesar de los posibles tropiezos) y recordándole día tras día lo orgullosos que estáis de él/ella.

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Para leer «NUESTRA VOZ INTERIOR: PARTE I» (Haz clik!)

Cuando las palabras no lo dicen todo

Cuando somos bebés no podemos expresar con palabras nuestras necesidades por lo que utilizamos el llanto como vía de comunicación más directa y explosiva. De esa manera, captamos la atención de los que están cerca con el objetivo de hacer desaparecer nuestro malestar. Al principio podrá ser complicado dar con aquello que el lactante pide por lo que se recurrirá al método del descarte en mayor medida (¿Tendrá hambre? ¿Sueño? ¿Estará mojado? ¿Le dolerá algo?), a la par que los sentidos se verán obligados a potenciarse como nunca antes habían hecho. Pero esta situación no se mantendrá mucho en el tiempo ya que, con el paso de éste, se aumentará la habilidad de captar aquello que el bebé necesita a medida que vamos descubriendo sus ritmos internos.

Cuando aprenden a hablar se entra en una nueva etapa. Ya no será necesario estar jugando a las adivinanzas y podremos relajarnos ante la progresiva habilidad que el niño irá adquiriendo para pedir todo aquello que quiera (¡Y cuando digo todo es todo!). Y es que, a medida que crecen, vamos apagando en cierta manera aquel sobreesfuerzo que se hacía en observar al niño en profundidad. La comunicación se vuelve más práctica y, por consiguiente, nosotros también.

Es ahí cuando se llega a la fase de normalización. El niño habla y se expresa con claridad permitiéndole relacionarse con el mundo mucho mejor. La frustración que había sentido tiempo atrás por no saber expresarse, desaparece. Su evolución fluye a gran velocidad. Van ganando en autonomía y los adultos retoman parte de aquella independencia que tenían antes de ser padres. Pero es curioso cómo esa comunicación oral daña a nuestros instintos más primarios. Es como si las palabras dejaran a un lado al lenguaje no verbal cuando en verdad el porcentaje de información que ofrece éste último es notablemente mayor.

Oímos las palabras y nos tomamos la libertad de interpretarlas a nuestro antojo. Las llevamos a nuestro terreno con la única intención de contestar en vez de respetar al otro y empatizar con lo que siente. Respondemos, contraatacamos, decimos, ordenamos, aconsejamos sin esforzarnos en indagar en lo que éstas esconden. 

Y es que saber ver y escuchar es muy importante. Especialmente cuando los niños van creciendo. Tal como nos pasa a los adultos, escogiendo las palabras adecuadas y haciendo un poco de actuación se pueden llegar a tapar grandes cosas. Una rabia o alegría desmesurada pueden estar ocultando una gran tristeza. Por eso, es fundamental poner en práctica la observación de su conducta tanto en casa como fuera de ésta. Ver cómo se relacionan con otros, estar atentos a su lenguaje corporal, saber cómo reaccionan ante determinadas situaciones… Todo ello nos irá dando información relevante acerca del niño. Si escuchamos lo que nos dicen pero no nos paramos en ver más allá de las palabras, estaremos dando pie a que aprendan a hacer lo mismo con los demás y, peor aún, con ellos mismos.

Dediquemos un rato cada día a mirarles a los ojos (éstos dicen más de lo que creemos) y a preguntarles qué tal se encuentran; dialogar en un clima de confianza mientras observamos sus gestos nos ayudará a averiguar si el contenido de sus palabras van en consonancia con lo que sienten. De esa manera, estaremos ayudándoles a estar más equilibrados emocionalmente.

El rincón de la calma

Todos en algún momento sentimos la necesidad de apartarnos de los ruidos y del ritmo ambiental. Nuestro cuerpo nos pide quietud y descanso, lo que nos lleva a querer dedicarnos tiempo para pensar, para desconectar y liberarnos de las obligaciones por un rato. Para ello, solemos retirarnos a lugares que nos dan la oportunidad de estar con nosotros mismos. Los condicionamos hasta tal punto que cuando nos referimos a ellos utilizamos posesivos: “mi rincón; mi sitio favorito”; como si de alguna manera nos pertenecieran. Pero al no poder desplazarnos hasta allí las veces que nos gustaría, lo que hacemos es crear en nuestro propio hogar zonas que nos puedan aportar esa paz que necesitamos con relativa frecuencia.

