La transformación del humano en una tortuga

El cuerpo del ser humano va cambiando con el paso de los años como consecuencia de su adaptación al entorno. Todo ser vivo hace las transformaciones necesarias para garantizar su supervivencia. En nuestro caso, las muelas del juicio ya no cumplen ninguna función por lo que terminarán por desaparecer. Al igual que el dedo meñique del pie (bueno, en realidad todos excepto el dedo gordo que es el que necesitamos para equilibrarnos) ya que a día de hoy sólo sirve para ver las estrellas cuando nos pegamos con la pata de la mesilla de noche. Con un poco de suerte las futuras generaciones no experimentarán ese dolor tan característico. Lo mismo sucederá con el coxis. El apéndice, las costillas cervicales (entre otros) tienen los días contados.

Ahora bien. Por mi parte añadiría algo más: el cuello. Nuestro cuello va a sufrir cambios importantes en poco tiempo. No hablo de llegar hasta el punto de la desaparición por completo, pero sí algunos de sus movimientos. Concretamente de aquellos que nos permiten alzar la mirada y mirar hacia arriba. Ya nadie mira el cielo, los árboles, las azoteas, las estrellas, las nubes o ver caer las gotas de lluvia.

Llevo mucho tiempo observándonos desde fuera. Me limito a sentarme y mirar lo que sucede a nuestro alrededor. Y es que la mayoría de nosotros (y, por consiguiente, los niños) miramos hacia abajo. Nuestro cuello siempre está inclinado para toquetear el teléfono y leer las redes sociales ya sea en la parada del autobús o esperando en el paso de peatones para cruzar (que estamos hablando de unos pocos segundos ¡señores!). Cada vez hay menos contacto visual. Y cuando las miradas se encuentran surge una pequeña incomodidad que nos impulsa a volver a nuestra postura de confort. ¿Te sucede?

Es curioso cómo no hace mucho tiempo se etiquetaba con facilidad a aquellas personas que tenían tendencia a agachar la cabeza por introversión. ¿Y ahora? Ahora, todos nos vamos convirtiendo en seres sociales a nivel virtual pero no a nivel personal ya que se van acentuando nuestras inseguridades cuando estamos con otros. El teléfono se ha convertido en un salvavidas que nos proporciona una seguridad ficticia. O, mejor aún, nos hace ser como las tortugas cuando se refugian en su caparazón al mínimo contratiempo.

«Y cuando las miradas se encuentran surge una pequeña incomodidad que nos impulsa a volver a nuestra postura de confort.»


Lo peor de todo es que esta situación parece no tener freno. Los adolescentes y no tan adolescentes actúan de la misma manera. Y no es su culpa; su entorno no les ofrece el mejor ejemplo que digamos. Incluso son los mismos adultos quienes aprovechan el impulso de la tecnología para desentenderse de los niños. Por un rato <<está bien>> pero no hay que llevarlo al extremo. No tiene ni pies ni cabeza utilizarlo como recurso para tenerle ocupado y, así, evitar relacionarse con el menor. Es ahí cuando me pregunto: ¿¡Qué nos está pasando…?!

Está claro que la evolución es imparable pero de nosotros depende que tome la dirección correcta o por lo menos se dirija hacia un camino saludable. Pero parece que el ser humano no quiere darse cuenta (a pesar de su inteligencia y de la evolución que venimos hablando) de que continúa cometiendo errores muy serios.

«Está claro que la evolución es imparable pero de nosotros depende que tome la dirección correcta»


Por eso te pido que dediques un rato cada día a mirar hacia arriba y que tus hijos compartan ese momento contigo. Hablad de los colores del cielo, de la forma de los edificios, de los pájaros que se posan en las ramas de los árboles. Colabora para que tu cuello y el de tus hijos no se limiten a mirar hacia abajo. Observad todo cuanto os rodea. ¡Ampliad horizontes! Por mucha resolución que tengan las nuevas tecnologías nunca podrán estar a la altura de los colores que la propia naturaleza nos regala cada día. Si no, mirad el espectáculo del amanecer o del atardecer. La vida nos da todo y nosotros insistimos en ignorarla y mirar hacia otro lado. Un lado que solo nos lleva a la sumisión del Sistema. Un lado que nos atonta y nos anula para poder manejarnos a su antojo.

