La comunicación

Como ya sabéis, la Comunicacióncomunicación implica un intercambio de información entre dos o más personas. Para que éstas puedan entenderse entre sí, es importante que la información sea breve, clara y concisa; de esa manera, conseguiremos evitar cualquier tipo de confusión e, incluso, enfado. Por eso, el diálogo, el tono y las formas que utilicemos a la hora de interaccionar con el niño serán determinantes para obtener resultados más o menos positivos. Veamos, pues, qué podemos hacer para mejorar la comunicación en casa.

¡Coged lápiz y papel!

  • La comprensión

    Los niños, especialmente en los años iniciales, necesitan que se les expliquen muy bien las cosas porque, aunque a nosotros nos parezcan obvias, quizás a ellos no.

    Por ejemplo: Imaginemos que nuestra hija empieza a sacar papeles de los cajones sin parar y que, encima, se lo está pasando pipa porque vemos que no para de reír. Normalmente, nuestra reacción es ir corriendo hacia ella y decirla: “¡Marina! ¡Eso no se hace! ¡Estoy muy enfadada contigo!”; apartamos a la niña de los cajones y empezamos a recoger todo malhumoradamente. Por nuestra parte, creemos que hemos actuado bien. Damos por hecho que, Marina, sabe perfectamente que eso no se hace; incluso, podemos pensar que lo ha hecho a propósito. Pero, ¿y si cree que no pasa nada por sacar las cosas de los cajones porque está experimentando con el movimiento que las hojas hacen al caer? Los peques sienten curiosidad por todo y, a pesar de que a nosotros nos parezca una barbaridad tirar todo al suelo, para ellos es un aprendizaje. Además, ¿alguien le ha explicado qué es lo que ha hecho mal? Porque, ella, lo que ve es a mamá/papá muy enfadada/o, nerviosa/o porque no para de alzar la voz. En definitiva, Marina no sabe qué es lo que está pasando.

  • Dar motivos y razones

    A veces se nos olvida que los niños no tienen la misma capacidad de compresión que los adultos, por eso, nuestros mensajes deben ser cortos y adaptados a sus capacidades. Si les saturamos de información, pueden no comprender qué es lo que deben hacer. A más edad y mayor comprensión aumentaremos la cantidad de información; cuanto más pequeños, mensajes breves y específicos.

    Es mejor decir: ‘Carlos, primero ponte el pijama’; una vez que lo haya hecho, le diremos: ‘¡Muy bien! Ahora lleva la ropita sucia a su sitio, por favor.’ (etc) que no: ‘Carlos, ponte el pijama, recoge toda la ropa del baño y llévala a su sitio’.

  • Normas

    Debemos vigilar cómo formulamos las normas. Sólo por el simple hecho de decirlas de una manera u otra influiremos en la actitud del niño/a; en su manera de actuar. Por esa razón, y para que los peques se desarrollen positivamente, necesitan saber las consecuencias que tendrán sus actos.

    Por ejemplo: ‘Es importante no dejar cosas por el suelo porque, de lo contrario, alguien puede pisarlo y caerse. ¿A que cuando nos caemos nos hacemos daño y no nos gusta? Entonces, para que no pase nada, será mejor dejarlo todo en su sitio’.

  • Lenguaje positivo

    Es importante cambiar nuestro lenguaje y enfocarlo de una manera positiva; esto les ayudará a acatar mucho mejor las normas ya que, al no aparecer la negación, no se les induce qué es lo que no deben hacer sino lo que deben hacer. No debemos eliminar drásticamente la palabra ‘no’ de nuestro vocabulario porque los niños tienen que aprender que no siempre podrán conseguir todo cuanto quieran (ya sabéis, la frustración, en su justa medida, es esencial); es, más bien, un mensaje para que sepan qué es lo que esperamos de ellos.

    Fijaros en la diferencia:

    a) ‘Si no recoges los juguetes, tendremos que dejar el parque para otro día…’.

    b) ‘¿Qué tal si recoges los juguetes y bajamos al parque?’.

