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La introversión y la timidez en la infancia

La timidez y la introversión preocupan mucho a los padres. La ven como una barrera de limitación de cara a la evolución “normal” del niño como si fuera un hándicap a la hora de hacer frente a las circunstancias de la vida. No son pocas las veces que se escucha decir: “Ojalá mi hijo fuera de otra manera”. De hecho, se tiene la idea preconcebida de que es mejor que éste tenga más temperamento a la hora de relacionarse con los otros en lugar de ser tan reservado. El peor desencadenante se produce cuando esas palabras (que no dejan de funcionar como una etiqueta) llegan a los oídos del niño. Y, a veces, no es que les llegue de manera fortuita sino que son los mismos adultos quienes le lanzan este mensaje con la intención de hacerles reaccionar.

Primeramente, es importante no confundir la timidez con la introversión. A pesar de ser rasgos con características comunes son conceptos distintos. En función del grado de intensidad que experimenten su auto-concepto y autoestima podrán verse comprometidos conduciéndoles a no sentirse bien con ellos mismos.

Introversión

Cuando un niño es introvertido suele preferir participar en grupos pequeños y de confianza. A la hora de relacionarse con sus integrantes lo hará con naturalidad y comodidad. Quizás no se exprese tan abiertamente como lo pueden hacer otros niños pero se siente bien con él mismo y con su forma de actuar.

Timidez

Sin embargo, cuando hay timidez, al menor le gustaría participar al igual que lo hacen los demás pero le surgen miedos e inseguridades que no le dejan llevarlo a cabo; y si lo hacen, será con dificultad.

Tanto si se habla de un infante introvertido como tímido es importante que las personas de su entorno no lo subrayen en demasía. En casa, en el colegio, en su entorno más directo ha de sentirse aceptado y no tener la sensación de estar catalogado por ello. Recordemos que todos somos diferentes; eso no nos hace ser ni mejores ni peores personas. Dejarles caer indirectas que aludan a dichos rasgos no es una alternativa que vaya a ayudarles a “espabilar” ya que de esa manera pueden llegar a sentirse excluidos y raros al no cumplir con las expectativas esperadas por los de su alrededor. (Recomiendo echar un ojo a la entrada: imitación-comparación-competición)

Uno de los objetivos principales de la educación es ofrecer los mecanismos necesarios para crecer de forma saludable y equilibrada

Ello no quiere decir que no haya que prestar atención a la timidez o la introversión si vemos que alcanzan un grado más llamativo de lo usualmente conocido. No hay que olvidar que ambos conceptos tienen características positivas si se saben utilizar como herramientas en beneficio personal. De hecho, ése es uno de los objetivos principales de la educación: ofrecer los mecanismos necesarios para crecer de forma saludable y equilibrada. Por ello, si vemos que el niño tiene serias dificultades a la hora de relacionarse con los demás y le bloquea de una manera importante en su día a día, puede indicarnos algo. Frente esto es importante no despreocuparnos del problema ni verlo como una etapa sin más. Si lo hacemos, el mensaje que recibirá será el de despreocupación y desvalorización de sus sentimientos y emociones. Necesitan sentirse escuchados, encontrar comprensión y obtener un trato natural frente a ese bloqueo.

Ante ello, se puede llegar a pensar que tener temperamento es sinónimo de tener una vida más fácil. Y no es así porque en esta vida todo tiene su parte positiva y negativa. En función de cómo se actúe/utilice/enfoque hará que la balanza se incline hacia un lado u otro. Lo esencial (y al mismo tiempo lo más difícil) es alcanzar el punto intermedio: el anhelado equilibrio.

Recuerda: La timidez y la introversión no tienen por qué ser barreras para la vida.

La transformación del humano en una tortuga

El cuerpo del ser humano va cambiando con el paso de los años como consecuencia de su adaptación al entorno. Todo ser vivo hace las transformaciones necesarias para garantizar su supervivencia. En nuestro caso, las muelas del juicio ya no cumplen ninguna función por lo que terminarán por desaparecer. Al igual que el dedo meñique del pie (bueno, en realidad todos excepto el dedo gordo que es el que necesitamos para equilibrarnos) ya que a día de hoy sólo sirve para ver las estrellas cuando nos pegamos con la pata de la mesilla de noche. Con un poco de suerte las futuras generaciones no experimentarán ese dolor tan característico. Lo mismo sucederá con el coxis. El apéndice, las costillas cervicales (entre otros) tienen los días contados.

Ahora bien. Por mi parte añadiría algo más: el cuello. Nuestro cuello va a sufrir cambios importantes en poco tiempo. No hablo de llegar hasta el punto de la desaparición por completo, pero sí algunos de sus movimientos. Concretamente de aquellos que nos permiten alzar la mirada y mirar hacia arriba. Ya nadie mira el cielo, los árboles, las azoteas, las estrellas, las nubes o ver caer las gotas de lluvia.

Llevo mucho tiempo observándonos desde fuera. Me limito a sentarme y mirar lo que sucede a nuestro alrededor. Y es que la mayoría de nosotros (y, por consiguiente, los niños) miramos hacia abajo. Nuestro cuello siempre está inclinado para toquetear el teléfono y leer las redes sociales ya sea en la parada del autobús o esperando en el paso de peatones para cruzar (que estamos hablando de unos pocos segundos ¡señores!). Cada vez hay menos contacto visual. Y cuando las miradas se encuentran surge una pequeña incomodidad que nos impulsa a volver a nuestra postura de confort. ¿Te sucede?

