La comunicación

Como ya sabéis, la Comunicacióncomunicación implica un intercambio de información entre dos o más personas. Para que éstas puedan entenderse entre sí, es importante que la información sea breve, clara y concisa; de esa manera, conseguiremos evitar cualquier tipo de confusión e, incluso, enfado. Por eso, el diálogo, el tono y las formas que utilicemos a la hora de interaccionar con el niño serán determinantes para obtener resultados más o menos positivos. Veamos, pues, qué podemos hacer para mejorar la comunicación en casa.

¡Coged lápiz y papel!

  • La comprensión

    Los niños, especialmente en los años iniciales, necesitan que se les expliquen muy bien las cosas porque, aunque a nosotros nos parezcan obvias, quizás a ellos no.

    Por ejemplo: Imaginemos que nuestra hija empieza a sacar papeles de los cajones sin parar y que, encima, se lo está pasando pipa porque vemos que no para de reír. Normalmente, nuestra reacción es ir corriendo hacia ella y decirla: “¡Marina! ¡Eso no se hace! ¡Estoy muy enfadada contigo!”; apartamos a la niña de los cajones y empezamos a recoger todo malhumoradamente. Por nuestra parte, creemos que hemos actuado bien. Damos por hecho que, Marina, sabe perfectamente que eso no se hace; incluso, podemos pensar que lo ha hecho a propósito. Pero, ¿y si cree que no pasa nada por sacar las cosas de los cajones porque está experimentando con el movimiento que las hojas hacen al caer? Los peques sienten curiosidad por todo y, a pesar de que a nosotros nos parezca una barbaridad tirar todo al suelo, para ellos es un aprendizaje. Además, ¿alguien le ha explicado qué es lo que ha hecho mal? Porque, ella, lo que ve es a mamá/papá muy enfadada/o, nerviosa/o porque no para de alzar la voz. En definitiva, Marina no sabe qué es lo que está pasando.

  • Dar motivos y razones

    A veces se nos olvida que los niños no tienen la misma capacidad de compresión que los adultos, por eso, nuestros mensajes deben ser cortos y adaptados a sus capacidades. Si les saturamos de información, pueden no comprender qué es lo que deben hacer. A más edad y mayor comprensión aumentaremos la cantidad de información; cuanto más pequeños, mensajes breves y específicos.

    Es mejor decir: ‘Carlos, primero ponte el pijama’; una vez que lo haya hecho, le diremos: ‘¡Muy bien! Ahora lleva la ropita sucia a su sitio, por favor.’ (etc) que no: ‘Carlos, ponte el pijama, recoge toda la ropa del baño y llévala a su sitio’.

  • Normas

    Debemos vigilar cómo formulamos las normas. Sólo por el simple hecho de decirlas de una manera u otra influiremos en la actitud del niño/a; en su manera de actuar. Por esa razón, y para que los peques se desarrollen positivamente, necesitan saber las consecuencias que tendrán sus actos.

    Por ejemplo: ‘Es importante no dejar cosas por el suelo porque, de lo contrario, alguien puede pisarlo y caerse. ¿A que cuando nos caemos nos hacemos daño y no nos gusta? Entonces, para que no pase nada, será mejor dejarlo todo en su sitio’.

  • Lenguaje positivo

    Es importante cambiar nuestro lenguaje y enfocarlo de una manera positiva; esto les ayudará a acatar mucho mejor las normas ya que, al no aparecer la negación, no se les induce qué es lo que no deben hacer sino lo que deben hacer. No debemos eliminar drásticamente la palabra ‘no’ de nuestro vocabulario porque los niños tienen que aprender que no siempre podrán conseguir todo cuanto quieran (ya sabéis, la frustración, en su justa medida, es esencial); es, más bien, un mensaje para que sepan qué es lo que esperamos de ellos.

    Fijaros en la diferencia:

    a) ‘Si no recoges los juguetes, tendremos que dejar el parque para otro día…’.

    b) ‘¿Qué tal si recoges los juguetes y bajamos al parque?’.

  • El tono

    El tono que utilizaremos con nuestros hijos/alumnos será suave pero firme al mismo tiempo. ¿Qué quiere decir? Un tono que muestre seguridad pero sin ser agresivo. No hace falta gritar para que nos hagan caso; eso solo crea más tensión, miedo e inseguridad en el niño; además de provocar daños en la relación familiar. Por tanto, si se le debe decir una o dos veces que recoja los juguetes, lo diremos con tranquilidad pero con confianza; el peque necesita captar que no hay otra opción posible. Siempre lo haremos desde el amor y el cariño porque son la clave de una educación sana.

