Desavenencias a la hora de educar

«Niño: ¿Puedo comer ahora un helado? -Progenitor 1: Está bien pero uno pequeño; recuerda que en un rato cenaremos. -Progenitor 2: ¡No, no, no! ¿A estas horas? Si se lo come, ya sabes lo que pasará; no querrá probar bocado. -Niño: Pero yo quiero un helado! -Progenitor 1: Venga, sí, ¡solo por esta vez…! -Progenitor 2: ¡Que he dicho que no! Si acaso después de cenar. -Niño (enfadado): ¡¡QUIERO EL HELADOOOO!!»

Las desavenencias entre los adultos a la hora de tomar decisiones con respecto a los límites y rutinas de los niños son bastante comunes. En verdad, es lógico que suceda. No siempre se puede/debe estar siempre de acuerdo con el otro. Pero como en cualquier relación social sana, lo importante es intentar lidiar con dichas diferencias y encauzarlas hacia un punto común; lograr un acuerdo.

Y es que, es importante saber, que el niño ve a los padres como un “todo”. Se imagina a la familia caminar hacia una misma dirección y a un determinado ritmo; pero cuando surgen las contradicciones… ese camino se ve dividido en dos. Cada uno quiere ir hacia un lado e intenta convencer al otro mediante argumentos de peso al mismo tiempo que el niño se convierte en un (delicado) espectador.

¿Qué consecuencias se obtiene de ello? Si estos desacuerdos se mantienen a largo plazo se irá rompiendo el concepto inicial que el niño tenía de sus padres y, por consiguiente, entenderá la posición de éstos de diferente manera. Aprenderá a sacar partido de la situación y “jugará” con ambos en función de sus intenciones/necesidades/caprichos. Además, verá vulnerabilidad en aquellas normas que, en teoría, no deberían ser inestables.

Por esa razón, es necesario seguir una misma sintonía. En alguna ocasión podremos equivocarnos ¡es natural! Lo importante es aprender de los errores (echa un ojo a esta entrada «El error positivo»).

¡Tened esta tabla presente para evitar discrepancias!

1) Si no se está de acuerdo con la decisión tomada, ambos lo comunicaréis en otro momento y en privado. NO delante del niño.
2) Cuando uno de los dos “tenga la razón” no serán válidos los reproches. El apoyo entre ambos es esencial para evitar dañar la autoestima y el respeto mutuo.
3) El diálogo siempre predominará a la hora de pautar o acordar la forma de educar y de actuar.
4) La prevención, el mejor aliado. Antes de poner nuevos límites consensuad mutuamente cómo lo llevaréis a cabo y qué consecuencias habrá si no se cumplen.
5) Tener posturas diferentes no quiere decir que uno de los dos esté equivocado. Hay diversidad de opciones y propuestas válidas. Escuchar los diferentes puntos de vista siempre es una señal de respeto, madurez y sensatez.

6) Hacer con cierta frecuencia autoreflexiones tanto a nivel individual como en pareja sobre cómo se está educando al niño.
7) Las desavenencias no son sinónimo de competitividad. Aquí no hay rivalidad ni orgullo.
8) La igualdad siempre ha de estar presente. Es el punto de partida hacia una educación de calidad.

Recuerda:

Estemos atentos a los mensajes que enviamos a los niños. Los adultos somos su principal modelo. Todo lo que hagamos repercutirá en su forma de crecer y de evolucionar.

La educación de hoy… apaga

La educación de hoy… apaga. Apaga la curiosidad de los niños. Apaga sus ilusiones, sus expectativas, sus capacidades. Ya desde infantil, sus alas se empiezan a verse comprometidas por tener que estar sentados largos ratos haciendo fichas, pegando pegatinas en hojas sin saber porqué y haciendo manualidades (elaboradas, más bien, por el mismo maestro) para dejar a los padres maravillados con las obras de arte de sus pequeños. Son palabras difíciles de leer pero no son pocos los centros educativos infantiles que optan por esta dinámica. Ya veis, parece que las cosas empiezan a hacerse «mal» desde los primeros años de vida; los más valiosos para el ser humano.