Es curioso cómo no hace mucho tiempo se etiquetaba con facilidad a aquellas personas que tenían tendencia a agachar la cabeza por introversión. ¿Y ahora? Ahora, todos nos vamos convirtiendo en seres sociales a nivel virtual pero no a nivel personal ya que se van acentuando nuestras inseguridades cuando estamos con otros. El teléfono se ha convertido en un salvavidas que nos proporciona una seguridad ficticia. O, mejor aún, nos hace ser como las tortugas cuando se refugian en su caparazón al mínimo contratiempo.

Y cuando las miradas se encuentran surge una pequeña incomodidad que nos impulsa a volver a nuestra postura de confort.


Lo peor de todo es que esta situación parece no tener freno. Los adolescentes y no tan adolescentes actúan de la misma manera. Y no es su culpa; su entorno no les ofrece el mejor ejemplo que digamos. Incluso son los mismos adultos quienes aprovechan el impulso de la tecnología para desentenderse de los niños. Por un rato <<está bien>> pero no hay que llevarlo al extremo. No tiene ni pies ni cabeza utilizarlo como recurso para tenerle ocupado y, así, evitar relacionarse con el menor. Es ahí cuando me pregunto: ¿¡Qué nos está pasando…?!

Está claro que la evolución es imparable pero de nosotros depende que tome la dirección correcta o por lo menos se dirija hacia un camino saludable. Pero parece que el ser humano no quiere darse cuenta (a pesar de su inteligencia y de la evolución que venimos hablando) de que continúa cometiendo errores muy serios.

Está claro que la evolución es imparable pero de nosotros depende que tome la dirección correcta


Por eso te pido que dediques un rato cada día a mirar hacia arriba y que tus hijos compartan ese momento contigo. Hablad de los colores del cielo, de la forma de los edificios, de los pájaros que se posan en las ramas de los árboles. Colabora para que tu cuello y el de tus hijos no se limiten a mirar hacia abajo. Observad todo cuanto os rodea. ¡Ampliad horizontes! Por mucha resolución que tengan las nuevas tecnologías nunca podrán estar a la altura de los colores que la propia naturaleza nos regala cada día. Si no, mirad el espectáculo del amanecer o del atardecer. La vida nos da todo y nosotros insistimos en ignorarla y mirar hacia otro lado. Un lado que solo nos lleva a la sumisión del Sistema. Un lado que nos atonta y nos anula para poder manejarnos a su antojo.

No lo permitas. ¡Incrementa las excursiones a la naturaleza! Retoma sensaciones olvidadas y haz que las descubran tus hijos. Llévales siempre por el camino de la diferencia. Libérales de convencionalismos sociales que limitan nuestras capacidades.

Recuerda:

No te olvides de la vida… ¡No te olvides de vivir!

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Primeramente, es importante no confundir la timidez con la introversión. A pesar de ser rasgos con características comunes son conceptos distintos. En función del grado de intensidad que experimenten su auto-concepto y autoestima podrán verse comprometidos conduciéndoles a no sentirse bien con ellos mismos.

Introversión

Cuando un niño es introvertido suele preferir participar en grupos pequeños y de confianza. A la hora de relacionarse con sus integrantes lo hará con naturalidad y comodidad. Quizás no se exprese tan abiertamente como lo pueden hacer otros niños pero se siente bien con él mismo y con su forma de actuar.

Timidez

Sin embargo, cuando hay timidez, al menor le gustaría participar al igual que lo hacen los demás pero le surgen miedos e inseguridades que no le dejan llevarlo a cabo; y si lo hacen, será con dificultad.

Tanto si se habla de un infante introvertido como tímido es importante que las personas de su entorno no lo subrayen en demasía. En casa, en el colegio, en su entorno más directo ha de sentirse aceptado y no tener la sensación de estar catalogado por ello. Recordemos que todos somos diferentes; eso no nos hace ser ni mejores ni peores personas. Dejarles caer indirectas que aludan a dichos rasgos no es una alternativa que vaya a ayudarles a “espabilar” ya que de esa manera pueden llegar a sentirse excluidos y raros al no cumplir con las expectativas esperadas por los de su alrededor. (Recomiendo echar un ojo a la entrada: imitación-comparación-competición)

Uno de los objetivos principales de la educación es ofrecer los mecanismos necesarios para crecer de forma saludable y equilibrada

Ello no quiere decir que no haya que prestar atención a la timidez o la introversión si vemos que alcanzan un grado más llamativo de lo usualmente conocido. No hay que olvidar que ambos conceptos tienen características positivas si se saben utilizar como herramientas en beneficio personal. De hecho, ése es uno de los objetivos principales de la educación: ofrecer los mecanismos necesarios para crecer de forma saludable y equilibrada. Por ello, si vemos que el niño tiene serias dificultades a la hora de relacionarse con los demás y le bloquea de una manera importante en su día a día, puede indicarnos algo. Frente esto es importante no despreocuparnos del problema ni verlo como una etapa sin más. Si lo hacemos, el mensaje que recibirá será el de despreocupación y desvalorización de sus sentimientos y emociones. Necesitan sentirse escuchados, encontrar comprensión y obtener un trato natural frente a ese bloqueo.

Ante ello, se puede llegar a pensar que tener temperamento es sinónimo de tener una vida más fácil. Y no es así porque en esta vida todo tiene su parte positiva y negativa. En función de cómo se actúe/utilice/enfoque hará que la balanza se incline hacia un lado u otro. Lo esencial (y al mismo tiempo lo más difícil) es alcanzar el punto intermedio: el anhelado equilibrio.

Recuerda: La timidez y la introversión no tienen por qué ser barreras para la vida.

