Sentimiento y emoción

Sentimiento y emoción...

Dos conceptos qué están estrechamente relacionados pero que son distintos al mismo tiempo. ¿O no? Un momento… ¿No significan lo mismo? ¿Qué diferencia puede haber? ¿Las emociones y los sentimientos no son sinónimos? Uy uy uy… Creo que estamos algo confusos con este tema. A ver si ahora nos va a tocar hacer un curso de psicología exprés… ¡Nada de eso! Vamos a definir cada uno de ellos de una manera sencilla y práctica y veréis qué rápido salimos de dudas.

Término de emoción:

La emoción es una alteración del ánimo que dura un tiempo limitado siendo, al mismo tiempo, bastante intensa. Nos ayuda a adaptarnos a lo que pasa a nuestro alrededor. Incluso a los pocos meses de vida adquirimos las emociones básicas como el miedo, el enfado o la alegría.
Si damos un pequeño susto al bebé éste reaccionará con miedo. Veremos cómo su cara cambia por completo y cómo su expresión corporal se volverá tensa. Le durará unos segundos pero lo sentirá intensamente. Las emociones, pues, nos ayudan a expresar necesidades. En este caso, el miedo, indirectamente ‘pide’ protección ante el estímulo que desencadena en el niño esa reacción.

Término de sentimiento:

Los sentimientos son el resultado de las emociones. Es decir, es lo que sentimos cuando algo nos impresiona fuertemente; cuando somos conscientes de ello. Por ejemplo, cuando nos enamoramos, cuando estamos felices, cuando sentimos ansiedad… Éstos, los sentimientos, son más duraderos que las emociones ya que éstas últimas son mucho más intensas y explosivas.

Como hemos visto, aunque ambos términos estén muy ligados, cada uno tiene su propia definición, su propia causa; de ahí que sean tan fáciles de confundir. Pero ahora ya no hay dudas, ¿verdad? Para asegurarme de ello esta imagen será clave para que toda la información que acabáis de leer quede todavía aún más clara. Ya sabéis que una imagen vale más que mil palabras  ; )

La empatía y el sentido común

A todos nos gusta sentirnos comprendidos. Nos equilibra interiormente. Cuando nos dejamos llevar hacia los extremos es porque, en realidad, nos sentimos perdidos. Y si muchas veces de adultos tenemos esa sensación, imaginaros los niños. Por eso necesitan pautas y límites. Les da tranquilidad y les encauza hacia un punto concreto y no hacia múltiples direcciones.

Para educar bien no importa haber leído montones de libros, haber investigado sobre diferentes métodos y teorías o buscado pautas de grandes educadores.  Si no empezamos por la base de las relaciones humanas como es, por ejemplo, la empatía, lo demás no nos será de gran utilidad. Recurrir al sentido común es uno de los cimientos imprescindibles para educar al niño.

Si nosotros somos capaces de comprender cómo se siente, el porqué y qué es lo que necesita para sentirse mejor, seguramente cambiemos nuestra forma de dirigirnos a ellos. Por tanto, ahí tenemos otros dos cimientos más: la comprensión y el diálogo.

No hay que olvidar que los niños son personas. Aunque no sean adultos, no está bien tomarse sus emociones a la ligera. Son igual, o más importantes; especialmente aquellas que desencadenan en frustraciones y enfados. Necesitan que les ayudemos a conocerlas y a regularlas. Para ello, primero tendremos que estar en ‘orden’ con nosotros mismos (emocionalmente hablando) y recurrir al cariño y a la paciencia.

Entonces, ¿qué hacer?:

  • Conozcamos primero la situación detonante que ha provocado la emoción del niño.
  • Pongámonos en su lugar y pensemos en lo que necesitaríamos para sentirnos mejor.
  • Si lo sabemos, ayudemos al niño a ofrecerle aquello que puede ayudarle.
  • El diálogo y la mirada son fundamentales para contactar con él. Arrodillarnos y ponernos a su altura hace que sientan una conexión de igual a igual. Nadie es más que nadie.
  • Si vemos que con nuestra intervención se pone peor, le dejaremos su espacio. Podemos decirle en buen tono que, cuando esté calmado, puede contarnos lo qué ha pasado.
  • Si esto no ocurre, cuando ya se encuentre tranquilo y sintamos que nos podemos acercar, lo haremos. Si a pesar de ello no quiere contarlo, lo respetaremos. Tienen derecho a no hacerlo.