  • El contacto visual

    Cuando queramos comunicar algo a nuestro/a hijo/a intentaremos hacer que nos mire poniéndonos a su altura (nos agacharemos) ya que eso hará que no se sienta inferior; se sentirá tratado de igual a igual. Esto lo haremos para asegurarnos de que nos está escuchando puesto que, de pequeños, la capacidad para mantener la atención es bastante reducida. De este modo, evitaremos cualquier distracción. Si queremos hablarle de algún tema delicado podemos usar también el contacto físico (tocarle el hombro, por ejemplo) o si, por el contrario, está enfadado y necesitamos que nos escuche para que nuestra norma se haga más efectiva, le podremos levantar la barbilla para mantener el contacto visual.

¡La comunicación verbal y no verbal son igual de importantes!

Las etiquetas

¡Malo! ¡Menudo desobediente! ¡Eres un vago!, ¡Qué torpe eres! ¿Qué os transmiten todos estos adjetivos? Optimismo y esperanza desde luego que no; pero sí negatividad e incluso rechazo. ¡Qué insistencia la nuestra con poner etiquetas!

¿Por qué las utilizamos?

Principalmente se utilizan como recurso a la hora de hacer ver al menor aquello que consideramos erróneo en su actitud o en sus acciones. Pensamos que si se lo remarcamos con frecuencia conseguiremos que se sienta aludido y termine cambiando su conducta. El problema es que haciéndolo de este modo no solo no conseguiremos beneficio alguno sino que comprometeremos su autoestima negativamente. Actuando así, el niño puede llegar a creer que no tiene oportunidad de cambio; que esa etiqueta es parte de él. Por esa razón es importante desviar la atención hacia gestos, conductas y acciones positivas. Así se aumentará la probabilidad de que se repitan y se extingan progresivamente los actos poco adecuados.

Además, las etiquetas no solo perjudican a los menores sino también a nosotros, los adultos. Cuando reiteramos dicha “marca” en el niño estamos enturbiando nuestra espontaneidad a la hora de tratar con él puesto que nuestros pensamientos y nuestras actuaciones se ciñen a ella. Desde el momento en que le catalogamos como “vago” o “lento” (por ejemplo) nuestra atención se centrará exclusivamente en ese adjetivo; lo que se traduce en tener una predisposición diferente a la hora de relacionarnos con él. Nuestra actitud deja de ser objetiva dando paso a una comunicación con tonos irónicos, de desconfianza e, incluso, de decepción. Actuando así lo único que se obtiene es dolor y amargura. Y eso no se lo merece nadie: ni él ni tú.

Por tanto, vemos que etiquetar a los niños provoca no poder valorarles en su totalidad. Siempre que penséis o digáis expresiones como las citadas al principio pensad en este simple ejemplo: Imaginad que habéis pintado de blanco el salón. Al terminar os percatáis de una mancha negra en una de las paredes. A pesar de ser pequeña centraremos la atención en ese punto negro. Hay una alta probabilidad de que cuando enseñemos la sala a familiares o amigos, mencionemos ese defecto provocando que ellos también fijen su atención en ésta. A causa de ello perdemos la oportunidad de disfrutar de lo bien que ha quedado el salón después de haberlo pintado. Eso es precisamente lo que sucede con el niño: terminamos enfocando nuestro interés en aquello que nos preocupa y en lo que no nos gusta ampliándolo al resto de personas que conforman el círculo externo del menor. De nuevo, el entorno del niño le sigue enviando mensajes poco apropiados para su desarrollo y equilibrio interior.

El etiquetado suele surgir de manera espontánea mediante comentarios que pueden ser o no intencionados. Por esa razón, es importante ir con cuidado cuando hablemos de las cualidades entre hermanos ya que se pueden crear tensiones de competitividad innecesarias. Lo correcto es que prevalezca la neutralidad a la hora de referirse a ellos para que nadie se aluda negativamente. (Te invito a leer la entrada “Imitación-comparación-competición”).

NI POSITIVAS NI NEGATIVAS, LAS ETIQUETAS SIEMPRE LIMITAN.