La transformación del humano en una tortuga

El cuerpo del ser humano va cambiando con el paso de los años como consecuencia de su adaptación al entorno. Todo ser vivo hace las transformaciones necesarias para garantizar su supervivencia. En nuestro caso, las muelas del juicio ya no cumplen ninguna función por lo que terminarán por desaparecer. Al igual que el dedo meñique del pie (bueno, en realidad todos excepto el dedo gordo que es el que necesitamos para equilibrarnos) ya que a día de hoy sólo sirve para ver las estrellas cuando nos pegamos con la pata de la mesilla de noche. Con un poco de suerte las futuras generaciones no experimentarán ese dolor tan característico. Lo mismo sucederá con el coxis. El apéndice, las costillas cervicales (entre otros) tienen los días contados.

Ahora bien. Por mi parte añadiría algo más: el cuello. Nuestro cuello va a sufrir cambios importantes en poco tiempo. No hablo de llegar hasta el punto de la desaparición por completo, pero sí algunos de sus movimientos. Concretamente de aquellos que nos permiten alzar la mirada y mirar hacia arriba. Ya nadie mira el cielo, los árboles, las azoteas, las estrellas, las nubes o ver caer las gotas de lluvia.

Llevo mucho tiempo observándonos desde fuera. Me limito a sentarme y mirar lo que sucede a nuestro alrededor. Y es que la mayoría de nosotros (y, por consiguiente, los niños) miramos hacia abajo. Nuestro cuello siempre está inclinado para toquetear el teléfono y leer las redes sociales ya sea en la parada del autobús o esperando en el paso de peatones para cruzar (que estamos hablando de unos pocos segundos ¡señores!). Cada vez hay menos contacto visual. Y cuando las miradas se encuentran surge una pequeña incomodidad que nos impulsa a volver a nuestra postura de confort. ¿Te sucede?

Es curioso cómo no hace mucho tiempo se etiquetaba con facilidad a aquellas personas que tenían tendencia a agachar la cabeza por introversión. ¿Y ahora? Ahora, todos nos vamos convirtiendo en seres sociales a nivel virtual pero no a nivel personal ya que se van acentuando nuestras inseguridades cuando estamos con otros. El teléfono se ha convertido en un salvavidas que nos proporciona una seguridad ficticia. O, mejor aún, nos hace ser como las tortugas cuando se refugian en su caparazón al mínimo contratiempo.

Y cuando las miradas se encuentran surge una pequeña incomodidad que nos impulsa a volver a nuestra postura de confort.


Lo peor de todo es que esta situación parece no tener freno. Los adolescentes y no tan adolescentes actúan de la misma manera. Y no es su culpa; su entorno no les ofrece el mejor ejemplo que digamos. Incluso son los mismos adultos quienes aprovechan el impulso de la tecnología para desentenderse de los niños. Por un rato <<está bien>> pero no hay que llevarlo al extremo. No tiene ni pies ni cabeza utilizarlo como recurso para tenerle ocupado y, así, evitar relacionarse con el menor. Es ahí cuando me pregunto: ¿¡Qué nos está pasando…?!

Está claro que la evolución es imparable pero de nosotros depende que tome la dirección correcta o por lo menos se dirija hacia un camino saludable. Pero parece que el ser humano no quiere darse cuenta (a pesar de su inteligencia y de la evolución que venimos hablando) de que continúa cometiendo errores muy serios.

Está claro que la evolución es imparable pero de nosotros depende que tome la dirección correcta


Por eso te pido que dediques un rato cada día a mirar hacia arriba y que tus hijos compartan ese momento contigo. Hablad de los colores del cielo, de la forma de los edificios, de los pájaros que se posan en las ramas de los árboles. Colabora para que tu cuello y el de tus hijos no se limiten a mirar hacia abajo. Observad todo cuanto os rodea. ¡Ampliad horizontes! Por mucha resolución que tengan las nuevas tecnologías nunca podrán estar a la altura de los colores que la propia naturaleza nos regala cada día. Si no, mirad el espectáculo del amanecer o del atardecer. La vida nos da todo y nosotros insistimos en ignorarla y mirar hacia otro lado. Un lado que solo nos lleva a la sumisión del Sistema. Un lado que nos atonta y nos anula para poder manejarnos a su antojo.

No lo permitas. ¡Incrementa las excursiones a la naturaleza! Retoma sensaciones olvidadas y haz que las descubran tus hijos. Llévales siempre por el camino de la diferencia. Libérales de convencionalismos sociales que limitan nuestras capacidades.

Recuerda:

No te olvides de la vida… ¡No te olvides de vivir!

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Nuestra voz interior: Parte II


Nuestra voz interior es aquel diálogo que mantenemos con nosotros mismos. Lo hacemos constantemente. Hablamos un 80% del tiempo mientras estamos conscientes. Dependiendo de las experiencias que hayamos vivido a lo largo de nuestra vida y de aquellos mensajes que nos hayan ido llegando con el paso de los años tendremos condicionadas actitudes, pensamientos, frases e incluso emociones.

Las palabras forman parte de nuestra vida de muchas maneras. Nos pueden ayudar a esforzarnos, a sacar lo mejor de nosotros e incluso de otros pero, también, nos pueden hacer ver la realidad con un enfoque distorsionado.

Durante los primeros años de vida tenemos serias dificultades para comunicarnos como nos gustaría; contarles a los demás lo que sentimos o necesitamos se convierte en un reto importante. Lo curioso es cómo nos centramos en esa incapacidad temporal mientras obviamos lo que el niño va escuchando de quienes están con él. Ya sabéis lo que dicen: de pequeños somos como verdaderas esponjas, absorbiendo y aprendiendo todo cuanto nos rodea. Pero a veces no nos damos cuenta de ello y cometemos errores tanto con nuestro ejemplo como en la manera de dirigirnos hacia los más pequeños.

