¿Quién tiene que enseñar? ¿Quién tiene que educar? ¿Enseña sólo la escuela? ¿Sólo educa la familia? Siempre nos planteamos esas mismas preguntas. No es que resulten erróneas pero es importante ver la perspectiva que esconden. En nuestro interior siempre hemos sabido que todos estamos involucrados en ambas tareas aunque ahora es cuando se va abriendo el camino hacia la conciliación social y familiar; lo que desemboca en una mayor concienciación de tener que actuar conjuntamente para que el futuro inmediato y no inmediato de los pequeños sea mejor. Y precisamente ahí está la clave: queremos lo mejor para ellos. Queremos que sean felices, que puedan solventar los obstáculos de la vida coherentemente, que sepan ir por el buen camino y, como se suele decir, que sean «alguien» en la vida.

De ahí nace todo. De nuestro amor hacia ellos. De nuestro instinto protector más prehistórico. Pero de esos sentimientos surgen también las peores inseguridades. No sabemos si seremos capaces de darles todo lo que necesitan por lo que empiezan a aflorar carencias y frustraciones personales. Según su grado de intensidad, derivaremos a otros responsabilidades que son únicamente nuestras.

Por supuesto, puntualmente es lógico hacerlo. Cuando vemos que no podemos abordar algo por nosotros mismos está bien apoyarnos en los demás. De eso no hay duda. El problema viene cuando delegamos en demasía. Ya sabéis: todo en exceso es contraproducente.

No podemos esperar que la escuela haga de nuestro hijo alguien excepcional: que sea educado, saque buenas notas, que coma todo tipo de frutas y verduras… Su función con ellos es muy importante pero no quiere decir que sea suficiente para formar a las personas en su totalidad. Allí se adquieren conocimientos, valores, educación, vivencias únicas. Es un entorno esencial durante los años más enérgicos de sus vidas en las que poco a poco irán interiorizando su existencia. La escuela le ayudará en ese crecimiento progresivo.

Por otro lado, los padres, la familia y el entorno directo del niño son esenciales para un desarrollo sano y equilibrado. Los vínculos que se establecen en ella no pueden encontrarse en otro lado. La cultura familiar, los valores… siempre dejan una huella imborrable en lo más profundo de la persona. La identidad y las raíces del niño surgen de ahí:

«Todos los árboles regados con amor crecen fuertes, sanos y con raíces profundas.

Cada una de sus ramas representan historias. Hay de todo tipo: robustas, frágiles, largas, cortas. A pesar de que cada una de ellas sigue su propio camino, van creando una red de confianza y seguridad. Cuando están en sintonía logran soportar toda clase de tormentas y peligros propios del entorno en el que se encuentran.

Las ramas con más años ayudarán a las nuevas a abrirse paso y a llegar, con el tiempo, a la parte más alta donde se encontrarán con la luz del sol y con todo lo que la vida les brinda.

Y así sucederá siempre. Ese será el ciclo de la vida. La familia trabaja conjuntamente basándose en la comunicación, la confianza, la sinceridad y el amor. De esa manera, aunque las cosas no siempre salgan como nos gustaría, se podrá seguir adelante.

Riega tu árbol todos los días.»

Pero aún hay más. Todo lo que sucede alrededor del niño es un aprendizaje para él. Los medios de comunicación como internet, la televisión, redes sociales… cada vez ejercen una mayor influencia en su educación. Ahí es cuando tanto padres como escuela han de tomar cartas en el asunto y, conjuntamente, trabajar para que desde pequeños hagan un uso correcto de ello y obtengan sabias enseñanzas con respecto a lo que está bien y a lo que no lo está (considero que esa distinción es esencial para la vida).

Recuerda

Las personas nos formamos a medida que crecemos día tras día. El ser humano nunca deja de aprender. Nunca deja de madurar. Somos el resultado de las personas que se cruzan en nuestro camino, de todas las experiencias que vivimos, de todo aquello que escuchamos, observamos y sentimos; de la interpretación que hacemos de lo que nos sucede, de cómo pensamos, de cómo vivimos. Somos el resultado del todo y del nada al mismo tiempo.

La esencia del ser humano es la UNIÓN. Cuando enseñas, aprendes. Así de simple.