Nos empeñamos en ir en contra de nuestra propia naturaleza. Los niños nacen con el instinto de averiguar, descubrir, maravillarse… Y en vez de potenciar todas esas capacidades innatas preferimos dirigirles hacia otro camino; un camino lleno de censuras, exigencias y generalizaciones sin sentido. Nos creemos libres pero en realidad no lo somos. Ni nosotros ni las nuevas generaciones. Por eso, es necesario que se produzca un cambio radical educativo y reconducir el trayecto hacia un crecimiento personal e intelectual. Una educación que potencie las habilidades que poseemos (muchas de ellas ocultas al no haber tenido oportunidades para descubrirlas).


La educación es el encendido de una llama, no el llenado de un recipiente. Sócrates

Y es que toda etapa tiene sus momentos y no las respetamos. La progresión es parte de nosotros al igual que lo es nuestro crecimiento; nunca dejamos de aprender. El error está en la idea que tenemos acerca del término de educación. Éste no solo abarca el colegio, las notas, los libros y el estudio sino, también, los valores morales y éticos existentes dentro y fuera del entorno escolar. La familia educa. La sociedad educa. Todo lo que nos rodea, lo que vemos, lo que oímos, sentimos y vivimos nos va perfilando. Y, aún sabiéndolo, nos limitamos a las imposiciones del «sistema». Cuando llegamos a la edad adulta tenemos la idea establecida de tener que trabajar para vivir cuando es al revés. Por eso, desde bien pequeños quieren que continuemos con lo establecido; para que nos quede claro que la resignación es la mejor manera para sobrevivir.

Estamos en un momento de transición. Aprovechemos el momento. Trabajemos para conseguir una educación basada en QUERER (Y SENTIR) ayudar a los demás; en ACEPTAR las diferencias para hacer desaparecer el poder sobre otros; en potenciar el trabajo en EQUIPO; en priorizar la EMPATÍA y la BONDAD. En definitiva, una educación que encienda e impulse la llama del verdadero sentido del ser humano: hacer el bien y dejar una hermosa huella durante nuestra fugaz existencia en la tierra.


Te invito a que veas este pequeño vídeo de Charles Chaplin en la película «El gran dictador».

¿Quién se debe adaptar a quién: el niño al adulto o el adulto al niño?

A la hora de educar, tenemos una serie de expectativas que pocas veces se cumplen. Por una parte, queremos que el niño nos obedezca en casi todo (que esté quieto, que coma verduras, que recoja los juguetes, etc.), sin reproches y de forma automática. Pero, a la vez, nos gusta que sea independiente y haga cosas propias de su edad. Nuestros deseos parecen contradictorios: ¿dónde está el término medio?

En realidad, niños y adultos somos dos caras de una misma moneda. Por un lado, es natural que los menores a veces muestren cierta rebeldía contra las figuras adultas. Necesitan explorar, sentirse libres, seguir sus impulsos y hacer lo que sienten en cada momento. Pero, a medida que el entorno les va imponiendo límites, surgen en ellos sentimientos de frustración e incomprensión. Esto no dista mucho de lo que sucede con los adultos. También se viven momentos de rabia o desesperación al toparnos con la realidad y ver que, educar, conlleva más esfuerzo del que nos habíamos imaginado. Por tanto, niños y adultos no estamos tan alejados en ese sentido.

«Es interesante que nos hagamos esta pregunta, pues en función de su respuesta, la educación de nuestro hijo (y, por tanto, nuestro papel en ella) estará dirigida a un camino u otro»

Lo importante es plantearse en qué nos basamos a la hora de educar. ¿Anteponemos nuestros sentimientos a los del niño? Es decir, ¿actuamos en función de lo que él necesita o de lo que necesitamos nosotros? “Depende de la situación”, pensaréis muchos. La clave está en que ambas partes, niño y adulto, sepan adaptarse mutuamente. Se trata de buscar el equilibrio, lo que supone, necesariamente, la existencia de vaivenes hasta encontrar el punto de estabilidad preciso.

Dicho equilibrio lo encontraremos en el respeto, que abarca, entre otras cosas, la dignidad, la tolerancia, la comprensión, la atención y la consideración. Por obvio que parezca, no podemos olvidar que el niño es una persona, y como tal, tiene derechos. Que sus capacidades cognitivas, físicas e intelectuales sean inferiores a las de un adulto, no significa que éste deba ejercer un poder absoluto sobre el menor, ignorando su manera de pensar, sentir o hacer.