Y es que los adultos tendemos a irnos hacia los extremos. Algunas veces nos dicen que pecamos al enviar demasiados mensajes positivos a los niños; otras que abusamos al remarcar todo aquello que hacen mal. Siempre jugando al blanco o negro. ¿Por qué actuamos así? ¿Por miedo a que no cumplan con nuestras expectativas o las de la sociedad? Sea como fuere, lo importante es darnos cuenta y trabajar en conseguir un trato más sano y objetivo, es decir, encontrar un término medio: la escala de grises.

Para ello lo que necesitamos es saber escuchar y dialogar. No todos sabemos hacerlo correctamente. Intentar aprender a escuchar no para responder sino para entender y empatizar con los sentimientos del otro, es fundamental. Tenemos la costumbre de que, cuando los niños nos cuentan según qué, nos reímos o terminamos diciéndoles que lo que nos cuentan no tiene importancia. Incluso a veces lo etiquetamos como <<tonterías>>. Pero se nos olvida que, aunque sean pequeños, lo viven intensamente. Sienten las circunstancias acorde a su edad lo que no implica que sean menos importantes. No simplifiquemos sus emociones.

Por otra parte, dialogar también es muy importante. La confianza es la base de la comunicación. Es necesario que los niños sientan que lo que dicen nos importa; que reciban mensajes objetivos, útiles, sinceros y procurando utilizar palabras acorde a su edad y a su nivel de comprensión. Permitidme que remarque el término de sinceridad. Considero que con las mentiras se puede llegar a hacer daño. Ocultarles las cosas a la larga puede generar problemas de confianza y seguridad. El no saber exactamente qué es lo que ocurre puede generarnos miedos y despertar sentimientos no encontrados que llegan a desestabilizarnos interiormente. Contémosles la realidad siempre desde el respeto escogiendo fielmente las palabras y la manera en comunicárselo.

También, procurar que su autoestima sea sólida y que, a medida que pase el tiempo, se vaya fortaleciendo a pesar de las circunstancias que puedan surgir por el camino. Ésta se consigue con amor, estando a su lado tanto en lo bueno como en lo menos bueno, enviándoles mensajes positivos llenos de energía, de confianza, reconociendo sus esfuerzos (a pesar de los posibles tropiezos) y recordándole día tras día lo orgullosos que estáis de él/ella.

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Para leer “NUESTRA VOZ INTERIOR: PARTE I” (Haz clik!)

Cuando las palabras no lo dicen todo

Cuando somos bebés no podemos expresar con palabras nuestras necesidades por lo que utilizamos el llanto como vía de comunicación más directa y explosiva. De esa manera, captamos la atención de los que están cerca con el objetivo de hacer desaparecer nuestro malestar. Al principio podrá ser complicado dar con aquello que el lactante pide por lo que se recurrirá al método del descarte en mayor medida (¿Tendrá hambre? ¿Sueño? ¿Estará mojado? ¿Le dolerá algo?), a la par que los sentidos se verán obligados a potenciarse como nunca antes habían hecho. Pero esta situación no se mantendrá mucho en el tiempo ya que, con el paso de éste, se aumentará la habilidad de captar aquello que el bebé necesita a medida que vamos descubriendo sus ritmos internos.

Cuando aprenden a hablar se entra en una nueva etapa. Ya no será necesario estar jugando a las adivinanzas y podremos relajarnos ante la progresiva habilidad que el niño irá adquiriendo para pedir todo aquello que quiera (¡Y cuando digo todo es todo!). Y es que, a medida que crecen, vamos apagando en cierta manera aquel sobreesfuerzo que se hacía en observar al niño en profundidad. La comunicación se vuelve más práctica y, por consiguiente, nosotros también.

Es ahí cuando se llega a la fase de normalización. El niño habla y se expresa con claridad permitiéndole relacionarse con el mundo mucho mejor. La frustración que había sentido tiempo atrás por no saber expresarse, desaparece. Su evolución fluye a gran velocidad. Van ganando en autonomía y los adultos retoman parte de aquella independencia que tenían antes de ser padres. Pero es curioso cómo esa comunicación oral daña a nuestros instintos más primarios. Es como si las palabras dejaran a un lado al lenguaje no verbal cuando en verdad el porcentaje de información que ofrece éste último es notablemente mayor.

Oímos las palabras y nos tomamos la libertad de interpretarlas a nuestro antojo. Las llevamos a nuestro terreno con la única intención de contestar en vez de respetar al otro y empatizar con lo que siente. Respondemos, contraatacamos, decimos, ordenamos, aconsejamos sin esforzarnos en indagar en lo que éstas esconden. 

Y es que saber ver y escuchar es muy importante. Especialmente cuando los niños van creciendo. Tal como nos pasa a los adultos, escogiendo las palabras adecuadas y haciendo un poco de actuación se pueden llegar a tapar grandes cosas. Una rabia o alegría desmesurada pueden estar ocultando una gran tristeza. Por eso, es fundamental poner en práctica la observación de su conducta tanto en casa como fuera de ésta. Ver cómo se relacionan con otros, estar atentos a su lenguaje corporal, saber cómo reaccionan ante determinadas situaciones… Todo ello nos irá dando información relevante acerca del niño. Si escuchamos lo que nos dicen pero no nos paramos en ver más allá de las palabras, estaremos dando pie a que aprendan a hacer lo mismo con los demás y, peor aún, con ellos mismos.

Dediquemos un rato cada día a mirarles a los ojos (éstos dicen más de lo que creemos) y a preguntarles qué tal se encuentran; dialogar en un clima de confianza mientras observamos sus gestos nos ayudará a averiguar si el contenido de sus palabras van en consonancia con lo que sienten. De esa manera, estaremos ayudándoles a estar más equilibrados emocionalmente.