¿Pero y los niños? ¿Ellos también necesitan ese tiempo para sí mismos? Sí. Poco a poco van dándose cuenta de sus ritmos internos y van conectándose con las necesidades de su organismo. Sabemos que su energía suele ser arrolladora pero cuando el cansancio aflora, cuando algo les estresa o cuando se ponen <<pachuchos>> también buscan ese refugio: estar en brazos de mamá o papá, en el sofá, con su peluche favorito… Son muy variadas las señales que lo indican. Cada uno lo manifestará de distinta manera.

En educación, especialmente en la etapa de infantil, se trabaja mucho con los <<rincones>>. Como su propio nombre indica los rincones funcionan como áreas temáticas ubicadas en algún lugar de la sala para que el niño o los niños puedan jugar/aprender de manera individual o colectiva. Es importante que en él se encuentren utensilios y materiales que se adecúen al tema escogido. Si se establece el rincón de la lectura, pondremos a disposición del niño libros variados y alguna silla o alfombra para que pueda/n disfrutar de la actividad. Si es el rincón del supermercado, colocaremos en él alimentos, alguna cesta, una caja registradora, etc. Decir que no es necesario que los materiales sean auténticos pero sí que, cuanto más cuidemos los detalles, mejor.

Volviendo con el tema que nos acontece, me gustaría hablaros de un rincón en concreto. Un rincón que puede ser utilizado por toda la familia: el rincón de la calma. La idea de éste es construir un espacio para cuando sintamos la necesidad de estar con nosotros mismos. En él dispondremos de aquello que nos transmita tranquilidad por lo que estará bien tener en cuenta las necesidades individuales de todos. Para daros algunas ideas se podrían poner un puf, una alfombra, cojines; nuestros libros favoritos, una pequeña mesa con folios en blanco, pinturas, peluches… Todo lo que nos transmita confort.

También puede utilizarse como vía emocional. Este rincón permite conocernos mejor interiormente y aprender a poner nombre a estados emocionales. Tener paz es una sensación agradable y normalmente la sentimos cuando no tenemos preocupaciones y estamos relajados. Por otra parte se pueden trabajar, también, la ira y la tristeza; si ha habido algún pequeño conflicto en casa, el niño (y/o el adulto) puede ir allí para calmarse y reflexionar sobre sus sentimientos. Además, puede ser un espacio que dé pie al diálogo. Los ambientes que nos transmiten seguridad nos ayudan a abrirnos con los demás y tener, así, la oportunidad de expresar nuestros pensamientos de una manera sosegada.

Es importante puntualizar que este rincón no puede condicionarse negativamente ya que recurriremos a él de forma voluntaria. En ningún caso ha que ser utilizado como una vía para el castigo o para la reflexión impuesta.

Por otra parte, quizás estéis pensando en si el teléfono móvil o la tableta pueden utilizarse. Eso lo dejo a elección vuestra, familias. Cada uno es responsable del uso que hace de las nuevas tecnologías. Si las utilizamos con frecuencia a lo largo del día, el rincón podría ayudarnos a desintoxicarnos por un rato. Sin embargo, si durante el día no hemos tenido tiempo de mirar las noticias o las redes sociales, se puede aprovechar ese momento de tranquilidad para ponerse al día. Eso sí, si queréis que vuestros hijos no los usen en el rincón, lo más conveniente sería que vosotros tampoco los usarais. No hace falta decir lo importante que es vuestro modelo para ellos. Recordad: en el rincón únicamente tiene cabida todo aquello que nos proporcione tranquilidad.