Por eso aconsejo que reflexionemos sobre nuestra impulsividad a la hora de educar. Es importante valorar cada situación, decidir si estamos actuando de manera coherente y si podemos alcanzar acuerdos con el niño para que ambos salgamos beneficiados. En lugar de dar órdenes injustificadas, es preferible intentar el diálogo. Nuestra forma de actuar condicionará la suya y le servirá de ejemplo para tratar con los demás.


Enseñemos a los niños y jóvenes el respeto pero, antes, empecemos por los adultos.

Qué se esconde tras las preguntas: ¿Quién tiene que enseñar? ¿Quién tiene que educar?

¿Quién tiene que enseñar? ¿Quién tiene que educar? ¿Enseña sólo la escuela? ¿Sólo educa la familia? Siempre nos planteamos esas mismas preguntas. No es que resulten erróneas pero es importante ver la perspectiva que esconden. En nuestro interior siempre hemos sabido que todos estamos involucrados en ambas tareas aunque ahora es cuando se va abriendo el camino hacia la conciliación social y familiar; lo que desemboca en una mayor concienciación de tener que actuar conjuntamente para que el futuro inmediato y no inmediato de los pequeños sea mejor. Y precisamente ahí está la clave: queremos lo mejor para ellos. Queremos que sean felices, que puedan solventar los obstáculos de la vida coherentemente, que sepan ir por el buen camino y, como se suele decir, que sean <<alguien>> en la vida.

De ahí nace todo. De nuestro amor hacia ellos. De nuestro instinto protector más prehistórico. Pero de esos sentimientos surgen también las peores inseguridades. No sabemos si seremos capaces de darles todo lo que necesitan por lo que empiezan a aflorar carencias y frustraciones personales. Según su grado de intensidad, derivaremos a otros responsabilidades que son únicamente nuestras.

Por supuesto, puntualmente es lógico hacerlo. Cuando vemos que no podemos abordar algo por nosotros mismos está bien apoyarnos en los demás. De eso no hay duda. El problema viene cuando delegamos en demasía. Ya sabéis: todo en exceso es contraproducente.

No podemos esperar que la escuela haga de nuestro hijo alguien excepcional: que sea educado, saque buenas notas, que coma todo tipo de frutas y verduras… Su función con ellos es muy importante pero no quiere decir que sea suficiente para formar a las personas en su totalidad. Allí se adquieren conocimientos, valores, educación, vivencias únicas. Es un entorno esencial durante los años más enérgicos de sus vidas en las que poco a poco irán interiorizando su existencia. La escuela le ayudará en ese crecimiento progresivo.

Por otro lado, los padres, la familia y el entorno directo del niño son esenciales para un desarrollo sano y equilibrado. Los vínculos que se establecen en ella no pueden encontrarse en otro lado. La cultura familiar, los valores… siempre dejan una huella imborrable en lo más profundo de la persona. La identidad y las raíces del niño surgen de ahí:

«Todos los árboles regados con amor crecen fuertes, sanos y con raíces profundas.

Cada una de sus ramas representan historias. Hay de todo tipo: robustas, frágiles, largas, cortas. A pesar de que cada una de ellas sigue su propio camino, van creando una red de confianza y seguridad. Cuando están en sintonía logran soportar toda clase de tormentas y peligros propios del entorno en el que se encuentran.

Las ramas con más años ayudarán a las nuevas a abrirse paso y a llegar, con el tiempo, a la parte más alta donde se encontrarán con la luz del sol y con todo lo que la vida les brinda.

Y así sucederá siempre. Ese será el ciclo de la vida. La familia trabaja conjuntamente basándose en la comunicación, la confianza, la sinceridad y el amor. De esa manera, aunque las cosas no siempre salgan como nos gustaría, se podrá seguir adelante.

Riega tu árbol todos los días.»

Pero aún hay más. Todo lo que sucede alrededor del niño es un aprendizaje para él. Los medios de comunicación como internet, la televisión, redes sociales… cada vez ejercen una mayor influencia en su educación. Ahí es cuando tanto padres como escuela han de tomar cartas en el asunto y, conjuntamente, trabajar para que desde pequeños hagan un uso correcto de ello y obtengan sabias enseñanzas con respecto a lo que está bien y a lo que no lo está (considero que esa distinción es esencial para la vida).