No lo permitas. ¡Incrementa las excursiones a la naturaleza! Retoma sensaciones olvidadas y haz que las descubran tus hijos. Llévales siempre por el camino de la diferencia. Libérales de convencionalismos sociales que limitan nuestras capacidades.

Recuerda:

No te olvides de la vida… ¡No te olvides de vivir!

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Imitación, comparación, competición

“Un niño, con tan sólo 42 minutos de vida es capaz de hacer coincidir de alguna manera gestos propios con gestos que se le hacen… A esas edades el cerebro posee circuitos neuronales que unen sensación con acción”. (Neuroeducación. Francisco Mora).

Ya veis, la imitación no hay que tomársela a la ligera. De hecho, es uno de los pilares principales del aprendizaje. Es propia de la naturaleza del ser humano ya que lo hacemos prácticamente a lo largo de nuestra vida: Cuando somos pequeños ‘copiamos’ los gestos de las personas más cercanas y jugamos a representar situaciones cotidianas para entender cómo funciona el mundo; en la adolescencia solemos imitar a nuestros ídolos y actuamos como si fuéramos mayores; en la madurez, imitamos a los que consideramos “mejores” e incluso nos vestimos según la moda de quienes admiramos. Imitar, pues, no es solo cosa de niños.

Pero no sé si os habéis parado a pensar en la fina línea que hay entre la imitación y la comparación. Cuando somos pequeños es algo que no nos preocupa pero, generalmente, a través de los mensajes externos que nos llegan nos vamos cuestionando sobre la finalidad de la misma. Y es que a veces los adultos, de forma consciente o inconsciente, incidimos bastante en ello pudiendo instaurar la idea de que el objetivo principal de la imitación es el compararse con otros: “-Mira qué limpio escribe Jaime… ¿Porqué tú no sabes hacerlo como él? -¿No ves qué Paula es más rápida con los deberes que tú? -¿Por qué no vas a jugar? Mira cómo Pablo no tiene problemas en ir con otros niños”. Estos mensajes que aparentemente no son catalogados como negativos pueden terminar haciendo daño; incluso pueden llegar a comprometer su autoestima sin que nos demos cuenta. Una reiterada comparación del niño con otros puede generar una competitividad interna no muy saludable: “Tengo que ser mejor qué”. Desde luego, no queremos que lleguen hasta ese punto.

Por esa razón, vamos a tener en consideración una serie de puntualizaciones:

  • Nadie es igual que nadie. No hay que perseguir la igualdad ya que en ella no se encuentra la riqueza. Se encuentra en lo diferente, en lo auténtico… ¡en lo raro! Además, pensad una cosa: siendo nuestro planeta tan grande donde no se encuentran dos piedras iguales… ¿qué sentido tendría querer ser igual que otros?
  • TODOS somos buenos en algo. Lo difícil (pero no imposible) es averiguar qué nos apasiona pero nadie está exento ello. ¡N-A-D-I-E!
  • Aceptar que a otras personas se les da mejor hacer determinadas cosas que a nosotros. Pero ojo. Ello no significa que sean mejores. Los futbolistas, por ejemplo, podrán serlo manejando el balón pero eso no quiere decir que sean SUPERIORES a mí o al resto. Ahí está el quid de la cuestión: Nadie es más que nadie.
  • La superación ha de ser con uno mismo. Si quiero ser mejor en algo no lo haré por el hecho de que otra persona lo sea. Lo haré porque tengo una motivación interna que me impulsa a conseguir mis proyectos y mis metas. Lo haré por mí.
  • Enviaremos mensajes positivos y no comprometedores. Cuidar nuestras palabras nos dará una garantía de transmitir un mensaje claro y libre de posibles interpretaciones erróneas teniendo en cuenta las características descritas hasta ahora.
  • Papás y mamás: No tengáis expectativas con vuestros hijos. Liberadles de presiones, frustraciones y miedos enquistados. Cada uno vive las circunstancias que la vida le va presentando… Pero no por ello hay que exigir a las nuevas generaciones unas metas opresoras que no les realizan interiormente. Los consejos siempre tendrán cabida, obviamente, pero siempre desde el respeto hacia sus deseos.
  • La imitación ha de seguir el camino de la ADMIRACIÓN. Recordemos su significado: Emoción que produce a alguien una persona o cosa por tener características extraordinarias.