  • El tono

    El tono que utilizaremos con nuestros hijos/alumnos será suave pero firme al mismo tiempo. ¿Qué quiere decir? Un tono que muestre seguridad pero sin ser agresivo. No hace falta gritar para que nos hagan caso; eso solo crea más tensión, miedo e inseguridad en el niño; además de provocar daños en la relación familiar. Por tanto, si se le debe decir una o dos veces que recoja los juguetes, lo diremos con tranquilidad pero con confianza; el peque necesita captar que no hay otra opción posible. Siempre lo haremos desde el amor y el cariño porque son la clave de una educación sana.

  • El contacto visual

    Cuando queramos comunicar algo a nuestro/a hijo/a intentaremos hacer que nos mire poniéndonos a su altura (nos agacharemos) ya que eso hará que no se sienta inferior; se sentirá tratado de igual a igual. Esto lo haremos para asegurarnos de que nos está escuchando puesto que, de pequeños, la capacidad para mantener la atención es bastante reducida. De este modo, evitaremos cualquier distracción. Si queremos hablarle de algún tema delicado podemos usar también el contacto físico (tocarle el hombro, por ejemplo) o si, por el contrario, está enfadado y necesitamos que nos escuche para que nuestra norma se haga más efectiva, le podremos levantar la barbilla para mantener el contacto visual.

¡La comunicación verbal y no verbal son igual de importantes!

Sentimiento y emoción

Sentimiento y emoción...

Dos conceptos qué están estrechamente relacionados pero que son distintos al mismo tiempo. ¿O no? Un momento… ¿No significan lo mismo? ¿Qué diferencia puede haber? ¿Las emociones y los sentimientos no son sinónimos? Uy uy uy… Creo que estamos algo confusos con este tema. A ver si ahora nos va a tocar hacer un curso de psicología exprés… ¡Nada de eso! Vamos a definir cada uno de ellos de una manera sencilla y práctica y veréis qué rápido salimos de dudas.

Término de emoción:

La emoción es una alteración del ánimo que dura un tiempo limitado siendo, al mismo tiempo, bastante intensa. Nos ayuda a adaptarnos a lo que pasa a nuestro alrededor. Incluso a los pocos meses de vida adquirimos las emociones básicas como el miedo, el enfado o la alegría.
Si damos un pequeño susto al bebé éste reaccionará con miedo. Veremos cómo su cara cambia por completo y cómo su expresión corporal se volverá tensa. Le durará unos segundos pero lo sentirá intensamente. Las emociones, pues, nos ayudan a expresar necesidades. En este caso, el miedo, indirectamente ‘pide’ protección ante el estímulo que desencadena en el niño esa reacción.

Término de sentimiento:

Los sentimientos son el resultado de las emociones. Es decir, es lo que sentimos cuando algo nos impresiona fuertemente; cuando somos conscientes de ello. Por ejemplo, cuando nos enamoramos, cuando estamos felices, cuando sentimos ansiedad… Éstos, los sentimientos, son más duraderos que las emociones ya que éstas últimas son mucho más intensas y explosivas.

Como hemos visto, aunque ambos términos estén muy ligados, cada uno tiene su propia definición, su propia causa; de ahí que sean tan fáciles de confundir. Pero ahora ya no hay dudas, ¿verdad? Para asegurarme de ello esta imagen será clave para que toda la información que acabáis de leer quede todavía aún más clara. Ya sabéis que una imagen vale más que mil palabras  ; )

La empatía y el sentido común

A todos nos gusta sentirnos comprendidos. Nos equilibra interiormente. Cuando nos dejamos llevar hacia los extremos es porque, en realidad, nos sentimos perdidos. Y si muchas veces de adultos tenemos esa sensación, imaginaros los niños. Por eso necesitan pautas y límites. Les da tranquilidad y les encauza hacia un punto concreto y no hacia múltiples direcciones.