Recuerda

Las personas nos formamos a medida que crecemos día tras día. El ser humano nunca deja de aprender. Nunca deja de madurar. Somos el resultado de las personas que se cruzan en nuestro camino, de todas las experiencias que vivimos, de todo aquello que escuchamos, observamos y sentimos; de la interpretación que hacemos de lo que nos sucede, de cómo pensamos, de cómo vivimos. Somos el resultado del todo y del nada al mismo tiempo.

La esencia del ser humano es la UNIÓN. Cuando enseñas, aprendes. Así de simple.

Actividades extraescolares: ¿Sí o no?

Son casi las cinco de la tarde y los niños dejan de atender (aún más si cabe) al profesor ya que su atención está dirigida a contar los últimos minutos para escuchar el timbre que dará fin a otro día más de clase. Ahora bien, después de ello se pueden desencadenar tres situaciones:

  • ¡Por fin hemos terminado! ¡Y además es jueves! ¡Toca ir a jugar a baloncesto! ¡Qué bien!
  • ¡Por fin hemos terminado! Pero… hoy es jueves y toca ir a inglés… Qué rollo… ¡No quiero ir! ¡No me gusta!
  • ¡Por fin hemos terminado! ¡Toca irse a casa! (aunque haya que hacer deberes…)

La opción de apuntar al niño a una o varias actividades extraescolares suele plantearse en casi todas las familias. Ya sea por ver a otros niños apuntados, por sugerencias de algún allegado o conocido, por propia iniciativa de los padres o por sugerencia del pequeño. Sea como sea, las extraescolares siempre son un motivo de debate: ¿Perjudican o benefician? ¿Quitan tiempo de estudio o ayudan a que los niños aprendan a planificarse mejor? ¿Aquellos que hacen actividades fuera del colegio serán más avanzados en su vida inmediata y no inmediata? ¿Es bueno que tengan cada día una actividad diferente? La lista podría ser interminable.

Antes de que todos esos interrogantes nos invadan, simplifiquemos las cosas. Si queremos apuntar al niño a alguna actividad extraescolar es importante tener en cuenta estos puntos:

Contigo mismo
  • Pregúntate por qué quieres apuntarle: ¿Lo haces por él o por ti?
  • Cuál es la finalidad de la extraescolar: ¿Diversión? ¿Adquirir más conocimientos? ¿Más tiempo libre para ti?
  • Reflexiona sobre posibles frustraciones personales no resueltas
  • Intenta no tener expectativas con tu hijo
Con el niño
  • Escucha su opinión
  • Obsérvale
  • Respeta sus intereses y decisiones
  • No le presiones ni le exijas
Ambos
  • Hablad siempre. La comunicación verbal y no verbal ha de estar presente. El diálogo es la mejor vía de comprensión.
  • Cread un clima de confianza y respeto para que ambas partes podáis conversar sin reparos.
  • Intercambiad ideas, pensamientos y sensaciones (recordad que las opiniones diferentes pueden sumar y no solo restar).
  • La sinceridad es la base de toda relación. Ayuda a tu hijo a cultivarla.

Teniendo todo ello en cuenta, la decisión de las extraescolares será más fácil de tomar y las dudas desaparecerán rápidamente.

Como todo, estas actividades tienen ventajas y desventajas; dependerá de cómo sea cada uno y de las circunstancias del momento. Lo importante es que propicien ratos agradables para el niño y no se conviertan en una carga extra. Los ejemplos expuestos al principio hablan por sí solos. El que un niño vaya cada día a distintas actividades, le guste y no le suponga un problema, perfecto. El que otro vaya dos días a la semana, ¡también! Eso no quiere decir que sea menos que nadie. Al igual que tampoco lo será aquel que no esté apuntado a ninguna. ¡Olvidaros de las comparaciones! Son dañinas y no sirven absolutamente para nada.

