A todos nos gusta sentirnos comprendidos. Nos equilibra interiormente. Cuando nos dejamos llevar hacia los extremos es porque, en realidad, nos sentimos perdidos. Y si muchas veces de adultos tenemos esa sensación, imaginaros los niños. Por eso necesitan pautas y límites. Les da tranquilidad y les encauza hacia un punto concreto y no hacia múltiples direcciones.

Para educar bien no importa haber leído montones de libros, haber investigado sobre diferentes métodos y teorías o buscado pautas de grandes educadores.  Si no empezamos por la base de las relaciones humanas como es, por ejemplo, la empatía, lo demás no nos será de gran utilidad. Recurrir al sentido común es uno de los cimientos imprescindibles para educar al niño.

Si nosotros somos capaces de comprender cómo se siente, el porqué y qué es lo que necesita para sentirse mejor, seguramente cambiemos nuestra forma de dirigirnos a ellos. Por tanto, ahí tenemos otros dos cimientos más: la comprensión y el diálogo.

No hay que olvidar que los niños son personas. Aunque no sean adultos, no está bien tomarse sus emociones a la ligera. Son igual, o más importantes; especialmente aquellas que desencadenan en frustraciones y enfados. Necesitan que les ayudemos a conocerlas y a regularlas. Para ello, primero tendremos que estar en ‘orden’ con nosotros mismos (emocionalmente hablando) y recurrir al cariño y a la paciencia.

Entonces, ¿qué hacer?:

  • Conozcamos primero la situación detonante que ha provocado la emoción del niño.
  • Pongámonos en su lugar y pensemos en lo que necesitaríamos para sentirnos mejor.
  • Si lo sabemos, ayudemos al niño a ofrecerle aquello que puede ayudarle.
  • El diálogo y la mirada son fundamentales para contactar con él. Arrodillarnos y ponernos a su altura hace que sientan una conexión de igual a igual. Nadie es más que nadie.
  • Si vemos que con nuestra intervención se pone peor, le dejaremos su espacio. Podemos decirle en buen tono que, cuando esté calmado, puede contarnos lo qué ha pasado.
  • Si esto no ocurre, cuando ya se encuentre tranquilo y sintamos que nos podemos acercar, lo haremos. Si a pesar de ello no quiere contarlo, lo respetaremos. Tienen derecho a no hacerlo.

Apoyémonos en el sentido común. Si sabemos que cuando estamos enfadados no nos ayuda que otros nos griten, a ellos les sucederá igual. Si nos sentimos incomprendidos y otra persona viene a generarnos más confusión, terminaremos por sentirnos aún peor. Posicionarnos en otros, pues, nos da pistas para saber cómo podemos intentar mediar para no crear más tensiones innecesarias.

Recuerda:

¡No os olvidéis que nuestro ejemplo es mejor que todos los manuales educativos juntos!