A la hora de educar, tenemos una serie de expectativas que pocas veces se cumplen. Por una parte, queremos que el niño nos obedezca en casi todo (que esté quieto, que coma verduras, que recoja los juguetes, etc.), sin reproches y de forma automática. Pero, a la vez, nos gusta que sea independiente y haga cosas propias de su edad. Nuestros deseos parecen contradictorios: ¿dónde está el término medio?

En realidad, niños y adultos somos dos caras de una misma moneda. Por un lado, es natural que los menores a veces muestren cierta rebeldía contra las figuras adultas. Necesitan explorar, sentirse libres, seguir sus impulsos y hacer lo que sienten en cada momento. Pero, a medida que el entorno les va imponiendo límites, surgen en ellos sentimientos de frustración e incomprensión. Esto no dista mucho de lo que sucede con los adultos. También se viven momentos de rabia o desesperación al toparnos con la realidad y ver que, educar, conlleva más esfuerzo del que nos habíamos imaginado. Por tanto, niños y adultos no estamos tan alejados en ese sentido.

«Es interesante que nos hagamos esta pregunta, pues en función de su respuesta, la educación de nuestro hijo (y, por tanto, nuestro papel en ella) estará dirigida a un camino u otro»

Lo importante es plantearse en qué nos basamos a la hora de educar. ¿Anteponemos nuestros sentimientos a los del niño? Es decir, ¿actuamos en función de lo que él necesita o de lo que necesitamos nosotros? “Depende de la situación”, pensaréis muchos. La clave está en que ambas partes, niño y adulto, sepan adaptarse mutuamente. Se trata de buscar el equilibrio, lo que supone, necesariamente, la existencia de vaivenes hasta encontrar el punto de estabilidad preciso.

Dicho equilibrio lo encontraremos en el respeto, que abarca, entre otras cosas, la dignidad, la tolerancia, la comprensión, la atención y la consideración. Por obvio que parezca, no podemos olvidar que el niño es una persona, y como tal, tiene derechos. Que sus capacidades cognitivas, físicas e intelectuales sean inferiores a las de un adulto, no significa que éste deba ejercer un poder absoluto sobre el menor, ignorando su manera de pensar, sentir o hacer.

Por eso aconsejo que reflexionemos sobre nuestra impulsividad a la hora de educar. Es importante valorar cada situación, decidir si estamos actuando de manera coherente y si podemos alcanzar acuerdos con el niño para que ambos salgamos beneficiados. En lugar de dar órdenes injustificadas, es preferible intentar el diálogo. Nuestra forma de actuar condicionará la suya y le servirá de ejemplo para tratar con los demás.

Enseñemos a los niños y jóvenes el respeto pero, antes, empecemos por los adultos.