Solemos ir en busca de la semejanza y de la normalización porque la sociedad no deja de imponer la idea de que todo aquello que esté fuera de lo comúnmente conocido es raro e incluso negativo. De ahí surge la auténtica necesidad de etiquetar: para que aparentemente todo se ajuste a los patrones de conducta esperados.

Cuando las palabras no lo dicen todo

Cuando somos bebés no podemos expresar con palabras nuestras necesidades por lo que utilizamos el llanto como vía de comunicación más directa y explosiva. De esa manera, captamos la atención de los que están cerca con el objetivo de hacer desaparecer nuestro malestar. Al principio podrá ser complicado dar con aquello que el lactante pide por lo que se recurrirá al método del descarte en mayor medida (¿Tendrá hambre? ¿Sueño? ¿Estará mojado? ¿Le dolerá algo?), a la par que los sentidos se verán obligados a potenciarse como nunca antes habían hecho. Pero esta situación no se mantendrá mucho en el tiempo ya que, con el paso de éste, se aumentará la habilidad de captar aquello que el bebé necesita a medida que vamos descubriendo sus ritmos internos.

Cuando aprenden a hablar se entra en una nueva etapa. Ya no será necesario estar jugando a las adivinanzas y podremos relajarnos ante la progresiva habilidad que el niño irá adquiriendo para pedir todo aquello que quiera (¡Y cuando digo todo es todo!). Y es que, a medida que crecen, vamos apagando en cierta manera aquel sobreesfuerzo que se hacía en observar al niño en profundidad. La comunicación se vuelve más práctica y, por consiguiente, nosotros también.

Es ahí cuando se llega a la fase de normalización. El niño habla y se expresa con claridad permitiéndole relacionarse con el mundo mucho mejor. La frustración que había sentido tiempo atrás por no saber expresarse, desaparece. Su evolución fluye a gran velocidad. Van ganando en autonomía y los adultos retoman parte de aquella independencia que tenían antes de ser padres. Pero es curioso cómo esa comunicación oral daña a nuestros instintos más primarios. Es como si las palabras dejaran a un lado al lenguaje no verbal cuando en verdad el porcentaje de información que ofrece éste último es notablemente mayor.

Oímos las palabras y nos tomamos la libertad de interpretarlas a nuestro antojo. Las llevamos a nuestro terreno con la única intención de contestar en vez de respetar al otro y empatizar con lo que siente. Respondemos, contraatacamos, decimos, ordenamos, aconsejamos sin esforzarnos en indagar en lo que éstas esconden. 

Y es que saber ver y escuchar es muy importante. Especialmente cuando los niños van creciendo. Tal como nos pasa a los adultos, escogiendo las palabras adecuadas y haciendo un poco de actuación se pueden llegar a tapar grandes cosas. Una rabia o alegría desmesurada pueden estar ocultando una gran tristeza. Por eso, es fundamental poner en práctica la observación de su conducta tanto en casa como fuera de ésta. Ver cómo se relacionan con otros, estar atentos a su lenguaje corporal, saber cómo reaccionan ante determinadas situaciones… Todo ello nos irá dando información relevante acerca del niño. Si escuchamos lo que nos dicen pero no nos paramos en ver más allá de las palabras, estaremos dando pie a que aprendan a hacer lo mismo con los demás y, peor aún, con ellos mismos.

Dediquemos un rato cada día a mirarles a los ojos (éstos dicen más de lo que creemos) y a preguntarles qué tal se encuentran; dialogar en un clima de confianza mientras observamos sus gestos nos ayudará a averiguar si el contenido de sus palabras van en consonancia con lo que sienten. De esa manera, estaremos ayudándoles a estar más equilibrados emocionalmente.

El rincón de la calma

Todos en algún momento sentimos la necesidad de apartarnos de los ruidos y del ritmo ambiental. Nuestro cuerpo nos pide quietud y descanso, lo que nos lleva a querer dedicarnos tiempo para pensar, para desconectar y liberarnos de las obligaciones por un rato. Para ello, solemos retirarnos a lugares que nos dan la oportunidad de estar con nosotros mismos. Los condicionamos hasta tal punto que cuando nos referimos a ellos utilizamos posesivos: “mi rincón; mi sitio favorito”; como si de alguna manera nos pertenecieran. Pero al no poder desplazarnos hasta allí las veces que nos gustaría, lo que hacemos es crear en nuestro propio hogar zonas que nos puedan aportar esa paz que necesitamos con relativa frecuencia.