Apoyémonos en el sentido común. Si sabemos que cuando estamos enfadados no nos ayuda que otros nos griten, a ellos les sucederá igual. Si nos sentimos incomprendidos y otra persona viene a generarnos más confusión, terminaremos por sentirnos aún peor. Posicionarnos en otros, pues, nos da pistas para saber cómo podemos intentar mediar para no crear más tensiones innecesarias.

Recuerda:

¡No os olvidéis que nuestro ejemplo es mejor que todos los manuales educativos juntos!

La introversión y la timidez en la infancia

La timidez y la introversión preocupan mucho a los padres. La ven como una barrera de limitación de cara a la evolución “normal” del niño como si fuera un hándicap a la hora de hacer frente a las circunstancias de la vida. No son pocas las veces que se escucha decir: “Ojalá mi hijo fuera de otra manera”. De hecho, se tiene la idea preconcebida de que es mejor que éste tenga más temperamento a la hora de relacionarse con los otros en lugar de ser tan reservado. El peor desencadenante se produce cuando esas palabras (que no dejan de funcionar como una etiqueta) llegan a los oídos del niño. Y, a veces, no es que les llegue de manera fortuita sino que son los mismos adultos quienes le lanzan este mensaje con la intención de hacerles reaccionar.

Primeramente, es importante no confundir la timidez con la introversión. A pesar de ser rasgos con características comunes son conceptos distintos. En función del grado de intensidad que experimenten su auto-concepto y autoestima podrán verse comprometidos conduciéndoles a no sentirse bien con ellos mismos.

Introversión

Cuando un niño es introvertido suele preferir participar en grupos pequeños y de confianza. A la hora de relacionarse con sus integrantes lo hará con naturalidad y comodidad. Quizás no se exprese tan abiertamente como lo pueden hacer otros niños pero se siente bien con él mismo y con su forma de actuar.

Timidez

Sin embargo, cuando hay timidez, al menor le gustaría participar al igual que lo hacen los demás pero le surgen miedos e inseguridades que no le dejan llevarlo a cabo; y si lo hacen, será con dificultad.

Tanto si se habla de un infante introvertido como tímido es importante que las personas de su entorno no lo subrayen en demasía. En casa, en el colegio, en su entorno más directo ha de sentirse aceptado y no tener la sensación de estar catalogado por ello. Recordemos que todos somos diferentes; eso no nos hace ser ni mejores ni peores personas. Dejarles caer indirectas que aludan a dichos rasgos no es una alternativa que vaya a ayudarles a “espabilar” ya que de esa manera pueden llegar a sentirse excluidos y raros al no cumplir con las expectativas esperadas por los de su alrededor. (Recomiendo echar un ojo a la entrada: imitación-comparación-competición)

«Uno de los objetivos principales de la educación es ofrecer los mecanismos necesarios para crecer de forma saludable y equilibrada»

Ello no quiere decir que no haya que prestar atención a la timidez o la introversión si vemos que alcanzan un grado más llamativo de lo usualmente conocido. No hay que olvidar que ambos conceptos tienen características positivas si se saben utilizar como herramientas en beneficio personal. De hecho, ése es uno de los objetivos principales de la educación: ofrecer los mecanismos necesarios para crecer de forma saludable y equilibrada. Por ello, si vemos que el niño tiene serias dificultades a la hora de relacionarse con los demás y le bloquea de una manera importante en su día a día, puede indicarnos algo. Frente esto es importante no despreocuparnos del problema ni verlo como una etapa sin más. Si lo hacemos, el mensaje que recibirá será el de despreocupación y desvalorización de sus sentimientos y emociones. Necesitan sentirse escuchados, encontrar comprensión y obtener un trato natural frente a ese bloqueo.

Ante ello, se puede llegar a pensar que tener temperamento es sinónimo de tener una vida más fácil. Y no es así porque en esta vida todo tiene su parte positiva y negativa. En función de cómo se actúe/utilice/enfoque hará que la balanza se incline hacia un lado u otro. Lo esencial (y al mismo tiempo lo más difícil) es alcanzar el punto intermedio: el anhelado equilibrio.

Recuerda: La timidez y la introversión no tienen por qué ser barreras para la vida.