El rincón de la calma

Todos en algún momento sentimos la necesidad de apartarnos de los ruidos y del ritmo ambiental. Nuestro cuerpo nos pide quietud y descanso, lo que nos lleva a querer dedicarnos tiempo para pensar, para desconectar y liberarnos de las obligaciones por un rato. Para ello, solemos retirarnos a lugares que nos dan la oportunidad de estar con nosotros mismos. Los condicionamos hasta tal punto que cuando nos referimos a ellos utilizamos posesivos: “mi rincón; mi sitio favorito”; como si de alguna manera nos pertenecieran. Pero al no poder desplazarnos hasta allí las veces que nos gustaría, lo que hacemos es crear en nuestro propio hogar zonas que nos puedan aportar esa paz que necesitamos con relativa frecuencia.

¿Pero y los niños? ¿Ellos también necesitan ese tiempo para sí mismos? Sí. Poco a poco van dándose cuenta de sus ritmos internos y van conectándose con las necesidades de su organismo. Sabemos que su energía suele ser arrolladora pero cuando el cansancio aflora, cuando algo les estresa o cuando se ponen <<pachuchos>> también buscan ese refugio: estar en brazos de mamá o papá, en el sofá, con su peluche favorito… Son muy variadas las señales que lo indican. Cada uno lo manifestará de distinta manera.

En educación, especialmente en la etapa de infantil, se trabaja mucho con los <<rincones>>. Como su propio nombre indica los rincones funcionan como áreas temáticas ubicadas en algún lugar de la sala para que el niño o los niños puedan jugar/aprender de manera individual o colectiva. Es importante que en él se encuentren utensilios y materiales que se adecúen al tema escogido. Si se establece el rincón de la lectura, pondremos a disposición del niño libros variados y alguna silla o alfombra para que pueda/n disfrutar de la actividad. Si es el rincón del supermercado, colocaremos en él alimentos, alguna cesta, una caja registradora, etc. Decir que no es necesario que los materiales sean auténticos pero sí que, cuanto más cuidemos los detalles, mejor.

Volviendo con el tema que nos acontece, me gustaría hablaros de un rincón en concreto. Un rincón que puede ser utilizado por toda la familia: el rincón de la calma. La idea de éste es construir un espacio para cuando sintamos la necesidad de estar con nosotros mismos. En él dispondremos de aquello que nos transmita tranquilidad por lo que estará bien tener en cuenta las necesidades individuales de todos. Para daros algunas ideas se podrían poner un puf, una alfombra, cojines; nuestros libros favoritos, una pequeña mesa con folios en blanco, pinturas, peluches… Todo lo que nos transmita confort.

También puede utilizarse como vía emocional. Este rincón permite conocernos mejor interiormente y aprender a poner nombre a estados emocionales. Tener paz es una sensación agradable y normalmente la sentimos cuando no tenemos preocupaciones y estamos relajados. Por otra parte se pueden trabajar, también, la ira y la tristeza; si ha habido algún pequeño conflicto en casa, el niño (y/o el adulto) puede ir allí para calmarse y reflexionar sobre sus sentimientos. Además, puede ser un espacio que dé pie al diálogo. Los ambientes que nos transmiten seguridad nos ayudan a abrirnos con los demás y tener, así, la oportunidad de expresar nuestros pensamientos de una manera sosegada.

Es importante puntualizar que este rincón no puede condicionarse negativamente ya que recurriremos a él de forma voluntaria. En ningún caso ha que ser utilizado como una vía para el castigo o para la reflexión impuesta.

Por otra parte, quizás estéis pensando en si el teléfono móvil o la tableta pueden utilizarse. Eso lo dejo a elección vuestra, familias. Cada uno es responsable del uso que hace de las nuevas tecnologías. Si las utilizamos con frecuencia a lo largo del día, el rincón podría ayudarnos a desintoxicarnos por un rato. Sin embargo, si durante el día no hemos tenido tiempo de mirar las noticias o las redes sociales, se puede aprovechar ese momento de tranquilidad para ponerse al día. Eso sí, si queréis que vuestros hijos no los usen en el rincón, lo más conveniente sería que vosotros tampoco los usarais. No hace falta decir lo importante que es vuestro modelo para ellos. Recordad: en el rincón únicamente tiene cabida todo aquello que nos proporcione tranquilidad.

Sea como fuere, no olvidéis entrar en patriciarivas.es de vez en cuando. ¡Todo sea por la educación, familias…!  ; )

Los sentidos y el aprendizaje

“-Abrid el libro por la página 20. Hoy vamos a ver los estados de la materia: líquido, sólido y gaseoso. Pedro, por favor, empieza a leer la definición y las características de cada uno de ellos. Estad atentos porque al terminar la lectura haremos los ejercicios que están en la página siguiente”. Cuando Pedro empieza a leer, lo primero que hace el resto de la clase es ojear las preguntas para ir marcando las respuestas en el texto al mismo tiempo. La comprensión y el interés del tema quedan en un segundo plano. Lo que importa es hacer bien los ejercicios.

Puede que la mayoría nos sintamos identificados con esta situación y la veamos como un hecho sin importancia. A los niños no les tiene que interesar todo lo que se les diga en clase; y es cierto ya que cada uno tiene sus propias curiosidades. Pero el problema está en que no es un hecho puntual sino que es una reacción usual en los alumnos.

En las escuelas se transmite el mensaje de que lo valioso del aprendizaje es la puntuación que se obtiene de los exámenes y de los trabajos. Ya sabemos que no es así pero, familias, no nos engañemos. Seguimos corroborando esa teoría porque pensamos que las cosas “funcionarán así” y/o porque “los entendidos son ellos”. Ahí es cuando caemos en la trampa. Nos conformamos. E, incluso, la llegamos a reafirmar al premiar a los niños cuando sacan notas altas. Y lo hacemos porque necesitamos tapar nuestros propios miedos e inseguridades. Las calificaciones se han convertido en una necesidad que nos hace creer que de esa manera se garantiza la inteligencia y la preparación del niño hacia el futuro.