Para educar bien no importa haber leído montones de libros, haber investigado sobre diferentes métodos y teorías o buscado pautas de grandes educadores.  Si no empezamos por la base de las relaciones humanas como es, por ejemplo, la empatía, lo demás no nos será de gran utilidad. Recurrir al sentido común es uno de los cimientos imprescindibles para educar al niño.

Si nosotros somos capaces de comprender cómo se siente, el porqué y qué es lo que necesita para sentirse mejor, seguramente cambiemos nuestra forma de dirigirnos a ellos. Por tanto, ahí tenemos otros dos cimientos más: la comprensión y el diálogo.

No hay que olvidar que los niños son personas. Aunque no sean adultos, no está bien tomarse sus emociones a la ligera. Son igual, o más importantes; especialmente aquellas que desencadenan en frustraciones y enfados. Necesitan que les ayudemos a conocerlas y a regularlas. Para ello, primero tendremos que estar en ‘orden’ con nosotros mismos (emocionalmente hablando) y recurrir al cariño y a la paciencia.

Entonces, ¿qué hacer?:

  • Conozcamos primero la situación detonante que ha provocado la emoción del niño.
  • Pongámonos en su lugar y pensemos en lo que necesitaríamos para sentirnos mejor.
  • Si lo sabemos, ayudemos al niño a ofrecerle aquello que puede ayudarle.
  • El diálogo y la mirada son fundamentales para contactar con él. Arrodillarnos y ponernos a su altura hace que sientan una conexión de igual a igual. Nadie es más que nadie.
  • Si vemos que con nuestra intervención se pone peor, le dejaremos su espacio. Podemos decirle en buen tono que, cuando esté calmado, puede contarnos lo qué ha pasado.
  • Si esto no ocurre, cuando ya se encuentre tranquilo y sintamos que nos podemos acercar, lo haremos. Si a pesar de ello no quiere contarlo, lo respetaremos. Tienen derecho a no hacerlo.

Apoyémonos en el sentido común. Si sabemos que cuando estamos enfadados no nos ayuda que otros nos griten, a ellos les sucederá igual. Si nos sentimos incomprendidos y otra persona viene a generarnos más confusión, terminaremos por sentirnos aún peor. Posicionarnos en otros, pues, nos da pistas para saber cómo podemos intentar mediar para no crear más tensiones innecesarias.

Recuerda:

¡No os olvidéis que nuestro ejemplo es mejor que todos los manuales educativos juntos!

Desavenencias a la hora de educar

Niño: ¿Puedo comer ahora un helado? -Progenitor 1: Está bien pero uno pequeño; recuerda que en un rato cenaremos. -Progenitor 2: ¡No, no, no! ¿A estas horas? Si se lo come, ya sabes lo que pasará; no querrá probar bocado. -Niño: Pero yo quiero un helado! -Progenitor 1: Venga, sí, ¡solo por esta vez…! -Progenitor 2: ¡Que he dicho que no! Si acaso después de cenar. -Niño (enfadado): ¡¡QUIERO EL HELADOOOO!!

Las desavenencias entre los adultos a la hora de tomar decisiones con respecto a los límites y rutinas de los niños son bastante comunes. En verdad, es lógico que suceda. No siempre se puede/debe estar siempre de acuerdo con el otro. Pero como en cualquier relación social sana, lo importante es intentar lidiar con dichas diferencias y encauzarlas hacia un punto común; lograr un acuerdo.

Y es que, es importante saber, que el niño ve a los padres como un “todo”. Se imagina a la familia caminar hacia una misma dirección y a un determinado ritmo; pero cuando surgen las contradicciones… ese camino se ve dividido en dos. Cada uno quiere ir hacia un lado e intenta convencer al otro mediante argumentos de peso al mismo tiempo que el niño se convierte en un (delicado) espectador.

¿Qué consecuencias se obtiene de ello? Si estos desacuerdos se mantienen a largo plazo se irá rompiendo el concepto inicial que el niño tenía de sus padres y, por consiguiente, entenderá la posición de éstos de diferente manera. Aprenderá a sacar partido de la situación y “jugará” con ambos en función de sus intenciones/necesidades/caprichos. Además, verá vulnerabilidad en aquellas normas que, en teoría, no deberían ser inestables.