Nuestra voz interior: Parte II


Nuestra voz interior es aquel diálogo que mantenemos con nosotros mismos. Lo hacemos constantemente. Hablamos un 80% del tiempo mientras estamos conscientes. Dependiendo de las experiencias que hayamos vivido a lo largo de nuestra vida y de aquellos mensajes que nos hayan ido llegando con el paso de los años tendremos condicionadas actitudes, pensamientos, frases e incluso emociones.

Las palabras forman parte de nuestra vida de muchas maneras. Nos pueden ayudar a esforzarnos, a sacar lo mejor de nosotros e incluso de otros pero, también, nos pueden hacer ver la realidad con un enfoque distorsionado.

Durante los primeros años de vida tenemos serias dificultades para comunicarnos como nos gustaría; contarles a los demás lo que sentimos o necesitamos se convierte en un reto importante. Lo curioso es cómo nos centramos en esa incapacidad temporal mientras obviamos lo que el niño va escuchando de quienes están con él. Ya sabéis lo que dicen: de pequeños somos como verdaderas esponjas, absorbiendo y aprendiendo todo cuanto nos rodea. Pero a veces no nos damos cuenta de ello y cometemos errores tanto con nuestro ejemplo como en la manera de dirigirnos hacia los más pequeños.

Y es que los adultos tendemos a irnos hacia los extremos. Algunas veces nos dicen que pecamos al enviar demasiados mensajes positivos a los niños; otras que abusamos al remarcar todo aquello que hacen mal. Siempre jugando al blanco o negro. ¿Por qué actuamos así? ¿Por miedo a que no cumplan con nuestras expectativas o las de la sociedad? Sea como fuere, lo importante es darnos cuenta y trabajar en conseguir un trato más sano y objetivo, es decir, encontrar un término medio: la escala de grises.

Para ello lo que necesitamos es saber escuchar y dialogar. No todos sabemos hacerlo correctamente. Intentar aprender a escuchar no para responder sino para entender y empatizar con los sentimientos del otro, es fundamental. Tenemos la costumbre de que, cuando los niños nos cuentan según qué, nos reímos o terminamos diciéndoles que lo que nos cuentan no tiene importancia. Incluso a veces lo etiquetamos como <<tonterías>>. Pero se nos olvida que, aunque sean pequeños, lo viven intensamente. Sienten las circunstancias acorde a su edad lo que no implica que sean menos importantes. No simplifiquemos sus emociones.

Por otra parte, dialogar también es muy importante. La confianza es la base de la comunicación. Es necesario que los niños sientan que lo que dicen nos importa; que reciban mensajes objetivos, útiles, sinceros y procurando utilizar palabras acorde a su edad y a su nivel de comprensión. Permitidme que remarque el término de sinceridad. Considero que con las mentiras se puede llegar a hacer daño. Ocultarles las cosas a la larga puede generar problemas de confianza y seguridad. El no saber exactamente qué es lo que ocurre puede generarnos miedos y despertar sentimientos no encontrados que llegan a desestabilizarnos interiormente. Contémosles la realidad siempre desde el respeto escogiendo fielmente las palabras y la manera en comunicárselo.

También, procurar que su autoestima sea sólida y que, a medida que pase el tiempo, se vaya fortaleciendo a pesar de las circunstancias que puedan surgir por el camino. Ésta se consigue con amor, estando a su lado tanto en lo bueno como en lo menos bueno, enviándoles mensajes positivos llenos de energía, de confianza, reconociendo sus esfuerzos (a pesar de los posibles tropiezos) y recordándole día tras día lo orgullosos que estáis de él/ella.

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Para leer «NUESTRA VOZ INTERIOR: PARTE I» (Haz clik!)

El rincón de la calma

Todos en algún momento sentimos la necesidad de apartarnos de los ruidos y del ritmo ambiental. Nuestro cuerpo nos pide quietud y descanso, lo que nos lleva a querer dedicarnos tiempo para pensar, para desconectar y liberarnos de las obligaciones por un rato. Para ello, solemos retirarnos a lugares que nos dan la oportunidad de estar con nosotros mismos. Los condicionamos hasta tal punto que cuando nos referimos a ellos utilizamos posesivos: “mi rincón; mi sitio favorito”; como si de alguna manera nos pertenecieran. Pero al no poder desplazarnos hasta allí las veces que nos gustaría, lo que hacemos es crear en nuestro propio hogar zonas que nos puedan aportar esa paz que necesitamos con relativa frecuencia.