¡Recuerda!: La palabra convence pero el ejemplo arrastra.

La caja

¿Cuándo fue la última vez que jugaste con tu hijo sin tener puesta la televisión, el ordenador o el móvil encendido? Muchos de vosotros habréis visto en la red más de un vídeo y de una imagen parodiando irónicamente nuestro enganche a estas nuevas tecnologías. Solemos estar más pendientes de hacer el vídeo o la fotografía perfecta, que del momento en sí. Pensamos que de esa manera podremos disfrutar de él cuantas veces queramos cuando en realidad nos estamos perdiendo vivirlo en plenitud. Nuestros sentidos rinden de una manera distinta a cuando utilizamos dichos dispositivos; si sabemos que no hay otro aparato que vaya a hacer <<nuestro trabajo>> nos encargamos de concentrar toda nuestra atención a lo importante impregnando todo detalle en nuestra mente y toda sensación en nuestro cuerpo.

Por eso, los adultos, vamos a volver a ser un ejemplo para los niños. No siempre seremos nosotros quienes les quitemos el juguete, les digamos “con esto ahora no se juega” y lo guardemos en la caja. Cuando se actúa así es porque se creen tener razones de peso. Los dos argumentos con más sustento suelen ser la de considerar que utilizarlo en ese momento es inadecuado por estar en un sitio/situación condicionante y por querer que su atención se concentre en otra tarea más importante que el juego.

Pero ambas pueden perder algo de fuerza si reflexionamos un poquito en cómo actuamos nosotros ya que, en verdad, somos los primeros en utilizar el teléfono móvil o la tableta en situaciones indebidas: a la hora de comer, mientras caminamos, cuando estamos hablando con otras personas… ¡Incluso con ellos! Que muchas veces decimos estar haciéndoles caso cuando nuestros ojos están fijos en la pantallita del dispositivo. Visto así las cosas cambian un poco… ¿verdad?

Como lo importante es darse cuenta y frenar un poco estos nuevos hábitos tecnológicos (especialmente con los más pequeños) os propongo una sugerencia. A golpe de vista puede parecer simple pero es efectiva. La llamo <<La caja>>. ¿En qué consiste? Muy sencillo:

En primer lugar elige una caja de tamaño mediano. Cuando vayas a jugar con tu hijo coge tu móvil, tableta, portátil, o mando del televisor y mételos en ella (no hace falta decir que todo tiene que estar en modo silencio/apagado). No los podrás recuperar hasta que el tiempo de juego haya terminado. Aconsejo que tu hijo te ayude a ponerlos en la caja. Todo te resultará más llevadero cuando veas su cara; estará orgulloso de ti. Además, piensa que es una manera de desintoxicarte por un rato y, así, aprender a desconectar. Aunque no hace falta decir que el objetivo de la caja no es ese. Lo más importante es el mensaje que le estás enviando a tu hijo: “Tú eres mi prioridad, todo lo demás puede esperar. Quiero reírme contigo, aprender de ti y compartir el tiempo, juntos”.

La caja puede formar parte de una dinámica familiar de respeto mutuo muy valioso. Con ese tiempo de calidad se verán reforzados los lazos emocionales, de reconocimiento, de autoestima… Es realmente gratificante para todos. Hacedlo siempre que podáis. Llegará un día en el que ya no hará falta meter nada en la caja porque no echaréis en falta ningún tipo de aparato. Sabréis saborear la importancia de estar juntos porque diferenciaréis la calidad del tiempo y de la compañía.