Por esa razón, es necesario seguir una misma sintonía. En alguna ocasión podremos equivocarnos ¡es natural! Lo importante es aprender de los errores (echa un ojo a esta entrada “El error positivo”).

¡Tened esta tabla presente para evitar discrepancias!

1) Si no se está de acuerdo con la decisión tomada, ambos lo comunicaréis en otro momento y en privado. NO delante del niño.
2) Cuando uno de los dos “tenga la razón” no serán válidos los reproches. El apoyo entre ambos es esencial para evitar dañar la autoestima y el respeto mutuo.
3) El diálogo siempre predominará a la hora de pautar o acordar la forma de educar y de actuar.
4) La prevención, el mejor aliado. Antes de poner nuevos límites consensuad mutuamente cómo lo llevaréis a cabo y qué consecuencias habrá si no se cumplen.
5) Tener posturas diferentes no quiere decir que uno de los dos esté equivocado. Hay diversidad de opciones y propuestas válidas. Escuchar los diferentes puntos de vista siempre es una señal de respeto, madurez y sensatez.

6) Hacer con cierta frecuencia autoreflexiones tanto a nivel individual como en pareja sobre cómo se está educando al niño.
7) Las desavenencias no son sinónimo de competitividad. Aquí no hay rivalidad ni orgullo.
8) La igualdad siempre ha de estar presente. Es el punto de partida hacia una educación de calidad.

Recuerda:

Estemos atentos a los mensajes que enviamos a los niños. Los adultos somos su principal modelo. Todo lo que hagamos repercutirá en su forma de crecer y de evolucionar.

La educación de hoy… apaga

La educación de hoy… apaga. Apaga la curiosidad de los niños. Apaga sus ilusiones, sus expectativas, sus capacidades. Ya desde infantil, sus alas se empiezan a verse comprometidas por tener que estar sentados largos ratos haciendo fichas, pegando pegatinas en hojas sin saber porqué y haciendo manualidades (elaboradas, más bien, por el mismo maestro) para dejar a los padres maravillados con las obras de arte de sus pequeños. Son palabras difíciles de leer pero no son pocos los centros educativos infantiles que optan por esta dinámica. Ya veis, parece que las cosas empiezan a hacerse “mal” desde los primeros años de vida; los más valiosos para el ser humano.

Nos empeñamos en ir en contra de nuestra propia naturaleza. Los niños nacen con el instinto de averiguar, descubrir, maravillarse… Y en vez de potenciar todas esas capacidades innatas preferimos dirigirles hacia otro camino; un camino lleno de censuras, exigencias y generalizaciones sin sentido. Nos creemos libres pero en realidad no lo somos. Ni nosotros ni las nuevas generaciones. Por eso, es necesario que se produzca un cambio radical educativo y reconducir el trayecto hacia un crecimiento personal e intelectual. Una educación que potencie las habilidades que poseemos (muchas de ellas ocultas al no haber tenido oportunidades para descubrirlas).


La educación es el encendido de una llama, no el llenado de un recipiente. Sócrates

Y es que toda etapa tiene sus momentos y no las respetamos. La progresión es parte de nosotros al igual que lo es nuestro crecimiento; nunca dejamos de aprender. El error está en la idea que tenemos acerca del término de educación. Éste no solo abarca el colegio, las notas, los libros y el estudio sino, también, los valores morales y éticos existentes dentro y fuera del entorno escolar. La familia educa. La sociedad educa. Todo lo que nos rodea, lo que vemos, lo que oímos, sentimos y vivimos nos va perfilando. Y, aún sabiéndolo, nos limitamos a las imposiciones del “sistema”. Cuando llegamos a la edad adulta tenemos la idea establecida de tener que trabajar para vivir cuando es al revés. Por eso, desde bien pequeños quieren que continuemos con lo establecido; para que nos quede claro que la resignación es la mejor manera para sobrevivir.