Recordad, familias, que todos funcionamos de una manera distinta. Nuestros genes junto a las experiencias que vamos obteniendo del entorno, dan lugar a lo que somos. Cada niño es diferente. A algunos les gustarán los deportes a otros los idiomas, el baile, las manualidades, la meditación…  Por eso, toda actividad/juego que haga el niño tiene que ser gratificante para él; ha de actuar como un motor interno. No tiene sentido apuntarles a extraescolares con la finalidad de exprimir al límite sus conocimientos y pensar que de esa manera estará más preparado para el futuro. Nada de ello sirve si el niño no le da un sentido a lo que hace. Lo importante es que sea feliz.

Hoy sabemos que la letra no entra con sangre. Hoy sabemos que para que se den los aprendizajes tienen que estar presente la emoción y la curiosidad. Si éstas no se dan estaremos perdiendo el tiempo y, lo que es peor, estaremos enturbiando nuevas oportunidades de aprendizaje y de crecimiento personal.

Recuerda… Si le ves contento, tú también lo estarás. Si le ves orgulloso, tú también lo estarás Si le ves triste, tú también lo estarás.

Los sentidos y el aprendizaje

“-Abrid el libro por la página 20. Hoy vamos a ver los estados de la materia: líquido, sólido y gaseoso. Pedro, por favor, empieza a leer la definición y las características de cada uno de ellos. Estad atentos porque al terminar la lectura haremos los ejercicios que están en la página siguiente”. Cuando Pedro empieza a leer, lo primero que hace el resto de la clase es ojear las preguntas para ir marcando las respuestas en el texto al mismo tiempo. La comprensión y el interés del tema quedan en un segundo plano. Lo que importa es hacer bien los ejercicios.

Puede que la mayoría nos sintamos identificados con esta situación y la veamos como un hecho sin importancia. A los niños no les tiene que interesar todo lo que se les diga en clase; y es cierto ya que cada uno tiene sus propias curiosidades. Pero el problema está en que no es un hecho puntual sino que es una reacción usual en los alumnos.

En las escuelas se transmite el mensaje de que lo valioso del aprendizaje es la puntuación que se obtiene de los exámenes y de los trabajos. Ya sabemos que no es así pero, familias, no nos engañemos. Seguimos corroborando esa teoría porque pensamos que las cosas “funcionarán así” y/o porque “los entendidos son ellos”. Ahí es cuando caemos en la trampa. Nos conformamos. E, incluso, la llegamos a reafirmar al premiar a los niños cuando sacan notas altas. Y lo hacemos porque necesitamos tapar nuestros propios miedos e inseguridades. Las calificaciones se han convertido en una necesidad que nos hace creer que de esa manera se garantiza la inteligencia y la preparación del niño hacia el futuro.

La teoría necesita su práctica. Van ligadas. Para aprender bien, para que haya una comprensión significativa, no es suficiente que se acompañen ilustraciones a esos frondosos textos. Es necesario verificar y tener experiencias sensoriales para, así, interiorizar los datos y poder entenderlos mejor. Trabajar los sentidos no es algo que solo tenga que hacerse con los más pequeños porque si aprendemos es gracias a la información que éstos nos aportan. Con los sentidos podemos interpretar lo que estamos viviendo y a partir de ahí se facilita la ardua tarea de la mente en realizar y fijar esquemas mentales abstractos.

Haced una sencilla prueba vosotros mismos: recordad situaciones de clase en las que aprendisteis algún concepto específico. Es poco probable que digáis que fue sentados en un la mesa delante de un libro. Seguramente haríais alguna actividad que rompió con esa monotonía: una salida al patio, un experimento, un mural… Es justo a eso a lo que me refiero. Aprendemos cuando nuestra atención, nuestra emoción, nuestro interés y nuestros sentidos están presentes en una experiencia a la que le podemos dar un significado. De lo contrario, sólo absorbiendo conocimientos teóricos complejos, el éxito del aprendizaje se ve seriamente comprometido.

Prioricemos el aprendizaje que toda la naturaleza nos da. ¡A más experiencias reales/físicas mejor comprenderemos lo intangible!

“Aquella teoría que no encuentre implicación práctica en la vida, es una acrobacia del pensamiento”. Swami Vivekananda.

“La práctica debe ser siempre edificada sobre la buena teoría”. Leonardo Da Vinci.

“La teoría es cuando se sabe todo y nada funciona. La práctica es cuando todo funciona y nadie sabe por qué. En este caso hemos combinado la teoría y la práctica: nada funciona… y nadie sabe por qué. Albert Einstein.