¿Pero y los niños? ¿Ellos también necesitan ese tiempo para sí mismos? Sí. Poco a poco van dándose cuenta de sus ritmos internos y van conectándose con las necesidades de su organismo. Sabemos que su energía suele ser arrolladora pero cuando el cansancio aflora, cuando algo les estresa o cuando se ponen <<pachuchos>> también buscan ese refugio: estar en brazos de mamá o papá, en el sofá, con su peluche favorito… Son muy variadas las señales que lo indican. Cada uno lo manifestará de distinta manera.

En educación, especialmente en la etapa de infantil, se trabaja mucho con los <<rincones>>. Como su propio nombre indica los rincones funcionan como áreas temáticas ubicadas en algún lugar de la sala para que el niño o los niños puedan jugar/aprender de manera individual o colectiva. Es importante que en él se encuentren utensilios y materiales que se adecúen al tema escogido. Si se establece el rincón de la lectura, pondremos a disposición del niño libros variados y alguna silla o alfombra para que pueda/n disfrutar de la actividad. Si es el rincón del supermercado, colocaremos en él alimentos, alguna cesta, una caja registradora, etc. Decir que no es necesario que los materiales sean auténticos pero sí que, cuanto más cuidemos los detalles, mejor.

Volviendo con el tema que nos acontece, me gustaría hablaros de un rincón en concreto. Un rincón que puede ser utilizado por toda la familia: el rincón de la calma. La idea de éste es construir un espacio para cuando sintamos la necesidad de estar con nosotros mismos. En él dispondremos de aquello que nos transmita tranquilidad por lo que estará bien tener en cuenta las necesidades individuales de todos. Para daros algunas ideas se podrían poner un puf, una alfombra, cojines; nuestros libros favoritos, una pequeña mesa con folios en blanco, pinturas, peluches… Todo lo que nos transmita confort.

También puede utilizarse como vía emocional. Este rincón permite conocernos mejor interiormente y aprender a poner nombre a estados emocionales. Tener paz es una sensación agradable y normalmente la sentimos cuando no tenemos preocupaciones y estamos relajados. Por otra parte se pueden trabajar, también, la ira y la tristeza; si ha habido algún pequeño conflicto en casa, el niño (y/o el adulto) puede ir allí para calmarse y reflexionar sobre sus sentimientos. Además, puede ser un espacio que dé pie al diálogo. Los ambientes que nos transmiten seguridad nos ayudan a abrirnos con los demás y tener, así, la oportunidad de expresar nuestros pensamientos de una manera sosegada.

Es importante puntualizar que este rincón no puede condicionarse negativamente ya que recurriremos a él de forma voluntaria. En ningún caso ha que ser utilizado como una vía para el castigo o para la reflexión impuesta.

Por otra parte, quizás estéis pensando en si el teléfono móvil o la tableta pueden utilizarse. Eso lo dejo a elección vuestra, familias. Cada uno es responsable del uso que hace de las nuevas tecnologías. Si las utilizamos con frecuencia a lo largo del día, el rincón podría ayudarnos a desintoxicarnos por un rato. Sin embargo, si durante el día no hemos tenido tiempo de mirar las noticias o las redes sociales, se puede aprovechar ese momento de tranquilidad para ponerse al día. Eso sí, si queréis que vuestros hijos no los usen en el rincón, lo más conveniente sería que vosotros tampoco los usarais. No hace falta decir lo importante que es vuestro modelo para ellos. Recordad: en el rincón únicamente tiene cabida todo aquello que nos proporcione tranquilidad.

Sea como fuere, no olvidéis entrar en patriciarivas.es de vez en cuando. ¡Todo sea por la educación, familias…!  ; )

«Tienes que» «Debes de»

No es fácil ponerse delante de un papel en blanco a escribir. Con escribir me refiero a expresar ideas con sentido. En mi caso es bastante complejo pues no tengo la facilidad de palabra que me gustaría. Antes de empezar, necesito tener unos planteamientos a modo de guión del tema a tratar. También he de preocuparme en cómo estructurarlo para que la información tenga coherencia y plasmarlo de la mejor manera posible. Pero, sinceramente, más que las ideas o el mensaje del escrito lo más complicado (al menos para mí) es elegir las palabras adecuadas. Las cosas se pueden decir de muchas maneras pero, en función de cómo lo expresemos, obtendremos variedad de respuestas. Sé que si pongo exclamaciones en una frase se leerá con énfasis y que si pongo puntos suspensivos puedo crear incertidumbre o reflexión.