La teoría necesita su práctica. Van ligadas. Para aprender bien, para que haya una comprensión significativa, no es suficiente que se acompañen ilustraciones a esos frondosos textos. Es necesario verificar y tener experiencias sensoriales para, así, interiorizar los datos y poder entenderlos mejor. Trabajar los sentidos no es algo que solo tenga que hacerse con los más pequeños porque si aprendemos es gracias a la información que éstos nos aportan. Con los sentidos podemos interpretar lo que estamos viviendo y a partir de ahí se facilita la ardua tarea de la mente en realizar y fijar esquemas mentales abstractos.

Haced una sencilla prueba vosotros mismos: recordad situaciones de clase en las que aprendisteis algún concepto específico. Es poco probable que digáis que fue sentados en un la mesa delante de un libro. Seguramente haríais alguna actividad que rompió con esa monotonía: una salida al patio, un experimento, un mural… Es justo a eso a lo que me refiero. Aprendemos cuando nuestra atención, nuestra emoción, nuestro interés y nuestros sentidos están presentes en una experiencia a la que le podemos dar un significado. De lo contrario, sólo absorbiendo conocimientos teóricos complejos, el éxito del aprendizaje se ve seriamente comprometido.

Prioricemos el aprendizaje que toda la naturaleza nos da. ¡A más experiencias reales/físicas mejor comprenderemos lo intangible!

“Aquella teoría que no encuentre implicación práctica en la vida, es una acrobacia del pensamiento”. Swami Vivekananda.

“La práctica debe ser siempre edificada sobre la buena teoría”. Leonardo Da Vinci.

“La teoría es cuando se sabe todo y nada funciona. La práctica es cuando todo funciona y nadie sabe por qué. En este caso hemos combinado la teoría y la práctica: nada funciona… y nadie sabe por qué. Albert Einstein.

Imitación, comparación, competición

“Un niño, con tan sólo 42 minutos de vida es capaz de hacer coincidir de alguna manera gestos propios con gestos que se le hacen… A esas edades el cerebro posee circuitos neuronales que unen sensación con acción”. (Neuroeducación. Francisco Mora).

Ya veis, la imitación no hay que tomársela a la ligera. De hecho, es uno de los pilares principales del aprendizaje. Es propia de la naturaleza del ser humano ya que lo hacemos prácticamente a lo largo de nuestra vida: Cuando somos pequeños ‘copiamos’ los gestos de las personas más cercanas y jugamos a representar situaciones cotidianas para entender cómo funciona el mundo; en la adolescencia solemos imitar a nuestros ídolos y actuamos como si fuéramos mayores; en la madurez, imitamos a los que consideramos “mejores” e incluso nos vestimos según la moda de quienes admiramos. Imitar, pues, no es solo cosa de niños.

Pero no sé si os habéis parado a pensar en la fina línea que hay entre la imitación y la comparación. Cuando somos pequeños es algo que no nos preocupa pero, generalmente, a través de los mensajes externos que nos llegan nos vamos cuestionando sobre la finalidad de la misma. Y es que a veces los adultos, de forma consciente o inconsciente, incidimos bastante en ello pudiendo instaurar la idea de que el objetivo principal de la imitación es el compararse con otros: “-Mira qué limpio escribe Jaime… ¿Porqué tú no sabes hacerlo como él? -¿No ves qué Paula es más rápida con los deberes que tú? -¿Por qué no vas a jugar? Mira cómo Pablo no tiene problemas en ir con otros niños”. Estos mensajes que aparentemente no son catalogados como negativos pueden terminar haciendo daño; incluso pueden llegar a comprometer su autoestima sin que nos demos cuenta. Una reiterada comparación del niño con otros puede generar una competitividad interna no muy saludable: “Tengo que ser mejor qué”. Desde luego, no queremos que lleguen hasta ese punto.

Por esa razón, vamos a tener en consideración una serie de puntualizaciones:

  • Nadie es igual que nadie. No hay que perseguir la igualdad ya que en ella no se encuentra la riqueza. Se encuentra en lo diferente, en lo auténtico… ¡en lo raro! Además, pensad una cosa: siendo nuestro planeta tan grande donde no se encuentran dos piedras iguales… ¿qué sentido tendría querer ser igual que otros?
  • TODOS somos buenos en algo. Lo difícil (pero no imposible) es averiguar qué nos apasiona pero nadie está exento ello. ¡N-A-D-I-E!
  • Aceptar que a otras personas se les da mejor hacer determinadas cosas que a nosotros. Pero ojo. Ello no significa que sean mejores. Los futbolistas, por ejemplo, podrán serlo manejando el balón pero eso no quiere decir que sean SUPERIORES a mí o al resto. Ahí está el quid de la cuestión: Nadie es más que nadie.
  • La superación ha de ser con uno mismo. Si quiero ser mejor en algo no lo haré por el hecho de que otra persona lo sea. Lo haré porque tengo una motivación interna que me impulsa a conseguir mis proyectos y mis metas. Lo haré por mí.
  • Enviaremos mensajes positivos y no comprometedores. Cuidar nuestras palabras nos dará una garantía de transmitir un mensaje claro y libre de posibles interpretaciones erróneas teniendo en cuenta las características descritas hasta ahora.
  • Papás y mamás: No tengáis expectativas con vuestros hijos. Liberadles de presiones, frustraciones y miedos enquistados. Cada uno vive las circunstancias que la vida le va presentando… Pero no por ello hay que exigir a las nuevas generaciones unas metas opresoras que no les realizan interiormente. Los consejos siempre tendrán cabida, obviamente, pero siempre desde el respeto hacia sus deseos.
  • La imitación ha de seguir el camino de la ADMIRACIÓN. Recordemos su significado: Emoción que produce a alguien una persona o cosa por tener características extraordinarias.