¿Pero y los niños? ¿Ellos también necesitan ese tiempo para sí mismos? Sí. Poco a poco van dándose cuenta de sus ritmos internos y van conectándose con las necesidades de su organismo. Sabemos que su energía suele ser arrolladora pero cuando el cansancio aflora, cuando algo les estresa o cuando se ponen <<pachuchos>> también buscan ese refugio: estar en brazos de mamá o papá, en el sofá, con su peluche favorito… Son muy variadas las señales que lo indican. Cada uno lo manifestará de distinta manera.

En educación, especialmente en la etapa de infantil, se trabaja mucho con los <<rincones>>. Como su propio nombre indica los rincones funcionan como áreas temáticas ubicadas en algún lugar de la sala para que el niño o los niños puedan jugar/aprender de manera individual o colectiva. Es importante que en él se encuentren utensilios y materiales que se adecúen al tema escogido. Si se establece el rincón de la lectura, pondremos a disposición del niño libros variados y alguna silla o alfombra para que pueda/n disfrutar de la actividad. Si es el rincón del supermercado, colocaremos en él alimentos, alguna cesta, una caja registradora, etc. Decir que no es necesario que los materiales sean auténticos pero sí que, cuanto más cuidemos los detalles, mejor.

Volviendo con el tema que nos acontece, me gustaría hablaros de un rincón en concreto. Un rincón que puede ser utilizado por toda la familia: el rincón de la calma. La idea de éste es construir un espacio para cuando sintamos la necesidad de estar con nosotros mismos. En él dispondremos de aquello que nos transmita tranquilidad por lo que estará bien tener en cuenta las necesidades individuales de todos. Para daros algunas ideas se podrían poner un puf, una alfombra, cojines; nuestros libros favoritos, una pequeña mesa con folios en blanco, pinturas, peluches… Todo lo que nos transmita confort.

También puede utilizarse como vía emocional. Este rincón permite conocernos mejor interiormente y aprender a poner nombre a estados emocionales. Tener paz es una sensación agradable y normalmente la sentimos cuando no tenemos preocupaciones y estamos relajados. Por otra parte se pueden trabajar, también, la ira y la tristeza; si ha habido algún pequeño conflicto en casa, el niño (y/o el adulto) puede ir allí para calmarse y reflexionar sobre sus sentimientos. Además, puede ser un espacio que dé pie al diálogo. Los ambientes que nos transmiten seguridad nos ayudan a abrirnos con los demás y tener, así, la oportunidad de expresar nuestros pensamientos de una manera sosegada.

Es importante puntualizar que este rincón no puede condicionarse negativamente ya que recurriremos a él de forma voluntaria. En ningún caso ha que ser utilizado como una vía para el castigo o para la reflexión impuesta.

Por otra parte, quizás estéis pensando en si el teléfono móvil o la tableta pueden utilizarse. Eso lo dejo a elección vuestra, familias. Cada uno es responsable del uso que hace de las nuevas tecnologías. Si las utilizamos con frecuencia a lo largo del día, el rincón podría ayudarnos a desintoxicarnos por un rato. Sin embargo, si durante el día no hemos tenido tiempo de mirar las noticias o las redes sociales, se puede aprovechar ese momento de tranquilidad para ponerse al día. Eso sí, si queréis que vuestros hijos no los usen en el rincón, lo más conveniente sería que vosotros tampoco los usarais. No hace falta decir lo importante que es vuestro modelo para ellos. Recordad: en el rincón únicamente tiene cabida todo aquello que nos proporcione tranquilidad.

Sea como fuere, no olvidéis entrar en patriciarivas.es de vez en cuando. ¡Todo sea por la educación, familias…!  ; )

Nuestra voz interior: Parte I

Imagina que acabas de llegar a un lugar completamente desconocido con una simple mochila sobre tus hombros. En ella tienes lo imprescindible para vivir y cubrir tus necesidades de sed y hambre. Frente a ti, una montaña. A simple vista no hay una meta pero empiezas a caminar y a ascender por ella. A tu alrededor hay gente. Parecen personas experimentadas. Te acompañarán durante el trayecto pero no esperes a que todas terminen el camino contigo.