Así que… Reiniciemos de nuevo los 5 sentidos y volvamos a lo esencial. Eso sí: ¡No desconectéis de patriciarivas.es! Una cosa por la otra, familias… ; )

La educación perfecta no existe

Tiempo atrás, a raíz de estar limitados a nivel informativo, hacíamos las cosas un poco ‘al tutún’. Hacíamos lo que creíamos conveniente en función de lo que veíamos en los demás y en lo que nosotros pensábamos. Podría decirse que todo funcionaba de una manera más natural y espontánea y, a pesar de tener sus riesgos, nos permitía ganar en autonomía y el aceptar fluir con la vida.

Con la evolución y con la presión de proteger a los niños de los peligros de ahí fuera, hemos caído en el excesivo cuidado de éstos. A más información más conciencia, lo que nos conduce a los extremos si no sabemos relativizar las cosas. La sobreprotección, el control, el cumplimiento de expectativas… Son sólo algunos ejemplos de las autoexigencias que vamos acumulando por miedo a cometer errores y a no estar a la altura de lo que esperan de nosotros.

Ahora, con tanta información, nos sentimos aún más perdidos. Tenemos tales presiones que condicionan todo lo que hacemos desde, incluso, antes de que nazcan nuestros hijos. Se quiere llegar al dominio de conocimientos para alcanzar una educación perfecta que es, al fin y al cabo, inexistente. La presión nos exige, en cierta manera, tener que preocupamos en saber de todo.

No hay ninguna varita mágica que resuelva los problemas de la vida. Básicamente porque la vida es imprevisible y se aprende viviéndola. Podemos ayudarles en su desarrollo, a ofrecerles lo que necesitan para que crezcan de una manera saludable, por supuesto, pero lo que no podemos hacer es desesperarnos ante lo que ‘supuestamente’ tenemos que hacer para ser unos buenos padres. Siempre vamos a equivocarnos a la hora de educar. Siempre habrá alternativas mejores de las que podamos estar utilizando pero eso no quiere decir que no lo estemos haciendo bien. Recuperar esa naturalidad de años atrás tal vez nos ayudaría a retomar una infancia más pura y sencilla. Y a los adultos se nos devolvería esa autoconfianza que puede faltarnos hoy.

Educar con amor, con sensatez, con empatía, es lo principal. Teniendo esa base lo demás queda en un segundo plano (lo que no quiere decir que no sea importante). Prioricemos la parte natural, la parte interior de la persona, su bienestar; lo demás se irá dando a medida que pase el tiempo. Nos iremos adaptando a las circunstancias de la mejor manera que sepamos sin culpabilizarnos de no haber podido hacerlo mejor. Relajémonos ante tantas teorías educativas. No nos obliguemos a dominar lo que desde fuera estipulan. Eduquemos con el corazón, desde nuestros principios y valores. Respiremos y digámonos que lo estamos haciendo bien.

Nuestro reflejo es el de ellos. Confiemos y demos lo mejor de nosotros.

Cuando los niños enferman

Cuando los niños enferman, podemos obtener mucha información sobre cómo se sienten a nivel emocional. Es una gran oportunidad para observarles ya que, según cómo actúen, intuiremos si tienen alguna necesidad que se nos puede haber pasado por alto.

Es cierto que no a todos nos gusta que nos mimen cuando estamos convalecientes pero hay un porcentaje considerable que manifiesta la necesidad de recibir atención durante esa etapa. Ya sabéis, el sentirse querido es tan reconfortante que nos ayuda a recuperarnos con más facilidad. Hay estudios científicos que lo certifican. Sin ir más lejos cuando nacen bebés, especialmente los bebés prematuros, se utiliza el ‘método canguro’, más conocido como ‘piel con piel’. Está demostrado que cuando los bebés están en contacto con sus progenitores mediante este órgano, el funcionamiento de su organismo mejora, se sienten mucho más seguros y reconfortados ante la llegada a un mundo completamente desconocido para ellos.