Sea como fuere, no olvidéis entrar en patriciarivas.es de vez en cuando. ¡Todo sea por la educación, familias…!  ; )

Los sentidos y el aprendizaje

“-Abrid el libro por la página 20. Hoy vamos a ver los estados de la materia: líquido, sólido y gaseoso. Pedro, por favor, empieza a leer la definición y las características de cada uno de ellos. Estad atentos porque al terminar la lectura haremos los ejercicios que están en la página siguiente”. Cuando Pedro empieza a leer, lo primero que hace el resto de la clase es ojear las preguntas para ir marcando las respuestas en el texto al mismo tiempo. La comprensión y el interés del tema quedan en un segundo plano. Lo que importa es hacer bien los ejercicios.

Puede que la mayoría nos sintamos identificados con esta situación y la veamos como un hecho sin importancia. A los niños no les tiene que interesar todo lo que se les diga en clase; y es cierto ya que cada uno tiene sus propias curiosidades. Pero el problema está en que no es un hecho puntual sino que es una reacción usual en los alumnos.

En las escuelas se transmite el mensaje de que lo valioso del aprendizaje es la puntuación que se obtiene de los exámenes y de los trabajos. Ya sabemos que no es así pero, familias, no nos engañemos. Seguimos corroborando esa teoría porque pensamos que las cosas “funcionarán así” y/o porque “los entendidos son ellos”. Ahí es cuando caemos en la trampa. Nos conformamos. E, incluso, la llegamos a reafirmar al premiar a los niños cuando sacan notas altas. Y lo hacemos porque necesitamos tapar nuestros propios miedos e inseguridades. Las calificaciones se han convertido en una necesidad que nos hace creer que de esa manera se garantiza la inteligencia y la preparación del niño hacia el futuro.

La teoría necesita su práctica. Van ligadas. Para aprender bien, para que haya una comprensión significativa, no es suficiente que se acompañen ilustraciones a esos frondosos textos. Es necesario verificar y tener experiencias sensoriales para, así, interiorizar los datos y poder entenderlos mejor. Trabajar los sentidos no es algo que solo tenga que hacerse con los más pequeños porque si aprendemos es gracias a la información que éstos nos aportan. Con los sentidos podemos interpretar lo que estamos viviendo y a partir de ahí se facilita la ardua tarea de la mente en realizar y fijar esquemas mentales abstractos.

Haced una sencilla prueba vosotros mismos: recordad situaciones de clase en las que aprendisteis algún concepto específico. Es poco probable que digáis que fue sentados en un la mesa delante de un libro. Seguramente haríais alguna actividad que rompió con esa monotonía: una salida al patio, un experimento, un mural… Es justo a eso a lo que me refiero. Aprendemos cuando nuestra atención, nuestra emoción, nuestro interés y nuestros sentidos están presentes en una experiencia a la que le podemos dar un significado. De lo contrario, sólo absorbiendo conocimientos teóricos complejos, el éxito del aprendizaje se ve seriamente comprometido.

Prioricemos el aprendizaje que toda la naturaleza nos da. ¡A más experiencias reales/físicas mejor comprenderemos lo intangible!

“Aquella teoría que no encuentre implicación práctica en la vida, es una acrobacia del pensamiento”. Swami Vivekananda.

“La práctica debe ser siempre edificada sobre la buena teoría”. Leonardo Da Vinci.

“La teoría es cuando se sabe todo y nada funciona. La práctica es cuando todo funciona y nadie sabe por qué. En este caso hemos combinado la teoría y la práctica: nada funciona… y nadie sabe por qué. Albert Einstein.

La importancia de dar lo que ya no nos hace falta

Sí que es cierto que las Navidades no han de ser exclusivas para trabajar valores y llevar a cabo buenas acciones pero hay que reconocer que es un momento muy útil para hacerlo. En este caso me gustaría hablaros de la importancia de dar aquellas prendas, objetos y juguetes que no se utilicen en casa. Un tema muy común pero del que no se suele profundizar en su significado. Por esa razón, hoy vamos a recordar lo que implica la acción de donar.