Cuando decides emprender la marcha algo confuso y temeroso ante la incertidumbre de lo que habrá más allá, las personas que te rodean empiezan a hablarte. Te están enviando mensajes que no puedes obviar. Aún no tienes la capacidad de inmunizarte de ellos; necesitas construir un pequeño mapa orientativo para poder seguir avanzando. Algunas de esas voces te dicen cosas positivas: “Eres capaz de hacerlo, confía en ti mismo. Estamos a tu lado” pero otras no tienen tan buenas intenciones: “¡No podrás llegar! ¡Eres demasiado débil! No sirves para eso…”

Estas personas progresivamente se van alejando de ti a medida que sigues creciendo. Empiezas a conocer el terreno de la montaña por ti mismo aunque en tu cabeza se ha quedado el eco de las palabras que te han estado diciendo hasta no hace mucho tiempo. Son poderosas. Sin darte cuenta se han convertido en parte de tu voz interior. Por eso cuidado. A veces no se pueden controlar y toman gran parte de tus pensamientos y, por consiguiente, de tus decisiones en la vida.

La frustración

Todos hemos sentido más de una vez la frustración, especialmente cuando somos niños. Durante los primeros aprendizajes nos enfadamos con facilidad al ver que no conseguimos nuestros deseos. Bien porque nos faltan recursos, porque no cumplimos las propias expectativas o porque otros no nos dejan hacer lo que queremos. Todo esto conlleva a enfados leves y… bueno, a veces, no tan leves. Pero a pesar de ello, tenemos que pasar por el aro y aceptar que sentimos rabia ya que, al igual que pasa con las emociones, hay que aprender a tolerarlas e identificarlas. Así estaremos más cerca de conseguir un autocontrol emocional sano.

¿Qué pasa si no sabemos gestionar bien la frustración? Pues que puede generarse la falsa creencia de no ser capaces de superar obstáculos, de no saber resolver los conflictos, llegar a desencadenar apatía e, incluso, problemas de autoestima. Si no se ‘resuelve’ a una edad relativamente temprana, con el paso de los años puede desencadenar en problemas emocionales importantes y, en la edad adulta, derivar en alguna patología.

¿Cómo ayudarles en el proceso? Mediando en aquellos momentos que veamos necesarios y con nuestro ejemplo; ayudarles a salir poco a poco del círculo vicioso de la frustración mediante la expresión/verbalización del enfado.

Una herramienta muy útil, pues, es el diálogo y el sentirse comprendidos por otros. Podemos darles ejemplos de nuestras propias frustraciones para hacerles ver que a todos tenemos rabietas de vez en cuando puesto que los límites existen para todos.

Eso sí. Hay situaciones y situaciones. Si el niño no puede comer chocolate (un suponer) y sabemos que por la calle por la que vamos a pasar hay una pastelería con un escaparate lleno de dulces, no le haremos pasar por delante para que aprenda a tolerar la frustración. Obviamente, en ese caso, lo que haremos será evitar esa calle. Tampoco tenemos que forzar  los escenarios. Todo debe surgir de manera espontánea.

Dejar que pasen las cosas de manera natural es la mejor manera para ir aprendiendo.

Sentirse seguro, sentirse amado

Siguiendo un poco el hilo de la entrada ‘Una alimentación a demanda…diferente’ voy a hablar de la importancia de sentirse seguro y amado. Aparentemente ambos temas no tienen mucha relación pero si nos preocupamos en coger el microscopio para profundizar un poquito más, nos daremos cuenta de que, muchos de nosotros, utilizamos la comida para no sentir. Cuando tenemos problemas emocionales, vacíos existenciales, comemos sin medida. En ese momento sentimos placer. Nos centramos en los sabores, en el premio que nos damos como recompensa de lo que estamos viviendo. Y esa mentira anímica se la podemos llegar a inculcar a los niños con simples gestos como darles una galleta para que dejen de llorar. Cuántas veces no se habrá hecho… Un recurso altamente eficaz para que el niño deje de llorar y nosotros podamos descansar. Eso, aunque pueda parecer una solución práctica, no lo es. Les estamos enseñando a tapar las emociones que sienten con comida. Con comida o comprándoles juguetes o de cualquier manera que utilicemos para silenciar lágrimas y tristezas.

Sin embargo, si nos sentimos bien y sabemos regular las emociones de una manera correcta, no hará falta luchar contra esa compulsión. Por eso es tan importante que los niños se sientan queridos y amados desde bien pequeños ya que les da seguridad ante su sensación de vulnerabilidad. Lo correcto es educar a los niños en saber expresar sus sentimientos y emociones para que nada se les quede en el insconciente. Que sientan que pueden recurrir a nosotros porque sabremos ESCUCHARLES. Si les damos las herramientas necesarias para verbalizar/expresar lo que sienten sin cohibirles, se sentirán amados y seguros; y lo más importante, su filtro interior se mantendrá limpio.

