¡Malo! ¡Menudo desobediente! ¡Eres un vago!, ¡Qué torpe eres! ¿Qué os transmiten todos estos adjetivos? Optimismo y esperanza desde luego que no; pero sí negatividad e incluso rechazo. ¡Qué insistencia la nuestra con poner etiquetas!

¿Por qué las utilizamos?

Principalmente se utilizan como recurso a la hora de hacer ver al menor aquello que consideramos erróneo en su actitud o en sus acciones. Pensamos que si se lo remarcamos con frecuencia conseguiremos que se sienta aludido y termine cambiando su conducta. El problema es que haciéndolo de este modo no solo no conseguiremos beneficio alguno sino que comprometeremos su autoestima negativamente. Actuando así, el niño puede llegar a creer que no tiene oportunidad de cambio; que esa etiqueta es parte de él. Por esa razón es importante desviar la atención hacia gestos, conductas y acciones positivas. Así se aumentará la probabilidad de que se repitan y se extingan progresivamente los actos poco adecuados.

Además, las etiquetas no solo perjudican a los menores sino también a nosotros, los adultos. Cuando reiteramos dicha “marca” en el niño estamos enturbiando nuestra espontaneidad a la hora de tratar con él puesto que nuestros pensamientos y nuestras actuaciones se ciñen a ella. Desde el momento en que le catalogamos como “vago” o “lento” (por ejemplo) nuestra atención se centrará exclusivamente en ese adjetivo; lo que se traduce en tener una predisposición diferente a la hora de relacionarnos con él. Nuestra actitud deja de ser objetiva dando paso a una comunicación con tonos irónicos, de desconfianza e, incluso, de decepción. Actuando así lo único que se obtiene es dolor y amargura. Y eso no se lo merece nadie: ni él ni tú.

Por tanto, vemos que etiquetar a los niños provoca no poder valorarles en su totalidad. Siempre que penséis o digáis expresiones como las citadas al principio pensad en este simple ejemplo: Imaginad que habéis pintado de blanco el salón. Al terminar os percatáis de una mancha negra en una de las paredes. A pesar de ser pequeña centraremos la atención en ese punto negro. Hay una alta probabilidad de que cuando enseñemos la sala a familiares o amigos, mencionemos ese defecto provocando que ellos también fijen su atención en ésta. A causa de ello perdemos la oportunidad de disfrutar de lo bien que ha quedado el salón después de haberlo pintado. Eso es precisamente lo que sucede con el niño: terminamos enfocando nuestro interés en aquello que nos preocupa y en lo que no nos gusta ampliándolo al resto de personas que conforman el círculo externo del menor. De nuevo, el entorno del niño le sigue enviando mensajes poco apropiados para su desarrollo y equilibrio interior.

El etiquetado suele surgir de manera espontánea mediante comentarios que pueden ser o no intencionados. Por esa razón, es importante ir con cuidado cuando hablemos de las cualidades entre hermanos ya que se pueden crear tensiones de competitividad innecesarias. Lo correcto es que prevalezca la neutralidad a la hora de referirse a ellos para que nadie se aluda negativamente. (Te invito a leer la entrada “Imitación-comparación-competición”).

NI POSITIVAS NI NEGATIVAS, LAS ETIQUETAS SIEMPRE LIMITAN.

Solemos ir en busca de la semejanza y de la normalización porque la sociedad no deja de imponer la idea de que todo aquello que esté fuera de lo comúnmente conocido es raro e incluso negativo. De ahí surge la auténtica necesidad de etiquetar: para que aparentemente todo se ajuste a los patrones de conducta esperados.