La importancia de dar lo que ya no nos hace falta

Sí que es cierto que las Navidades no han de ser exclusivas para trabajar valores y llevar a cabo buenas acciones pero hay que reconocer que es un momento muy útil para hacerlo. En este caso me gustaría hablaros de la importancia de dar aquellas prendas, objetos y juguetes que no se utilicen en casa. Un tema muy común pero del que no se suele profundizar en su significado. Por esa razón, hoy vamos a recordar lo que implica la acción de donar.

Como sabemos, vivimos en una sociedad consumista. No hace falta salir a la calle para verlo porque es suficiente con mirar la televisión o fijarnos en lo que tenemos en casa acumulado: libros, ropa, juegos de mesa, CD’s… Siempre tenemos algo que hemos dejado de utilizar o que, simplemente, ya no queremos. Lo curioso es que a veces nos da pereza desprendernos de ello y, cuando nos decidimos a hacerlo, lo tiramos a la basura en vez de llevarlo a aquellos sitios donde puede resultar alarmantemente necesario. Solemos ponernos excusas tales como: “Es que no tengo tiempo”; “Para qué voy a donarlo si luego estas cosas, en verdad, no llegan”; “Esto no lo querrá nadie”. Para mí estas tres son las que están en lo más alto de la lista de justificaciones innecesarias.

Pero eso no es todo. Pedimos (e incluso exigimos) a los niños cómo tienen que ser: empáticos, solidarios, altruistas, que sepan compartir…. Cuando somos los primeros quienes les seguimos comprando aquellas cosas que quieren, los que permitimos que hagan un mal uso de los juguetes y los que toleramos que los utilicen una o dos veces para terminar en un rincón de su habitación.

Seamos sinceros. Los responsables no son ellos… Los que cometemos los errores somos nosotros pero lo ignoramos porque preferimos mirar hacia otro lado e ir por el camino fácil. Aunque pueda sonar a tópico es una realidad: No valoramos lo que tenemos. Solo lo hacemos cuando nos vemos en verdaderos apuros.

Por eso este pequeño escrito va dirigido a los adultos. Primero tenemos que ser nosotros los que prediquemos con el ejemplo para que los niños aprendan de éste. No al revés. Si ven que hacemos buenas acciones (y no sólo hay que hacerlas en fechas especiales…) no tendrán muchos problemas en llevarlo a la práctica. Recordad que somos su mayor referente y sienten admiración por nosotros. Sólo con eso tenemos más de la mitad del camino ganado.

Además, mirad todo lo que se <<consigue>> cuando donamos nuestras pertenencias:

  • Nos sentimos más liberados ya que la limpieza física también se traduce a la emocional lo que hará que nos sintamos mucho mejor al ceder cosas que para nosotros han podido tener un valor importante.
  • Desarrollamos la empatía. Ya sabéis: la capacidad de ponernos en el lugar del otro para comprender sus necesidades y sentimientos.
  • Trabajamos el altruismo. Ayudar a otros sin esperar nada a cambio nos hace crecer como personas.
  • Se tiene una mayor concienciación de otras realidades. Ampliar nuestra visión nos permite conocer la necesidad que tiene mucha gente (por desgracia, no hace falta irse muy lejos para comprobarlo).
  • Nos humaniza. Sí. Hacer buenas acciones nos da una energía que tenemos olvidada. Aquella que nos hace conectar de nuevo con lo esencial y con nosotros mismos; la que nos permite disfrutar de lo más simple y de lo más importante al mismo tiempo.
  • Etc.

Seamos un poco más sensatos con nuestras acciones. No nos cuesta nada reflexionar en estas pequeñas cosas. Espero y deseo que antes de desechar esa bolsa llena de ropa y objetos os paréis a pensar en cuál queréis que sea su lugar de destino.

Navidad: Sí a la ilusión, no a la compulsión

Soy de las que piensa que en la época de navidad tiene que brindarse la ilusión y no la compulsión. Una compulsión de la que todos somos cómplices al dejarnos llevar por ella voluntariamente. Pero no lo hacemos solo los adultos sino que con ello arrastramos también a nuestros hijos, lo que supone una cadena que no parece tener fin.