Si eso lo trasladamos al lenguaje oral ocurre exactamente lo mismo. No es lo mismo dirigirnos a alguien si le gritamos que si mantenemos las formas; al igual que no lo es utilizar imperativos que esforzarnos en buscar sutilezas. El ser humano es muy complicado pero al mismo tiempo quiere convivir con la ley del mínimo esfuerzo lo que hace que no quiera perder el tiempo ni energía en escoger aquellas palabras/formas verbales que puedan amoldarse mejor a la persona que se tiene delante. Como siempre digo, de nosotros depende hacer que las cosas cambien.

Por esa razón, me gustaría hablaros de dos expresiones que utilizamos con frecuencia con adultos pero, especialmente, con niños. Éstas provocan reacciones muy fuertes, generalmente de rechazo: “Tienes que” “Debes de”. Ambas son imposiciones que no nos hacen ningún bien porque pueden enquistarse en la mente y llegar a provocar auto-exigencias poco saludables. Estoy segura de que todos reaccionamos a la defensiva cuando las escuchamos.

Ejemplos en adultos: “Debes hacer deporte porque es un hábito saludable”. “Tienes que trabajar menos y salir más (o al revés, según el caso)”.
Ejemplos en niños: “Tienes que comer pescado”. “Debes estudiar y aprobar”. “Tienes que portarte bien”.

Si os fijáis, al pronunciarlas solemos hacer hincapié en los verbos para conseguir que el receptor ejecute la orden. Pero, curiosamente, se suele obtener una reacción contraria a la esperada: la de rebeldía. Y esto se da porque se cruza la fina línea del respeto y la libertad de uno mismo. Aún sabiendo que el otro esté en lo correcto no tiene el derecho de obligar al otro a llevarlo a cabo si no quiere.

Al igual que he comentado en un principio es importante empatizar y reflexionar sobre nuestras palabras, las formas y en cómo puede afectarle a la persona con la que estemos hablando (ya sea adulto o niño). En vez de seguir utilizándolas como hasta ahora vamos a aprender a formularlas de otra manera para obtener una reacción mucho más suave y receptiva. Probad a transformarlas en sugerencias: “Estaría bien que…/ Qué te parece si…/ Y si…/ Porqué no pruebas a…/ Me gustaría que…” etc. De esta manera, aunque la intención sea la misma, estamos valorando y respetando a la otra persona. Le estamos proporcionando la oportunidad de que reflexione, escoja sus propias decisiones y, por consiguiente, asuma sus consecuencias. Además, oxigenamos la situación y damos pie a una comunicación tranquila.

Ya veis que de nuevo hago hincapié no solo en la educación de los niños sino también en la nuestra ya que de esa manera podremos obtener mejores resultados en nuestras relaciones tanto con los más pequeños como con otros adultos. No está de más esforzarnos en cuidar nuestras palabras porque si lo hiciéramos cambiarían tantas cosas…

¡Recordad que estamos haciendo el cambio educativo de nuestras vidas! (¿A qué lo habéis leído con énfasis?)

¡Cuando nos hacen correr tras ellos…!

  • Deja eso. Te he dicho que dejes eso. Ponlo en su sitio. ¿Qué te he dicho? Haz el favor de ponerlo allí.
  • Ahora no es hora de jugar; siéntate a la mesa. No te levantes; ¡Vuelve aquí!
  • Estate quieto. No molestes. He dicho que no molestes. ¿Por qué no me haces caso?

¿Os suenan estas situaciones? Peques que están constantemente moviéndose y desafiando las normas que les intentamos poner. Fijaros que he escrito la palabra ‘intentar’. Si buscamos la definición se describe como: “el esfuerzo y los pasos necesarios para realizar algo o lograr cierto objetivo o fin, sin tener la certeza absoluta de conseguirlo”. Esto último es clave. Puede que esté presente la intención pero eso no significa que se consiga lo esperado.