Estamos en un momento de transición. Aprovechemos el momento. Trabajemos para conseguir una educación basada en QUERER (Y SENTIR) ayudar a los demás; en ACEPTAR las diferencias para hacer desaparecer el poder sobre otros; en potenciar el trabajo en EQUIPO; en priorizar la EMPATÍA y la BONDAD. En definitiva, una educación que encienda e impulse la llama del verdadero sentido del ser humano: hacer el bien y dejar una hermosa huella durante nuestra fugaz existencia en la tierra.


Te invito a que veas este pequeño vídeo de Charles Chaplin en la película “El gran dictador”.

¿Quién se debe adaptar a quién: el niño al adulto o el adulto al niño?

A la hora de educar, tenemos una serie de expectativas que pocas veces se cumplen. Por una parte, queremos que el niño nos obedezca en casi todo (que esté quieto, que coma verduras, que recoja los juguetes, etc.), sin reproches y de forma automática. Pero, a la vez, nos gusta que sea independiente y haga cosas propias de su edad. Nuestros deseos parecen contradictorios: ¿dónde está el término medio?

En realidad, niños y adultos somos dos caras de una misma moneda. Por un lado, es natural que los menores a veces muestren cierta rebeldía contra las figuras adultas. Necesitan explorar, sentirse libres, seguir sus impulsos y hacer lo que sienten en cada momento. Pero, a medida que el entorno les va imponiendo límites, surgen en ellos sentimientos de frustración e incomprensión. Esto no dista mucho de lo que sucede con los adultos. También se viven momentos de rabia o desesperación al toparnos con la realidad y ver que, educar, conlleva más esfuerzo del que nos habíamos imaginado. Por tanto, niños y adultos no estamos tan alejados en ese sentido.

Es interesante que nos hagamos esta pregunta, pues en función de su respuesta, la educación de nuestro hijo (y, por tanto, nuestro papel en ella) estará dirigida a un camino u otro

Lo importante es plantearse en qué nos basamos a la hora de educar. ¿Anteponemos nuestros sentimientos a los del niño? Es decir, ¿actuamos en función de lo que él necesita o de lo que necesitamos nosotros? “Depende de la situación”, pensaréis muchos. La clave está en que ambas partes, niño y adulto, sepan adaptarse mutuamente. Se trata de buscar el equilibrio, lo que supone, necesariamente, la existencia de vaivenes hasta encontrar el punto de estabilidad preciso.

Dicho equilibrio lo encontraremos en el respeto, que abarca, entre otras cosas, la dignidad, la tolerancia, la comprensión, la atención y la consideración. Por obvio que parezca, no podemos olvidar que el niño es una persona, y como tal, tiene derechos. Que sus capacidades cognitivas, físicas e intelectuales sean inferiores a las de un adulto, no significa que éste deba ejercer un poder absoluto sobre el menor, ignorando su manera de pensar, sentir o hacer.

Por eso aconsejo que reflexionemos sobre nuestra impulsividad a la hora de educar. Es importante valorar cada situación, decidir si estamos actuando de manera coherente y si podemos alcanzar acuerdos con el niño para que ambos salgamos beneficiados. En lugar de dar órdenes injustificadas, es preferible intentar el diálogo. Nuestra forma de actuar condicionará la suya y le servirá de ejemplo para tratar con los demás.


Enseñemos a los niños y jóvenes el respeto pero, antes, empecemos por los adultos.

Las etiquetas

¡Malo! ¡Menudo desobediente! ¡Eres un vago!, ¡Qué torpe eres! ¿Qué os transmiten todos estos adjetivos? Optimismo y esperanza desde luego que no; pero sí negatividad e incluso rechazo. ¡Qué insistencia la nuestra con poner etiquetas!

¿Por qué las utilizamos?