Poco a poco irán saliendo anuncios de juguetes en las televisiones y en los hogares se recibirán todo tipo de catálogos para encandilar con colores y mensajes a los niños. De esta manera empezarán a experimentar, en sus diminutos cuerpecitos, el querer prácticamente todo lo que vean. Y ya sabéis: todo es todo. ¡Cuidado!

Vamos a intervenir para ir deshaciendo el “quiero esto, quiero esto, quiero esto”. ¿Cómo? Pensando en una serie de aspectos:

¿A más cantidad más satisfacción? Evidentemente no. En el momento de estar abriendo un regalo tras otro, el ir de una casa a otra, es cuando se produce el autoengaño. Experimentan la sensación de sentirse importantes, completos, reconocidos, orgullosos… Todo ello engancha. Pero ¿qué pasa después? Muy fácil. Vosotros mismos os estaréis contestando: “¡La mayoría de las cosas que habían pedido terminan arrinconados en el armario!” No serán pocas las veces en las que os hayáis dado cuenta de ello. Lo que nos lleva a plantearnos:

¿Sabemos/saben distinguir lo que quieren de verdad? Cuando ven en su habitación todos los regalos que han recibido y terminan por utilizar solo algunos se están diciendo a ellos mismos (y a nosotros) que en verdad lo que les hacía ilusión eran ciertas cosas mientras que todo lo demás eran caprichos surgidos de una falsa ilusión social. Al igual que suceden con todas las compulsiones, siempre hay un momento clave para detectar cuándo nos hemos excedido. Los adultos somos responsables de nuestros actos y de nosotros depende decidir reparar en ello o no. Sin embargo, los niños nos necesitan para ir entendiendo cómo funciona el mundo. ¿Estamos siendo un buen ejemplo para ellos? ¿O somos como el refrán que dice: Consejos vendo pero para mí no tengo…?

Por otra parte, preguntémonos si todos los años sucede lo mismo. Si la respuesta es sí será el momento de ir introduciendo cambios en la dinámica navideña. Mediemos con ellos. Animémosles a reducir la cantidad de ‘deseos’ a Papá Noel o a los Reyes Magos. De esa manera se plantearán lo que quieren de verdad porque lógicamente, si les da carta blanca, puestos a pedir… ¿No? El truco estará en reducir las posibilidades y las tentaciones.

¿Saben aceptar regalos que no estaban previstos? Esta es otra cuestión no menos importante. Dejarse sorprender y aprender a recibir regalos que quizás no hacen tanta ilusión no es tarea fácil para los niños, especialmente si están acostumbrados a recibir todo aquello que habían marcado en el catálogo. Ahí es cuando estaría bien intervenir y explicarles que no siempre nos regalarán cosas que nos gusten pero que hay que saber aceptarlas. Podéis poner ejemplos de vuestras experiencias para que vean que a todos nos ha pasado alguna vez. De esa manera, aunque no lo quieran encajar en un primer momento, será un mensaje en el que pensarán.

Familias, no es aconsejable darles todo lo que piden. Ni para ellos ni para nadie. Muchas de las cosas que tenemos no las necesitamos y si nosotros realimentamos la compulsión nos estaremos engañando. El mayor regalo es el experimentar emociones positivas y poderlas compartir con quienes nos rodean. Y ya sabéis: para ello no necesitamos recurrir a lo material.

¡Feliz Navidad!

Cambio educativo: de la comodidad a la practicidad

Nos quejamos de la educación, de los índices de fracaso y abandono escolar, de cómo funcionan las cosas… Nos dedicamos a señalar a los que creemos responsables de esta situación y mientras lo hacemos, seguimos acomodados en el sofá. ¿El motivo? Desilusión, desmotivación, falta de expectativas, inexistencia de una vocación real por la docencia, vivir con la ley del mínimo esfuerzo, soberanía personal… etc.

Sean las razones que sean, hay que pensar que los que realmente salen perjudicados de esa burbuja de confort son los niños. Ellos son los que aguantan una cantidad exagerada de conocimientos que, la mayoría de las veces, se les transmite de una manera insípida. Ellos son los que se examinan, los que tienen que aprobar, los que van a regañadientes a la escuela por lo aburrido que es. En definitiva: los que se están jugando una educación y un presente inmediato.