Si tomamos de nuevo como referencias los ejemplos de antes vemos que algo no está funcionando. No se puede estar constantemente detrás del niño diciéndole “no” a todo lo que hace mientras que él sigue yendo a lo suyo. Así lo único que conseguimos es cansarnos y que no nos tomen en serio. Llegados a este punto hay que hacer algo. No tiene sentido continuar en una dinámica que no funciona. ¿Qué os hará pensar que cuando le hayamos dicho 500.857 veces “no hagas, no digas, no vayas” el niño cambie de opinión? ¿Acaso hay una cifra mágica que hace que las cosas cambien? ¡No familias! ¡El truco está en hacer las cosas de una manera distinta!

Regla número 1:
Obsérvate desde fuera cuando estés diciéndole la advertencia y fíjate cuál es tu lenguaje corporal. ¿Sueles estar de pie e inclinado/a hacia delante? ¿Se lo dices mientras estás con el móvil o viendo la televisión? ¿Qué gestos sueles hacer? Recuerda que la postura más indicada es la de firmeza y neutralidad al mismo tiempo. No hace falta enfadarnos, poner caras malhumoradas y ojos saliéndose de las órbitas para hacernos respetar. Mantener el cuerpo recto pero sin tensarlo es la mejor opción y si lo reforzamos con una cara inexpresiva pero teniendo contacto con la mirada, muchísimo mejor. Aconsejo hablarles a su altura para que haya un sentimiento de equilibrio entre ambos.

Regla número 2:
Cuando le dices lo que tiene o no tiene que hacer, ¿qué tono utilizas? Es demasiado sutil, desganado, fuerte, rabioso… Vuélvete a mirar. Tienes que creerte lo que le estás diciendo. Si tú fueras tu hijo/a, ¿qué efecto crees que sentirías si te dijeran lo mismo? Esto es lo más importante. La firmeza en lo que decimos es esencial para transmitirle al otro el mensaje. ¡Sabes que puedes hacerlo mejor! Intenta formular las frases de forma afirmativa y evita mensajes que remarquen lo que no tienen que hacer.

Regla número 3:
Todo lo que dices se tiene que llevar a cabo. No puedes decir A y luego decir B o hacer C. Saben que es nuestro punto débil y si fallamos en esto… ¡Las probabilidades de éxito caen en picado! Piensa bien antes de actuar y una vez que lo tengas claro ponte manos a la obra. Da igual que no le guste, da igual si se resiste, da igual si llora como si se acabara el mundo. Si hay que recoger los juguetes no se hará nada más hasta que no lo haga. Y aunque se tarde una hora, hay que cumplirlo. Se puede ayudarle y motivarle a hacerlo pero eso no quiere decir que lo terminemos haciendo nosotros. No. Eso es totalmente inviable porque entonces lo que habíamos conseguido hasta ahora no servirá para nada.

Regla número 4:
Importante reforzar la actitud positiva del niño. Es esencial recordarles que nos gusta que tengan la habitación de los juguetes recogida o lo contentos que estamos cuando comemos juntos porque así se puede pasar un rato agradable. ¡Ah! Y no os olvidéis demostrar cariño con besos y caricias. Sin darnos cuenta, a veces reforzamos las actitudes negativas y olvidamos hacerlo con las cosas que hacen bien. Tanto es así que llegamos a aprender a comunicarnos con ellos de esa manera: corriendo, nerviosos, enfadados… Y es que, detrás de esas conductas, pueden esconderse algunas carencias. Actuar de una manera poco correcta les asegura que les vamos a prestar atención prácticamente en un 100%. Por ello, es importante pensar en si cubrimos las necesidades que, en cierta manera, nos están reclamando.

Resumiendo:

Cambiar la dinámica si lo hecho hasta ahora no ha sido efectivo! ¿Cómo?

  1. Lenguaje corporal: Estable, neutral, mirando a los ojos y poniéndonos a su altura.
  2. Tono a la hora de decir las cosas: creíble, firme y con SEGURIDAD.
  3. Actuamos en consecuencia con nuestras palabras.
  4. Reforzamos lo positivo en vez de lo negativo.

Os animo a que echéis un ojo a la receta educativa para conseguir una estabilidad conductual y emocional sana. Ahí están los ingredientes claves para no caer en el desánimo.
¡La constancia y seguridad  son imprescindibles!