Principalmente se utilizan como recurso a la hora de hacer ver al menor aquello que consideramos erróneo en su actitud o en sus acciones. Pensamos que si se lo remarcamos con frecuencia conseguiremos que se sienta aludido y termine cambiando su conducta. El problema es que haciéndolo de este modo no solo no conseguiremos beneficio alguno sino que comprometeremos su autoestima negativamente. Actuando así, el niño puede llegar a creer que no tiene oportunidad de cambio; que esa etiqueta es parte de él. Por esa razón es importante desviar la atención hacia gestos, conductas y acciones positivas. Así se aumentará la probabilidad de que se repitan y se extingan progresivamente los actos poco adecuados.

Además, las etiquetas no solo perjudican a los menores sino también a nosotros, los adultos. Cuando reiteramos dicha “marca” en el niño estamos enturbiando nuestra espontaneidad a la hora de tratar con él puesto que nuestros pensamientos y nuestras actuaciones se ciñen a ella. Desde el momento en que le catalogamos como “vago” o “lento” (por ejemplo) nuestra atención se centrará exclusivamente en ese adjetivo; lo que se traduce en tener una predisposición diferente a la hora de relacionarnos con él. Nuestra actitud deja de ser objetiva dando paso a una comunicación con tonos irónicos, de desconfianza e, incluso, de decepción. Actuando así lo único que se obtiene es dolor y amargura. Y eso no se lo merece nadie: ni él ni tú.

Por tanto, vemos que etiquetar a los niños provoca no poder valorarles en su totalidad. Siempre que penséis o digáis expresiones como las citadas al principio pensad en este simple ejemplo: Imaginad que habéis pintado de blanco el salón. Al terminar os percatáis de una mancha negra en una de las paredes. A pesar de ser pequeña centraremos la atención en ese punto negro. Hay una alta probabilidad de que cuando enseñemos la sala a familiares o amigos, mencionemos ese defecto provocando que ellos también fijen su atención en ésta. A causa de ello perdemos la oportunidad de disfrutar de lo bien que ha quedado el salón después de haberlo pintado. Eso es precisamente lo que sucede con el niño: terminamos enfocando nuestro interés en aquello que nos preocupa y en lo que no nos gusta ampliándolo al resto de personas que conforman el círculo externo del menor. De nuevo, el entorno del niño le sigue enviando mensajes poco apropiados para su desarrollo y equilibrio interior.

El etiquetado suele surgir de manera espontánea mediante comentarios que pueden ser o no intencionados. Por esa razón, es importante ir con cuidado cuando hablemos de las cualidades entre hermanos ya que se pueden crear tensiones de competitividad innecesarias. Lo correcto es que prevalezca la neutralidad a la hora de referirse a ellos para que nadie se aluda negativamente. (Te invito a leer la entrada “Imitación-comparación-competición”).

NI POSITIVAS NI NEGATIVAS, LAS ETIQUETAS SIEMPRE LIMITAN.

Solemos ir en busca de la semejanza y de la normalización porque la sociedad no deja de imponer la idea de que todo aquello que esté fuera de lo comúnmente conocido es raro e incluso negativo. De ahí surge la auténtica necesidad de etiquetar: para que aparentemente todo se ajuste a los patrones de conducta esperados.

Qué se esconde tras las preguntas: ¿Quién tiene que enseñar? ¿Quién tiene que educar?

¿Quién tiene que enseñar? ¿Quién tiene que educar? ¿Enseña sólo la escuela? ¿Sólo educa la familia? Siempre nos planteamos esas mismas preguntas. No es que resulten erróneas pero es importante ver la perspectiva que esconden. En nuestro interior siempre hemos sabido que todos estamos involucrados en ambas tareas aunque ahora es cuando se va abriendo el camino hacia la conciliación social y familiar; lo que desemboca en una mayor concienciación de tener que actuar conjuntamente para que el futuro inmediato y no inmediato de los pequeños sea mejor. Y precisamente ahí está la clave: queremos lo mejor para ellos. Queremos que sean felices, que puedan solventar los obstáculos de la vida coherentemente, que sepan ir por el buen camino y, como se suele decir, que sean <<alguien>> en la vida.