¡Recuerda!: La palabra convence pero el ejemplo arrastra.

La caja

¿Cuándo fue la última vez que jugaste con tu hijo sin tener puesta la televisión, el ordenador o el móvil encendido? Muchos de vosotros habréis visto en la red más de un vídeo y de una imagen parodiando irónicamente nuestro enganche a estas nuevas tecnologías. Solemos estar más pendientes de hacer el vídeo o la fotografía perfecta, que del momento en sí. Pensamos que de esa manera podremos disfrutar de él cuantas veces queramos cuando en realidad nos estamos perdiendo vivirlo en plenitud. Nuestros sentidos rinden de una manera distinta a cuando utilizamos dichos dispositivos; si sabemos que no hay otro aparato que vaya a hacer <<nuestro trabajo>> nos encargamos de concentrar toda nuestra atención a lo importante impregnando todo detalle en nuestra mente y toda sensación en nuestro cuerpo.

Por eso, los adultos, vamos a volver a ser un ejemplo para los niños. No siempre seremos nosotros quienes les quitemos el juguete, les digamos “con esto ahora no se juega” y lo guardemos en la caja. Cuando se actúa así es porque se creen tener razones de peso. Los dos argumentos con más sustento suelen ser la de considerar que utilizarlo en ese momento es inadecuado por estar en un sitio/situación condicionante y por querer que su atención se concentre en otra tarea más importante que el juego.

Pero ambas pueden perder algo de fuerza si reflexionamos un poquito en cómo actuamos nosotros ya que, en verdad, somos los primeros en utilizar el teléfono móvil o la tableta en situaciones indebidas: a la hora de comer, mientras caminamos, cuando estamos hablando con otras personas… ¡Incluso con ellos! Que muchas veces decimos estar haciéndoles caso cuando nuestros ojos están fijos en la pantallita del dispositivo. Visto así las cosas cambian un poco… ¿verdad?

Como lo importante es darse cuenta y frenar un poco estos nuevos hábitos tecnológicos (especialmente con los más pequeños) os propongo una sugerencia. A golpe de vista puede parecer simple pero es efectiva. La llamo <<La caja>>. ¿En qué consiste? Muy sencillo:

En primer lugar elige una caja de tamaño mediano. Cuando vayas a jugar con tu hijo coge tu móvil, tableta, portátil, o mando del televisor y mételos en ella (no hace falta decir que todo tiene que estar en modo silencio/apagado). No los podrás recuperar hasta que el tiempo de juego haya terminado. Aconsejo que tu hijo te ayude a ponerlos en la caja. Todo te resultará más llevadero cuando veas su cara; estará orgulloso de ti. Además, piensa que es una manera de desintoxicarte por un rato y, así, aprender a desconectar. Aunque no hace falta decir que el objetivo de la caja no es ese. Lo más importante es el mensaje que le estás enviando a tu hijo: “Tú eres mi prioridad, todo lo demás puede esperar. Quiero reírme contigo, aprender de ti y compartir el tiempo, juntos”.

La caja puede formar parte de una dinámica familiar de respeto mutuo muy valioso. Con ese tiempo de calidad se verán reforzados los lazos emocionales, de reconocimiento, de autoestima… Es realmente gratificante para todos. Hacedlo siempre que podáis. Llegará un día en el que ya no hará falta meter nada en la caja porque no echaréis en falta ningún tipo de aparato. Sabréis saborear la importancia de estar juntos porque diferenciaréis la calidad del tiempo y de la compañía.

Así que… Reiniciemos de nuevo los 5 sentidos y volvamos a lo esencial. Eso sí: ¡No desconectéis de patriciarivas.es! Una cosa por la otra, familias… ; )

“Tienes que” “Debes de”

No es fácil ponerse delante de un papel en blanco a escribir. Con escribir me refiero a expresar ideas con sentido. En mi caso es bastante complejo pues no tengo la facilidad de palabra que me gustaría. Antes de empezar, necesito tener unos planteamientos a modo de guión del tema a tratar. También he de preocuparme en cómo estructurarlo para que la información tenga coherencia y plasmarlo de la mejor manera posible. Pero, sinceramente, más que las ideas o el mensaje del escrito lo más complicado (al menos para mí) es elegir las palabras adecuadas. Las cosas se pueden decir de muchas maneras pero, en función de cómo lo expresemos, obtendremos variedad de respuestas. Sé que si pongo exclamaciones en una frase se leerá con énfasis y que si pongo puntos suspensivos puedo crear incertidumbre o reflexión.

Si eso lo trasladamos al lenguaje oral ocurre exactamente lo mismo. No es lo mismo dirigirnos a alguien si le gritamos que si mantenemos las formas; al igual que no lo es utilizar imperativos que esforzarnos en buscar sutilezas. El ser humano es muy complicado pero al mismo tiempo quiere convivir con la ley del mínimo esfuerzo lo que hace que no quiera perder el tiempo ni energía en escoger aquellas palabras/formas verbales que puedan amoldarse mejor a la persona que se tiene delante. Como siempre digo, de nosotros depende hacer que las cosas cambien.

Por esa razón, me gustaría hablaros de dos expresiones que utilizamos con frecuencia con adultos pero, especialmente, con niños. Éstas provocan reacciones muy fuertes, generalmente de rechazo: “Tienes que” “Debes de”. Ambas son imposiciones que no nos hacen ningún bien porque pueden enquistarse en la mente y llegar a provocar auto-exigencias poco saludables. Estoy segura de que todos reaccionamos a la defensiva cuando las escuchamos.