La importancia de predicar con el ejemplo

predicar con el ejemplo2A veces se nos olvida que los niños observan y observan muy de cerca. Y no lo hacen con una doble intención sino, más bien, por puro aprendizaje. Para ellos, los adultos son muy importantes; les ponen normas, les ayudan a resolver problemas, les cuidan… Son su referencia. Esa admiración, les genera un sentimiento de ‘querer ser cómo’; y es ahí donde, nuestro papel, debe entrar en acción.

Como ya he dicho en anteriores ocasiones, el juego es un recurso muy importante para aprender; especialmente, el juego simbólico. Gracias a ese tipo de entretenimiento, los niños ponen orden sobre lo que ven en su día a día. Es una manera de entender y procesar cómo funciona el mundo.

Y… ¿Por qué os cuento esto? Veréis. Va encaminado a explicaros la importancia que tiene todo lo que hagamos cuando estemos con nuestro/s hijo/alumno/s. Tenemos que dar ejemplo, ya que, según cómo respondamos ante determinadas situaciones, ante las normas cotidianas, ante los problemas, los niños imitarán nuestra conducta. Aunque pensemos que son muy pequeños para entender según qué o, incluso, si les vemos distraídos y creemos que no están prestando atención, es importante ser un modelo de ‘calidad’. Claro que tienen su propia personalidad y que, a medida que crezcan, serán ellos quienes decidan actuar de una manera u otra pero, la familia directa, siempre deja huella. Ya sabéis el dicho… «De tal palo, tal astilla».

Entonces… Si queréis que vuestro hijo disfrute con la lectura, acompañadle y leed vosotros también; que vea que ha de ser un hábito en su día a día. Si os interesa inculcarle la importancia de hacer un poquito de actividad física, igual. ¡Incluso con el aprender a comer verduras! (aunque ya sé que, con eso, es algo más complicado…). 

Como veis, nuestro ejemplo y, por consiguiente, el de la sociedad, es una herramienta muy poderosa que, si la sabemos aplicar correctamente, estaremos inculcando valores altamente positivos. No debemos olvidar que estamos creando y educando a las futuras generaciones. Y para que sea de calidad, tenemos que esforzarnos en hacerlo lo mejor posible.

Hay que ser constantes y pacientes para ver los resultados. Es como cuando nos apuntamos al gimnasio y queremos vernos espectaculares al salir por la puerta de la primera clase. Sabemos que eso solo está en nuestros sueños (¡Lástima…!) y que, para conseguirlos, necesitamos aguantar durante un periodo de tiempo. Pensaréis: ‘¡UF!’ Sí… No es una camino de rosas, es cierto; pero y cuando vemos que nuestro cuerpo empieza a cambiar, que lo estamos consiguiendo… ¿No os sentís orgullosos?… ¡Con esto sucede igual!

Haced una prueba…

Poneros a observar a vuestros propios hijos, alumnos, sobrinos… a quienes queráis. Y veréis cómo, en sus juegos, en sus contestaciones, se refleja la actitud de sus padres, profesores… ¡Es muy divertido a la par que sorprendente! Es una buena oportunidad para reflexionar sobre nosotros; sobre si estamos satisfechos de cómo actuamos o nos mostramos frente a los demás (y, en especial, a nuestro hijo, claro). En ocasiones, pensamos que lo estamos haciendo bien pero, hasta que no nos vemos desde fuera o alguien nos sugiere que nos estamos equivocando, no nos percatamos del error. Incluso, puede resultarnos difícil reconocerlo (tranquilos, somos humanos).

Ejemplo…

La verdad es que es curioso cómo, los peques, llegan a imitar conductas. Si un niño, de repente, empieza a decir alguna que otra palabra malsonante, se debe a que lo ha escuchado en alguna ocasión ya sea en la calle, a alguna persona cercana, en la televisión, etc. Si nos percatamos de que lo ha incorporado a su vocabulario por ‘nosotros’, intentaremos controlarnos. Si, por ejemplo, lo han escuchado por televisión revisaremos qué programas son los que suele ver. Estaría bien tomarnos más en serio aquellas películas o series que no estén recomendadas para la edad de nuestro hijo; ¡Incluso los dibujos! De igual modo, os digo que es imposible evitar al 100% que no escuche o vea según qué; nos volveríamos locos y no sería sano estar pendiente a cada minuto de lo que pasa a su alrededor pero sí que, mientras podamos, procuraremos estar más atentos a estos detalles.