Como sabemos, vivimos en una sociedad consumista. No hace falta salir a la calle para verlo porque es suficiente con mirar la televisión o fijarnos en lo que tenemos en casa acumulado: libros, ropa, juegos de mesa, CD’s… Siempre tenemos algo que hemos dejado de utilizar o que, simplemente, ya no queremos. Lo curioso es que a veces nos da pereza desprendernos de ello y, cuando nos decidimos a hacerlo, lo tiramos a la basura en vez de llevarlo a aquellos sitios donde puede resultar alarmantemente necesario. Solemos ponernos excusas tales como: “Es que no tengo tiempo”; “Para qué voy a donarlo si luego estas cosas, en verdad, no llegan”; “Esto no lo querrá nadie”. Para mí estas tres son las que están en lo más alto de la lista de justificaciones innecesarias.

Pero eso no es todo. Pedimos (e incluso exigimos) a los niños cómo tienen que ser: empáticos, solidarios, altruistas, que sepan compartir…. Cuando somos los primeros quienes les seguimos comprando aquellas cosas que quieren, los que permitimos que hagan un mal uso de los juguetes y los que toleramos que los utilicen una o dos veces para terminar en un rincón de su habitación.

Seamos sinceros. Los responsables no son ellos… Los que cometemos los errores somos nosotros pero lo ignoramos porque preferimos mirar hacia otro lado e ir por el camino fácil. Aunque pueda sonar a tópico es una realidad: No valoramos lo que tenemos. Solo lo hacemos cuando nos vemos en verdaderos apuros.

Por eso este pequeño escrito va dirigido a los adultos. Primero tenemos que ser nosotros los que prediquemos con el ejemplo para que los niños aprendan de éste. No al revés. Si ven que hacemos buenas acciones (y no sólo hay que hacerlas en fechas especiales…) no tendrán muchos problemas en llevarlo a la práctica. Recordad que somos su mayor referente y sienten admiración por nosotros. Sólo con eso tenemos más de la mitad del camino ganado.

Además, mirad todo lo que se <<consigue>> cuando donamos nuestras pertenencias:

  • Nos sentimos más liberados ya que la limpieza física también se traduce a la emocional lo que hará que nos sintamos mucho mejor al ceder cosas que para nosotros han podido tener un valor importante.
  • Desarrollamos la empatía. Ya sabéis: la capacidad de ponernos en el lugar del otro para comprender sus necesidades y sentimientos.
  • Trabajamos el altruismo. Ayudar a otros sin esperar nada a cambio nos hace crecer como personas.
  • Se tiene una mayor concienciación de otras realidades. Ampliar nuestra visión nos permite conocer la necesidad que tiene mucha gente (por desgracia, no hace falta irse muy lejos para comprobarlo).
  • Nos humaniza. Sí. Hacer buenas acciones nos da una energía que tenemos olvidada. Aquella que nos hace conectar de nuevo con lo esencial y con nosotros mismos; la que nos permite disfrutar de lo más simple y de lo más importante al mismo tiempo.
  • Etc.

Seamos un poco más sensatos con nuestras acciones. No nos cuesta nada reflexionar en estas pequeñas cosas. Espero y deseo que antes de desechar esa bolsa llena de ropa y objetos os paréis a pensar en cuál queréis que sea su lugar de destino.

Nuestra voz interior: Parte I

Imagina que acabas de llegar a un lugar completamente desconocido con una simple mochila sobre tus hombros. En ella tienes lo imprescindible para vivir y cubrir tus necesidades de sed y hambre. Frente a ti, una montaña. A simple vista no hay una meta pero empiezas a caminar y a ascender por ella. A tu alrededor hay gente. Parecen personas experimentadas. Te acompañarán durante el trayecto pero no esperes a que todas terminen el camino contigo.

