Niño: ¿Puedo comer ahora un helado? -Progenitor 1: Está bien pero uno pequeño; recuerda que en un rato cenaremos. -Progenitor 2: ¡No, no, no! ¿A estas horas? Si se lo come, ya sabes lo que pasará; no querrá probar bocado. -Niño: Pero yo quiero un helado! -Progenitor 1: Venga, sí, ¡solo por esta vez…! -Progenitor 2: ¡Que he dicho que no! Si acaso después de cenar. -Niño (enfadado): ¡¡QUIERO EL HELADOOOO!!

Las desavenencias entre los adultos a la hora de tomar decisiones con respecto a los límites y rutinas de los niños son bastante comunes. En verdad, es lógico que suceda. No siempre se puede/debe estar siempre de acuerdo con el otro. Pero como en cualquier relación social sana, lo importante es intentar lidiar con dichas diferencias y encauzarlas hacia un punto común; lograr un acuerdo.

Y es que, es importante saber, que el niño ve a los padres como un “todo”. Se imagina a la familia caminar hacia una misma dirección y a un determinado ritmo; pero cuando surgen las contradicciones… ese camino se ve dividido en dos. Como cada uno quiere ir hacia un lado distinto, intentan convencerse mutuamente utilizando argumentos de peso. El problema está en que el niño pasa a ser un (delicado) espectador.

¿Qué consecuencias se obtiene de ello? Si estos desacuerdos se mantienen a largo plazo se irá rompiendo el concepto inicial que el niño tenía de sus padres y, por consiguiente, entenderá la posición de éstos de diferente manera. Aprenderá a sacar partido de la situación y “jugará” con ambos en función de sus intenciones/necesidades/caprichos. Además, verá vulnerabilidad en aquellas normas que, en teoría, no deberían ser inestables.

Por esa razón, es necesario seguir una misma sintonía. En alguna ocasión podremos equivocarnos ¡es natural! Lo importante es aprender de los errores (echa un ojo a esta entrada “El error positivo”).

¡Tened esta tabla presente para evitar discrepancias!

1) Si no se está de acuerdo con la decisión tomada, ambos lo comunicaréis en otro momento y en privado. NO delante del niño.
2) Cuando uno de los dos “tenga la razón” no serán válidos los reproches. El apoyo entre ambos es esencial para evitar dañar la autoestima y el respeto mutuo.
3) El diálogo siempre predominará a la hora de pautar o acordar la forma de educar y de actuar.
4) La prevención, el mejor aliado. Antes de poner nuevos límites consensuad mutuamente cómo lo llevaréis a cabo y qué consecuencias habrá si no se cumplen.
5) Tener posturas diferentes no quiere decir que uno de los dos esté equivocado. Hay diversidad de opciones y propuestas válidas. Escuchar los diferentes puntos de vista siempre es una señal de respeto, madurez y sensatez.

6) Hacer con cierta frecuencia autoreflexiones tanto a nivel individual como en pareja sobre cómo se está educando al niño.
7) Las desavenencias no son sinónimo de competitividad. Aquí no hay rivalidad ni orgullo.
8) La igualdad siempre ha de estar presente. Es el punto de partida hacia una educación de calidad.
Recuerda:

Estemos atentos a los mensajes que enviamos a los niños. Los adultos somos su principal modelo. Todo lo que hagamos repercutirá en su forma de crecer y de evolucionar.