Y es que cuando los peques se ponen malitos… ¡Las atenciones se multiplican! Y esto les puede gustar o no (como hemos visto) en función de su personalidad y de lo que necesiten en ese momento. Además, es importante que los adultos nos controlemos y no nos dejemos llevar hacia los extremos: no hay que preocuparse y estar encima en exceso poniéndoles el termómetro cada cinco minutos como tampoco despreocuparnos hasta llegar a desatender algunas de sus necesidades por miedo a que puedan acostumbrarse a esa especial atención.

El término medio es la mejor opción. Como sabéis, nuestro ejemplo será clave para vivir esos días de la forma más natural posible. Estar pendientes pero relajados, envía un mensaje de confianza y tranquilidad a los niños. Esos días pueden funcionar, además, como comodines para flexibilizar las rutinas cotidianas y hacer cosas diferentes que les ayude a sentirse mejor (algo parecido a cuando estamos de vacaciones).

Pero, a veces, puede ocurrir que el niño entre en una dinámica de querer enfermar ‘voluntariamente’. Si lo hace con frecuencia, puede estar manifestando una falta de atención hacia las personas de su entorno a causa de una carencia afectiva. No hay que pensar que se ha acostumbrado a ese trato especial puesto que, cuando los niños tienen cubiertas sus necesidades, no piden ‘extras’. Cuando nos sentimos seguros y queridos (de forma saludable) no necesitamos que los demás estén encima de nosotros. Simplemente porque NOS SENTIMOS COMPLETOS.

Si los niños se sienten amados en su día a día, si saben que sus necesidades están atendidas y sienten que están en un entorno rico y equilibrado, no sentirán la necesidad de enfermarse. De hecho no querrán estar enfermos porque al fin y al cabo, ¿a quién le gusta?

¿Entretenimiento y juego son sinónimos?

Se me ha presentado una duda que quizás tenga fácil respuesta pero a mí me está causando algún que otro dolor de cabeza. Espero que me podáis echar una mano.  ¿Entretenimiento y juego son sinónimos?

Después de haber buscado definiciones y leído sobre ambos términos parece que sí. Están aceptados como tal. Pero hay algo que no termina de encajarme y creo que el punto de inflexión está en lo que entendemos por cada una de estas palabras. Por ejemplo:

Yo relaciono el entretenimiento con pasar el rato. Es decir, hacemos algo pero sin tener un verdadero interés en ello. Es como tuviera que entretenerme para tapar una sensación de vacío (consciente o inconsciente) teniendo o no una finalidad clara en lo que hago. Puedo estar mirando la televisión para distraerme o puedo tejer una bufanda por tener el rato ocupado.

Con el juego (sin que éste sea una imposición externa) se establece una conexión interior intensa porque me veo involucrada en la satisfacción del descubrimiento, del interés, de la atención… Creo que cuando jugamos a algo que verdaderamente nos gusta es porque nace una necesidad desde dentro. Surge, pues, el entusiasmo. El trabajo, por ejemplo, puede llegar a ser un juego si nos divertimos y fluimos con lo que hacemos.

Entonces, si hay entusiasmo durante el juego, ¿lo puede haber en el entretenimiento? ¿O se entraría en una contradicción? Desde mi punto de vista, es ahí donde el uso de ambos términos se vuelve confuso.

Aunque puede que esté equivocada ya que por esa regla de tres… todos los juegos como pueden ser los de mesa, las videoconsolas, aunque se utilicen como iniciativa externa (ya que se nos da el juego ‘hecho’; no lo tenemos que crear/imaginar nosotros), pueden divertirnos mucho y no sólo entretenernos. Quién sabe si esa diversión es’ verdadera’. Las multinacionales juegan mucho con la seducción.