Cuando decides emprender la marcha algo confuso y temeroso ante la incertidumbre de lo que habrá más allá, las personas que te rodean empiezan a hablarte. Te están enviando mensajes que no puedes obviar. Aún no tienes la capacidad de inmunizarte de ellos; necesitas construir un pequeño mapa orientativo para poder seguir avanzando. Algunas de esas voces te dicen cosas positivas: “Eres capaz de hacerlo, confía en ti mismo. Estamos a tu lado” pero otras no tienen tan buenas intenciones: “¡No podrás llegar! ¡Eres demasiado débil! No sirves para eso…”

Estas personas progresivamente se van alejando de ti a medida que sigues creciendo. Empiezas a conocer el terreno de la montaña por ti mismo aunque en tu cabeza se ha quedado el eco de las palabras que te han estado diciendo hasta no hace mucho tiempo. Son poderosas. Sin darte cuenta se han convertido en parte de tu voz interior. Por eso cuidado. A veces no se pueden controlar y toman gran parte de tus pensamientos y, por consiguiente, de tus decisiones en la vida.

Cuando los niños enferman

Cuando los niños enferman, podemos obtener mucha información sobre cómo se sienten a nivel emocional. Es una gran oportunidad para observarles ya que, según cómo actúen, intuiremos si tienen alguna necesidad que se nos puede haber pasado por alto.

Es cierto que no a todos nos gusta que nos mimen cuando estamos convalecientes pero hay un porcentaje considerable que manifiesta la necesidad de recibir atención durante esa etapa. Ya sabéis, el sentirse querido es tan reconfortante que nos ayuda a recuperarnos con más facilidad. Hay estudios científicos que lo certifican. Sin ir más lejos cuando nacen bebés, especialmente los bebés prematuros, se utiliza el ‘método canguro’, más conocido como ‘piel con piel’. Está demostrado que cuando los bebés están en contacto con sus progenitores mediante este órgano, el funcionamiento de su organismo mejora, se sienten mucho más seguros y reconfortados ante la llegada a un mundo completamente desconocido para ellos.

Y es que cuando los peques se ponen malitos… ¡Las atenciones se multiplican! Y esto les puede gustar o no (como hemos visto) en función de su personalidad y de lo que necesiten en ese momento. Además, es importante que los adultos nos controlemos y no nos dejemos llevar hacia los extremos: no hay que preocuparse y estar encima en exceso poniéndoles el termómetro cada cinco minutos como tampoco despreocuparnos hasta llegar a desatender algunas de sus necesidades por miedo a que puedan acostumbrarse a esa especial atención.

El término medio es la mejor opción. Como sabéis, nuestro ejemplo será clave para vivir esos días de la forma más natural posible. Estar pendientes pero relajados, envía un mensaje de confianza y tranquilidad a los niños. Esos días pueden funcionar, además, como comodines para flexibilizar las rutinas cotidianas y hacer cosas diferentes que les ayude a sentirse mejor (algo parecido a cuando estamos de vacaciones).

Pero, a veces, puede ocurrir que el niño entre en una dinámica de querer enfermar ‘voluntariamente’. Si lo hace con frecuencia, puede estar manifestando una falta de atención hacia las personas de su entorno a causa de una carencia afectiva. No hay que pensar que se ha acostumbrado a ese trato especial puesto que, cuando los niños tienen cubiertas sus necesidades, no piden ‘extras’. Cuando nos sentimos seguros y queridos (de forma saludable) no necesitamos que los demás estén encima de nosotros. Simplemente porque NOS SENTIMOS COMPLETOS.

Si los niños se sienten amados en su día a día, si saben que sus necesidades están atendidas y sienten que están en un entorno rico y equilibrado, no sentirán la necesidad de enfermarse. De hecho no querrán estar enfermos porque al fin y al cabo, ¿a quién le gusta?

Autonomía: una conquista y no un abandono

Para que se dé una evolución madurativa sana en el ser humano se necesitan mecanismos cognitivos, es decir, unas estructuras de pensamiento que nos conducen a la transformación y al desarrollo. En ellos se incluye la memoria, uno de los componentes esenciales de la inteligencia. Si ésta estuviera dañada o si no la utilizáramos correctamente no habría progreso; tendríamos que empezar siempre desde cero para hacer cualquier cosa. Por ello, si hay un déficit en dichos mecanismos la afectividad también se ve afectada. No hay que olvidar que si el niño nace en un entorno sin estímulos y sin afecto, todo ese progreso saldría perjudicado.