Ejemplos en adultos: “Debes hacer deporte porque es un hábito saludable”. “Tienes que trabajar menos y salir más (o al revés, según el caso)”.
Ejemplos en niños: “Tienes que comer pescado”. “Debes estudiar y aprobar”. “Tienes que portarte bien”.

Si os fijáis, al pronunciarlas solemos hacer hincapié en los verbos para conseguir que el receptor ejecute la orden. Pero, curiosamente, se suele obtener una reacción contraria a la esperada: la de rebeldía. Y esto se da porque se cruza la fina línea del respeto y la libertad de uno mismo. Aún sabiendo que el otro esté en lo correcto no tiene el derecho de obligar al otro a llevarlo a cabo si no quiere.

Al igual que he comentado en un principio es importante empatizar y reflexionar sobre nuestras palabras, las formas y en cómo puede afectarle a la persona con la que estemos hablando (ya sea adulto o niño). En vez de seguir utilizándolas como hasta ahora vamos a aprender a formularlas de otra manera para obtener una reacción mucho más suave y receptiva. Probad a transformarlas en sugerencias: “Estaría bien que…/ Qué te parece si…/ Y si…/ Porqué no pruebas a…/ Me gustaría que…” etc. De esta manera, aunque la intención sea la misma, estamos valorando y respetando a la otra persona. Le estamos proporcionando la oportunidad de que reflexione, escoja sus propias decisiones y, por consiguiente, asuma sus consecuencias. Además, oxigenamos la situación y damos pie a una comunicación tranquila.

Ya veis que de nuevo hago hincapié no solo en la educación de los niños sino también en la nuestra ya que de esa manera podremos obtener mejores resultados en nuestras relaciones tanto con los más pequeños como con otros adultos. No está de más esforzarnos en cuidar nuestras palabras porque si lo hiciéramos cambiarían tantas cosas…

¡Recordad que estamos haciendo el cambio educativo de nuestras vidas! (¿A qué lo habéis leído con énfasis?)

La importancia de dar lo que ya no nos hace falta

Sí que es cierto que las Navidades no han de ser exclusivas para trabajar valores y llevar a cabo buenas acciones pero hay que reconocer que es un momento muy útil para hacerlo. En este caso me gustaría hablaros de la importancia de dar aquellas prendas, objetos y juguetes que no se utilicen en casa. Un tema muy común pero del que no se suele profundizar en su significado. Por esa razón, hoy vamos a recordar lo que implica la acción de donar.

Como sabemos, vivimos en una sociedad consumista. No hace falta salir a la calle para verlo porque es suficiente con mirar la televisión o fijarnos en lo que tenemos en casa acumulado: libros, ropa, juegos de mesa, CD’s… Siempre tenemos algo que hemos dejado de utilizar o que, simplemente, ya no queremos. Lo curioso es que a veces nos da pereza desprendernos de ello y, cuando nos decidimos a hacerlo, lo tiramos a la basura en vez de llevarlo a aquellos sitios donde puede resultar alarmantemente necesario. Solemos ponernos excusas tales como: “Es que no tengo tiempo”; “Para qué voy a donarlo si luego estas cosas, en verdad, no llegan”; “Esto no lo querrá nadie”. Para mí estas tres son las que están en lo más alto de la lista de justificaciones innecesarias.

Pero eso no es todo. Pedimos (e incluso exigimos) a los niños cómo tienen que ser: empáticos, solidarios, altruistas, que sepan compartir…. Cuando somos los primeros quienes les seguimos comprando aquellas cosas que quieren, los que permitimos que hagan un mal uso de los juguetes y los que toleramos que los utilicen una o dos veces para terminar en un rincón de su habitación.

Seamos sinceros. Los responsables no son ellos… Los que cometemos los errores somos nosotros pero lo ignoramos porque preferimos mirar hacia otro lado e ir por el camino fácil. Aunque pueda sonar a tópico es una realidad: No valoramos lo que tenemos. Solo lo hacemos cuando nos vemos en verdaderos apuros.

Por eso este pequeño escrito va dirigido a los adultos. Primero tenemos que ser nosotros los que prediquemos con el ejemplo para que los niños aprendan de éste. No al revés. Si ven que hacemos buenas acciones (y no sólo hay que hacerlas en fechas especiales…) no tendrán muchos problemas en llevarlo a la práctica. Recordad que somos su mayor referente y sienten admiración por nosotros. Sólo con eso tenemos más de la mitad del camino ganado.

Además, mirad todo lo que se <<consigue>> cuando donamos nuestras pertenencias:

  • Nos sentimos más liberados ya que la limpieza física también se traduce a la emocional lo que hará que nos sintamos mucho mejor al ceder cosas que para nosotros han podido tener un valor importante.
  • Desarrollamos la empatía. Ya sabéis: la capacidad de ponernos en el lugar del otro para comprender sus necesidades y sentimientos.
  • Trabajamos el altruismo. Ayudar a otros sin esperar nada a cambio nos hace crecer como personas.
  • Se tiene una mayor concienciación de otras realidades. Ampliar nuestra visión nos permite conocer la necesidad que tiene mucha gente (por desgracia, no hace falta irse muy lejos para comprobarlo).
  • Nos humaniza. Sí. Hacer buenas acciones nos da una energía que tenemos olvidada. Aquella que nos hace conectar de nuevo con lo esencial y con nosotros mismos; la que nos permite disfrutar de lo más simple y de lo más importante al mismo tiempo.
  • Etc.

Seamos un poco más sensatos con nuestras acciones. No nos cuesta nada reflexionar en estas pequeñas cosas. Espero y deseo que antes de desechar esa bolsa llena de ropa y objetos os paréis a pensar en cuál queréis que sea su lugar de destino.