Recomendación…

Si alguna vez le estáis gritando a vuestro hijo: “¡Para de chillar!” Pensad que para él es una gran contradicción… No podemos obligar a que se comporten como queramos si nosotros somos los primeros en no hacerlo. Recordadlo; si les damos órdenes, nosotros también tenemos que cumplirlas; no vale hacer trampas… ¡Que os veo!

Normas y límites

¡QUÉ LISTOS SON LOS PEQUES!

                                                                                                                       

Siempre nos están poniendo a prueba; buscando hasta qué límites son capaces de llegar papá, mamá o, incluso, el profe. Lo malo es cuando nosotros les seguimos el juego y terminamos perdiendo los papeles. Cuando esto sucede… Nos habremos metido en un bucle de reproches y enfados que no parecen tener fin.

Aunque no lo parezca, a su manera, los niños piden que les pongamos normas y límites ya que eso les da seguridad y confianza. Como hemos comentado en otros apartados, es importante marcar el camino que ‘deben’ seguir, especialmente, durante los primeros años de vida; es imprescindible decirles qué pueden y qué no pueden hacer. Sé que a veces puede resultar un poco complicado saber si nos estamos excediendo al ponérselas, sobre todo, si somos padres o maestros primerizos, pero tranquilos, es algo normal.

A la hora de establecer las normas, no hay que ser ni demasiado liberales ni tampoco demasiado estrictos. Si nunca ponemos limitaciones y dejamos al niño que haga lo que quiera, terminaría siendo un caos; ya no solo por aquellas cosas que pudiera hacer en casa sino por los problemas que puede llegar a tener socialmente. Debe entender que la vida está llena de normas: para ir al supermercado tienes que esperar tu turno en la caja, no puedes llegar y saltarte a todas las personas que estén esperando; a la hora de cruzar, tienes que esperar a que el semáforo se ponga en verde; incluso para hablar tenemos que respetar la norma de, primero escuchar al otro para, luego, poder intervenir. El mundo está lleno de límites porque, al fin y al cabo, los seres humanos necesitamos rutinas y normas; nos dan estabilidad.

Por otro lado, tampoco podemos ser inflexibles. Los niños necesitan explorar, observar, investigar… en definitiva, aprender. Por eso, también es bueno dejar que ellos mismos experimenten las consecuencias de sus actos. Incluso de adultos necesitamos tropezar un par de veces con la misma piedra. Además, ser demasiado estrictos y disciplinados tiene consecuencias severas para el niño; consecuencias que pueden marcar su personalidad y perjudicarle cuando llegue a la vida adulta. (Os aconsejo que echéis un ojo a ‘¿Ser flexibles? ¿Hasta qué punto?‘)

Lo que debemos hacer es encontrar el equilibrio entre ambos extremos. Con el paso del tiempo y, a medida que el pequeño crezca, sabremos en qué debemos cambiar. Es curioso porque, al igual que nosotros tenemos que iluminarles el camino a seguir, cuando nosotros somos los que nos sentimos perdidos, ellos terminan iluminando el nuestro. Por esta razón, la educación es un aprendizaje contínuo donde ¡todos aprendemos de todos!.

Por otro lado, a la hora de poner límites, necesitamos tener seguridad en nosotros mismos. ¡Ojo! esto no significa que nos convirtamos en un ogro. Me refiero a tener confianza en lo que hacemos. Si decidimos castigar a nuestro hijo sin bajar al parque y lo decimos mientras pensamos (¿lo estaré haciendo bien?), seguramente, terminemos quitándole el castigo y lo dejemos para otro momento. Esto no es conveniente hacerlo porque nos quitamos autoridad. Por eso, es importante pensar previamente en cómo queremos actuar con ellos a la hora de ponerles una sanción; una vez lo tengamos claro y decidamos cómo lo haremos, entraremos en acción. Habrá veces que sentiréis culpabilidad, remordimientos, confusión… Pero eso es lógico; pensad que todo ese proceso conduce a una misma finalidad: encontrar el equilibrio; un equilibrio que no es solo para tener paz en casa, si no para hacer que nuestro hijo/alumno crezca de una manera sana. Todo el esfuerzo que invertimos en ellos es para que, de cara al futuro, tengan las herramientas necesarias para enfrentarse al mundo.

Eso sí, la clave del éxito se centra en la constancia, en la paciencia, en el amor y en el cariño. No lo olvidéis.