A pesar de estar automatizados para la evolución, necesitamos que las personas que nos rodean signifiquen algo. Figuras de vínculo que atiendan nuestras necesidades básicas como son el alimento, el afecto y la seguridad. Como os podréis imaginar, estas personas conforman la familia directa del niño (papá, mamá…) y la externa (abuelos/as, primo/as, tíos…). Al margen de ella, también es necesario que existan otras que representen afecto y confianza para él. Por ejemplo los educadores. Éstos también se ocupan de cubrir las necesidades del niño, de expresar y comunicar afección y cercanía.

A raíz de un apoyo de calidad de todas las personas del entorno, surgirá la autonomía en el niño. Una autonomía que no significa el abandono del otro sino más bien una conquista. Una conquista de nuevos descubrimientos con el conocimiento de que los suyos estarán ahí para apoyarle.


Consejo:

Cuando el niño vaya por primera vez a la guardería/escoleta/escuela, intentaremos que la separación sea sana y sin angustias. Si el niño se queda feliz allí pero nosotros tenemos sentimientos de preocupación, de alguna manera afectará a la relación que existe entre ambos. Le entrará inseguridad y se dará cuenta de que algo no va bien. Si ocurre al contrario, es decir, es al niño a quién no le gusta la separación, lo que no haremos será desaparecer de repente sino darle explicaciones de lo que va a ocurrir (lo ideal sería prepararle para la nueva situación con algún tiempo de antelación). Intentaremos buscar recursos propios (nadie mejor que nosotros mismos para conocer a los hijos) para que esa estructura afectiva pueda impulsarle a hacer cosas nuevas en vez de generarle sentimientos negativos. Si nos ven bien y seguros en poco tiempo terminarán adaptándose.

La frustración

Todos hemos sentido más de una vez la frustración, especialmente cuando somos niños. Durante los primeros aprendizajes nos enfadamos con facilidad al ver que no conseguimos nuestros deseos. Bien porque nos faltan recursos, porque no cumplimos las propias expectativas o porque otros no nos dejan hacer lo que queremos. Todo esto conlleva a enfados leves y… bueno, a veces, no tan leves. Pero a pesar de ello, tenemos que pasar por el aro y aceptar que sentimos rabia ya que, al igual que pasa con las emociones, hay que aprender a tolerarlas e identificarlas. Así estaremos más cerca de conseguir un autocontrol emocional sano.

¿Qué pasa si no sabemos gestionar bien la frustración? Pues que puede generarse la falsa creencia de no ser capaces de superar obstáculos, de no saber resolver los conflictos, llegar a desencadenar apatía e, incluso, problemas de autoestima. Si no se ‘resuelve’ a una edad relativamente temprana, con el paso de los años puede desencadenar en problemas emocionales importantes y, en la edad adulta, derivar en alguna patología.

¿Cómo ayudarles en el proceso? Mediando en aquellos momentos que veamos necesarios y con nuestro ejemplo; ayudarles a salir poco a poco del círculo vicioso de la frustración mediante la expresión/verbalización del enfado.

Una herramienta muy útil, pues, es el diálogo y el sentirse comprendidos por otros. Podemos darles ejemplos de nuestras propias frustraciones para hacerles ver que a todos tenemos rabietas de vez en cuando puesto que los límites existen para todos.

Eso sí. Hay situaciones y situaciones. Si el niño no puede comer chocolate (un suponer) y sabemos que por la calle por la que vamos a pasar hay una pastelería con un escaparate lleno de dulces, no le haremos pasar por delante para que aprenda a tolerar la frustración. Obviamente, en ese caso, lo que haremos será evitar esa calle. Tampoco tenemos que forzar  los escenarios. Todo debe surgir de manera espontánea.

Dejar que pasen las cosas de manera natural es la mejor manera para ir aprendiendo.