Lo sé… ¡Para qué habré dicho nada! Menudo trabalenguas… Quizás no hayamos sacado nada en claro hoy… o quizás sí. Al margen de ello, creo que es un buen debate. Otra cosa no pero la mente, por un rato, ¡la hemos ejercitado!

 

Autonomía: una conquista y no un abandono

Para que se dé una evolución madurativa sana en el ser humano se necesitan mecanismos cognitivos, es decir, unas estructuras de pensamiento que nos conducen a la transformación y al desarrollo. En ellos se incluye la memoria, uno de los componentes esenciales de la inteligencia. Si ésta estuviera dañada o si no la utilizáramos correctamente no habría progreso; tendríamos que empezar siempre desde cero para hacer cualquier cosa. Por ello, si hay un déficit en dichos mecanismos la afectividad también se ve afectada. No hay que olvidar que si el niño nace en un entorno sin estímulos y sin afecto, todo ese progreso saldría perjudicado.

A pesar de estar automatizados para la evolución, necesitamos que las personas que nos rodean signifiquen algo. Figuras de vínculo que atiendan nuestras necesidades básicas como son el alimento, el afecto y la seguridad. Como os podréis imaginar, estas personas conforman la familia directa del niño (papá, mamá…) y la externa (abuelos/as, primo/as, tíos…). Al margen de ella, también es necesario que existan otras que representen afecto y confianza para él. Por ejemplo los educadores. Éstos también se ocupan de cubrir las necesidades del niño, de expresar y comunicar afección y cercanía.

A raíz de un apoyo de calidad de todas las personas del entorno, surgirá la autonomía en el niño. Una autonomía que no significa el abandono del otro sino más bien una conquista. Una conquista de nuevos descubrimientos con el conocimiento de que los suyos estarán ahí para apoyarle.


Consejo:

Cuando el niño vaya por primera vez a la guardería/escoleta/escuela, intentaremos que la separación sea sana y sin angustias. Si el niño se queda feliz allí pero nosotros tenemos sentimientos de preocupación, de alguna manera afectará a la relación que existe entre ambos. Le entrará inseguridad y se dará cuenta de que algo no va bien. Si ocurre al contrario, es decir, es al niño a quién no le gusta la separación, lo que no haremos será desaparecer de repente sino darle explicaciones de lo que va a ocurrir (lo ideal sería prepararle para la nueva situación con algún tiempo de antelación). Intentaremos buscar recursos propios (nadie mejor que nosotros mismos para conocer a los hijos) para que esa estructura afectiva pueda impulsarle a hacer cosas nuevas en vez de generarle sentimientos negativos. Si nos ven bien y seguros en poco tiempo terminarán adaptándose.

El error positivo

Pobres errores… Siempre rechazados e incomprendidos. Nadie les quiere hacer caso. Se les ve como algo negativo y sin utilidad. La sociedad ha implantado la absurda idea de que equivocarse está mal y que, si lo hacemos, tenemos que castigarnos. ¡Y qué culpa tendrán los errores de que pensemos así! ¡Si tienen el don de ayudarnos a aprender y descubrir nuevos caminos que antes no veíamos! Además, TODOS tenemos el derecho de no hacer las cosas bien a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Siempre que nuestra intención sea buena, claro está.

Se tiene la costumbre de premiar a las ocurrencias brillantes o a si pintamos sin salirnos de los bordes; pero si nos equivocamos o decimos algo absurdo se nos recrimina. Y es ahí cuando la autoestima empieza a verse comprometida.

¿Por qué no potenciar la idea (desde casa y la escuela) de que cometer errores puede ser positivo? Al igual que se trabaja el pensamiento para resolver conflictos, se pueden hacer juegos donde los errores estén aceptados y puedan considerarse como una herramienta de aprendizaje y de respeto hacia los demás. Porque si hay una aceptación frente a los errores, se disminuye la discriminación, se fomenta el respeto y se ayuda a un crecimiento personal más saludable tanto a corto como a largo plazo.