Familias, la educación no sólo tiene que enfocarse desde el punto de vista académico. Creo que se da demasiada importancia a las puntuaciones y a los contenidos de esos enormes libros que, en su mayor parte, nunca se terminan. Se les exige saber tanto de todo… que luego sienten que sólo saben un poco de nada. Si ya lo dice el refrán: más vale poco y bien que mucho y mal. De ahí que tengamos que volvernos más prácticos.

En el colegio se nos ofrecen los conocimientos de cultura general necesarios, sí, pero no hay que negar que hay determinados contenidos/temarios que no son útiles. Se dan porque “así está programado” y porque “tienen que llegar a determinados objetivos”. Que ese es otro tema, si el aprendizaje es gradual y cada uno tiene su propio ritmo no deberían programarse metas generalizadas.

Volverse más prácticos no solo ayudaría a eliminar peso a nivel académico y a impartir las clases de otra forma. La practicidad abarcaría el dedicar más tiempo a la gran olvidada educación humana (conocida ahora como “emocional”). Aquella que está orientada en trabajar para una salud mental y física sana en los niños. Se priorizaría en lo que nos hace sentir bien como personas y en lo que necesitamos para estar equilibrados interiormente. Se educaría, pues, para la vida.

Para ello es importante ofrecer los recursos necesarios desde pequeños. La escuela (junto con la familia, claro está) ha de saber potenciar y ayudar a los niños a ser felices. Reforzar su creatividad, su autoestima y sus capacidades para que puedan alcanzar sus logros hará que se desarrollen de una manera saludable y lleguen a la vida adulta con unas bases personales fuertes y estables.

 

Ritmos de aprendizaje: ¿Se respetan?

Una de las cosas que no me gusta de la educación es el que no se tengan en cuenta las diferencias individuales de los alumnos a la hora de aprender.

Recuerdo que, en el colegio, me costaba bastante entender según qué temas y necesitaba tiempo a la hora de contestar a las preguntas de los deberes. La verdad es que este ritmo me pasaba factura. Siempre era de las últimas personas en terminar las tareas y el que los compañeros lo hubieran hecho en mucho menos tiempo no ayudaba. Además, la profesora nos repetía con insistencia: ‘¿Pero porqué tardáis tanto? ¡Si son ejercicios muy sencillos y los acabamos de ver en clase! Venga, da igual; ya los terminaréis en casa…’ Esa clase de comentarios (especialmente éste último) no sentaban nada bien. La repetición de esa escena hacía que nos fuéramos etiquetando (o al menos yo) hasta el punto de llegar a pensar si era, en verdad, tonta o tenía algún problema. Me veía diferente. Ese era el mensaje que me llegaba al ver cómo mi ritmo entorpecía al de la clase.

Y es que a día de hoy se continúa con el pensamiento de que ‘cuanto más rápido mejor’ cuando no es así. ¿Qué importa que se acaben las tareas en más o menos tiempo? Si lo importante es llegar y establecer un buen aprendizaje de los nuevos conocimientos. No creo que en los trabajos TODOS vayan a la par; que TODOS hagan exactamente lo mismo porque de esa manera no habría evolución. El mundo funciona por la variedad de aptitudes, de maneras de pensar, de aportar lo que a cada uno de nosotros se nos da mejor hacer. De la diversidad surge el progreso.

Entonces, ¿Qué sentido tiene que la escuela presione en establecer tiempos para saber leer, escribir, hacer cálculo…? Al igual que con los bebés. ¿Qué más dará si uno empieza a hablar/andar antes que otro? ¿Eso determinará sus capacidades? Es absurdo.

Cada vez el “Sistema” se preocupa más en automatizarnos estableciendo, desde que llegamos a este mundo, lo que se espera de nosotros. Hoy todo tiene que funcionar rápido y tenemos que llevar una vida frenética. Si no la tienes, algo no estás haciendo bien. No encajas. Ese es el mensaje ERRÓNEO que nos quieren inculcar.

Eduquemos en base a la libertad. Rompamos moldes con una nueva educación en la que predomine la felicidad personal y no en la superficial. Prioricemos el derecho que tienen los niños de ser ellos mismos, con sus propios ritmos de aprendizaje, sin necesidad de compararse y terminar compitiendo negativamente con otros (recomiendo la lectura de la entrada «Imitación-comparación-competición»).