De ahí nace todo. De nuestro amor hacia ellos. De nuestro instinto protector más prehistórico. Pero de esos sentimientos surgen también las peores inseguridades. No sabemos si seremos capaces de darles todo lo que necesitan por lo que empiezan a aflorar carencias y frustraciones personales. Según su grado de intensidad, derivaremos a otros responsabilidades que son únicamente nuestras.

Por supuesto, puntualmente es lógico hacerlo. Cuando vemos que no podemos abordar algo por nosotros mismos está bien apoyarnos en los demás. De eso no hay duda. El problema viene cuando delegamos en demasía. Ya sabéis: todo en exceso es contraproducente.

No podemos esperar que la escuela haga de nuestro hijo alguien excepcional: que sea educado, saque buenas notas, que coma todo tipo de frutas y verduras… Su función con ellos es muy importante pero no quiere decir que sea suficiente para formar a las personas en su totalidad. Allí se adquieren conocimientos, valores, educación, vivencias únicas. Es un entorno esencial durante los años más enérgicos de sus vidas en las que poco a poco irán interiorizando su existencia. La escuela le ayudará en ese crecimiento progresivo.

Por otro lado, los padres, la familia y el entorno directo del niño son esenciales para un desarrollo sano y equilibrado. Los vínculos que se establecen en ella no pueden encontrarse en otro lado. La cultura familiar, los valores… siempre dejan una huella imborrable en lo más profundo de la persona. La identidad y las raíces del niño surgen de ahí:

“Todos los árboles regados con amor crecen fuertes, sanos y con raíces profundas.

Cada una de sus ramas representan historias. Hay de todo tipo: robustas, frágiles, largas, cortas. A pesar de que cada una de ellas sigue su propio camino, van creando una red de confianza y seguridad. Cuando están en sintonía logran soportar toda clase de tormentas y peligros propios del entorno en el que se encuentran.

Las ramas con más años ayudarán a las nuevas a abrirse paso y a llegar, con el tiempo, a la parte más alta donde se encontrarán con la luz del sol y con todo lo que la vida les brinda.

Y así sucederá siempre. Ese será el ciclo de la vida. La familia trabaja conjuntamente basándose en la comunicación, la confianza, la sinceridad y el amor. De esa manera, aunque las cosas no siempre salgan como nos gustaría, se podrá seguir adelante.

Riega tu árbol todos los días.”

Pero aún hay más. Todo lo que sucede alrededor del niño es un aprendizaje para él. Los medios de comunicación como internet, la televisión, redes sociales… cada vez ejercen una mayor influencia en su educación. Ahí es cuando tanto padres como escuela han de tomar cartas en el asunto y, conjuntamente, trabajar para que desde pequeños hagan un uso correcto de ello y obtengan sabias enseñanzas con respecto a lo que está bien y a lo que no lo está (considero que esa distinción es esencial para la vida).

Recuerda

Las personas nos formamos a medida que crecemos día tras día. El ser humano nunca deja de aprender. Nunca deja de madurar. Somos el resultado de las personas que se cruzan en nuestro camino, de todas las experiencias que vivimos, de todo aquello que escuchamos, observamos y sentimos; de la interpretación que hacemos de lo que nos sucede, de cómo pensamos, de cómo vivimos. Somos el resultado del todo y del nada al mismo tiempo.

La esencia del ser humano es la UNIÓN. Cuando enseñas, aprendes. Así de simple.

Actividades extraescolares: ¿Sí o no?

Son casi las cinco de la tarde y los niños dejan de atender (aún más si cabe) al profesor ya que su atención está dirigida a contar los últimos minutos para escuchar el timbre que dará fin a otro día más de clase. Ahora bien, después de ello se pueden desencadenar tres situaciones:

  • ¡Por fin hemos terminado! ¡Y además es jueves! ¡Toca ir a jugar a baloncesto! ¡Qué bien!
  • ¡Por fin hemos terminado! Pero… hoy es jueves y toca ir a inglés… Qué rollo… ¡No quiero ir! ¡No me gusta!
  • ¡Por fin hemos terminado! ¡Toca irse a casa! (aunque haya que hacer deberes…)