Como sabéis, los primeros años de vida es cuando más vulnerables somos, especialmente, con los mensajes que recibimos de los demás. Por eso nuestra actuación es fundamental. Los niños han de sentirse valorados y apoyados para que su autoestima se vea fortalecida y surja la motivación a la hora de alcanzar sus metas. De lo contrario, pueden sentirse rechazados, tristes, desanimados, entre otros.

El problema no son los errores en sí sino cómo nos sentimos cuando los cometemos. Las ideas que tenemos de nosotros mismos son las que nos benefician o nos dañan. ¡Hagamos que la balanza se incline siempre a lo mejor!

Una alimentación a demanda… diferente

Hace unas semanas asistí a una charla un tanto… curiosa. Cuando la vi anunciada apenas le dí importancia pero, al volverla a ver publicitada en internet, decidí ir. Supongo que me picó la curiosidad. El título de la misma decía algo así como «La alimentación a demanda». Iba con la idea fija de que se nos hablaría de ese tema pero enfocado a los lactantes. ¿Cuál fue mi sorpresa? Que estaba totalmente equivocada. El tema iba mucho más allá; digamos que rozaba la línea emocional. Dejadme que os lo aclare:

La ponencia se basa en un libro titulado: «¡Tengo hambre!«. En él se habla del concepto del término ‘alimento’ y de la importancia de comer bien. Con ello se nos hace ver que generalmente no nos alimentamos correctamente porque solemos comer cuando lo estipulan los horarios y no cuando sentimos hambre de verdad.

Nos invitan a reflexionar en cómo hemos tenido que dejar de lado nuestras sensaciones corporales por tener que amoldarnos a los ritmos sociales. Se nos exponían ejemplos tan claros como cuando a un bebé se le empieza a incorporar sólidos. Ahí es cuando empezamos a preocuparnos por controlar qué, cómo, cuánto y cuando comer. Digamos que sería el primer punto de inflexión donde la alimentación a demanda empieza a flaquear. O cuando los niños dicen a sus padres a las doce de la mañana: «Tengo hambre» y se les contesta que no porque deben esperar a la hora de comer. Lo que se consigue con ello es que, a la hora de la comida, los niños (y no tan niños) coman compulsivamente sin escuchar a sus verdaderas necesidades.

¿Entendéis por dónde voy? La idea principal de la alimentación a demanda es volver a conectar con nuestras sensaciones corporales para darles lo que realmente el cuerpo está pidiendo y no por impulsos o problemas emocionales.

Se nos marcan, pues, 3 principios a considerar:

1) Come solo cuando tengas hambre: Cuando sintamos hambre real, entonces es cuando ‘podemos’ comer.

2) Come lo que sientas: La alimentación a demanda defiende que hay que comer en función de lo que sintamos, de lo que nos pida el cuerpo. Aunque nos apetezca lo mismo para desayunar, comer, cenar, durante varios días seguidos. Da igual. Si es lo que nos transmite el cuerpo es porque, supuestamente, es lo que necesita. Hay que ir averiguando si nos pide cosas dulces o saladas, calientes o frías…etc.

3) Parar de comer cuando no tengas hambre: las costumbres como sentir la obligación de no dejar nada en el plato o comer por comer cuando estamos reunidos con amigos, son errores comunes sin sentido según dicha teoría.

La alimentación a demanda nos ofrece la posibilidad de recapacitar y entender cómo el hambre es algo muy personal; en la importancia de hacer del comer algo placentero y esencial para nuestro cuerpo. Que no la utilicemos como tapadera emocional y que, cuando nos entre esa compulsión nocturna o no noctura, nos planteemos si sentimos hambre de verdad o son ‘vacíos del alma’.

El tema es muy extenso y discrepé en algunos puntos de la teoría, pero en general fue una charla productiva. Quizás eche un ojo al libro ya que, como os digo, se me quedaron varios detalles sin cerrar… Pero, en líneas generales, no deja de ser un tema interesante.