Cuando nos sentimos seguros aprendemos a ser felices, a ser responsables de nuestro bienestar. Aprendemos a elegir la alegría para vivir y dedicamos esfuerzo en cultivarla. Ayudémosles a conseguirlo. Al hacerlo, nos estaremos ayudando a nosotros mismos.

¿Aburrimiento positivo?

imaginación2No es nuevo decir que el frenético ritmo de la sociedad y, por consiguiente, el de nuestras vidas, provoca que tengamos la necesidad de estar siempre de acá para allá. Incluso, a veces, parece que si no tenemos todo el día ocupado nos sentimos ‘vacíos’; como si hubiera una misteriosa obligación de tener que estar activos, también, en nuestro tiempo libre. Yo, si me lo permitís decir, soy de las que defiende ‘el placer de no hacer nada‘ de vez en cuando: estar en el sofá sin televisión, sin radio… simplemente estar con los pensamientos o intentar mantener la mente en blanco. Ese momento es beneficioso para la salud ya que nos damos la orden de decirnos: ‘Relájate…’. Nuestro cuerpo se deja llevar por la calma y la tranquilidad, al igual que lo intenta nuestra mente dando paso a aprender a disfrutar de todo y nada al mismo tiempo. 

¿Y cómo enfocar esto con nuestros hijos? En primer lugar, el hacerles ver que el aburrimiento es positivo, depende de cómo se enfoque. No hay que olvidar que la familia directa es el modelo de referencia de los niños y, en función de ello, adquirirán unos valores y unas rutinas determinadas.

Sabemos que a través del juego, los niños, no sólo se divierten; también aprenden. Utilizan la imaginación para recrear lo que ven en su día a día. Cuando juegan que van a comprar o que son policías, maestros…etc, todo forma parte de un teatro que funciona como un mecanismo que utilizan para intentar descifrar y entender cómo funciona el entorno. Algo similar a lo que nos sucede a los adultos cuando no entendemos algo… ¿Verdad que agradecemos que nos lo expliquen con ejemplos? Podemos decir pues, que a los peques, les sucede algo parecido. Al igual que jugar es importante, hay que enseñarles, también, a saber aburrirse.

¡VEAMOS ALGUNOS DE SUS BENEFICIOS!

Frustración

El aburrimiento ayuda a tolerar mejor la frustración. Si poco a poco le vamos haciendo esperar, le ayudaremos a aprender que no siempre se pueden conseguir las cosas en el momento que se quiera. Si no lo ejercitamos, las rabietas y el ‘lo quiero ahora’ se acentuarán con el paso de los años. Por eso, si desde bien peques les hacemos esperar un poquito ante sus caprichos, por sí solo se estarán entrenando.

Imaginación y creatividad

También contribuirá a desarrollar su imaginación y creatividad. Cuando no tengan nada a su alcance a modo de juego, o todo lo que le rodea no satisfaga sus necesidades, por sí mismos, buscarán alternativas para solucionar esa sensación. Su cerebro se pondrá en marcha y se las ingeniará para crear situaciones que le diviertan o, por lo menos, le distraigan por un rato.

Paciencia

Por consiguiente, ejercitará, también, la paciencia. Es una consecuencia positiva al aprender a tolerar la frustración; la espera hará que se vaya acostumbrando a ser paciente a la hora de conseguir retos.

Reflexión

El aburrimiento positivo le ayudará a saber estar con él mismo y reflexionar. Es un momento de conciencia de su existencia y de sus posibilidades. Esto será una faceta a desarrollar importante para su persona de cara al futuro.

Por tanto, como veis, son muchas las ventajas. Con ello no quiero decir que los niños tengan que estar siempre aburridos pero sí que, de vez en cuando, algunas dosis no vienen nada mal. No hay que angustiarse si vemos que el niño no sabe qué hacer; hay que buscar entretenimiento sí, pero no siempre se lo daremos nosotros. Ellos mismos tienen que saber estar solos y buscarse la diversión.

No les acostumbréis a estar activos las 24 horas del día. ¡Todo en exceso es contraproducente!