La opción de apuntar al niño a una o varias actividades extraescolares suele plantearse en casi todas las familias. Ya sea por ver a otros niños apuntados, por sugerencias de algún allegado o conocido, por propia iniciativa de los padres o por sugerencia del pequeño. Sea como sea, las extraescolares siempre son un motivo de debate: ¿Perjudican o benefician? ¿Quitan tiempo de estudio o ayudan a que los niños aprendan a planificarse mejor? ¿Aquellos que hacen actividades fuera del colegio serán más avanzados en su vida inmediata y no inmediata? ¿Es bueno que tengan cada día una actividad diferente? La lista podría ser interminable.

Antes de que todos esos interrogantes nos invadan, simplifiquemos las cosas. Si queremos apuntar al niño a alguna actividad extraescolar es importante tener en cuenta estos puntos:

Contigo mismo
  • Pregúntate por qué quieres apuntarle: ¿Lo haces por él o por ti?
  • Cuál es la finalidad de la extraescolar: ¿Diversión? ¿Adquirir más conocimientos? ¿Más tiempo libre para ti?
  • Reflexiona sobre posibles frustraciones personales no resueltas
  • Intenta no tener expectativas con tu hijo
Con el niño
  • Escucha su opinión
  • Obsérvale
  • Respeta sus intereses y decisiones
  • No le presiones ni le exijas
Ambos
  • Hablad siempre. La comunicación verbal y no verbal ha de estar presente. El diálogo es la mejor vía de comprensión.
  • Cread un clima de confianza y respeto para que ambas partes podáis conversar sin reparos.
  • Intercambiad ideas, pensamientos y sensaciones (recordad que las opiniones diferentes pueden sumar y no solo restar).
  • La sinceridad es la base de toda relación. Ayuda a tu hijo a cultivarla.

Teniendo todo ello en cuenta, la decisión de las extraescolares será más fácil de tomar y las dudas desaparecerán rápidamente.

Como todo, estas actividades tienen ventajas y desventajas; dependerá de cómo sea cada uno y de las circunstancias del momento. Lo importante es que propicien ratos agradables para el niño y no se conviertan en una carga extra. Los ejemplos expuestos al principio hablan por sí solos. El que un niño vaya cada día a distintas actividades, le guste y no le suponga un problema, perfecto. El que otro vaya dos días a la semana, ¡también! Eso no quiere decir que sea menos que nadie. Al igual que tampoco lo será aquel que no esté apuntado a ninguna. ¡Olvidaros de las comparaciones! Son dañinas y no sirven absolutamente para nada.

Recordad, familias, que todos funcionamos de una manera distinta. Nuestros genes junto a las experiencias que vamos obteniendo del entorno, dan lugar a lo que somos. Cada niño es diferente. A algunos les gustarán los deportes a otros los idiomas, el baile, las manualidades, la meditación…  Por eso, toda actividad/juego que haga el niño tiene que ser gratificante para él; ha de actuar como un motor interno. No tiene sentido apuntarles a extraescolares con la finalidad de exprimir al límite sus conocimientos y pensar que de esa manera estará más preparado para el futuro. Nada de ello sirve si el niño no le da un sentido a lo que hace. Lo importante es que sea feliz.

Hoy sabemos que la letra no entra con sangre. Hoy sabemos que para que se den los aprendizajes tienen que estar presente la emoción y la curiosidad. Si éstas no se dan estaremos perdiendo el tiempo y, lo que es peor, estaremos enturbiando nuevas oportunidades de aprendizaje y de crecimiento personal.

Recuerda… Si le ves contento, tú también lo estarás. Si le ves orgulloso, tú también lo estarás Si le ves triste, tú también lo estarás.

25 de Febrero: Día Internacional del implante coclear

Hoy, día 25 de Febrero, se celebra el día Internacional del implante coclear en más de 40 países. En el año 1957 tuvo lugar la primera implantación por los doctores franceses Djourno y Eyrès. Este día “hermana a implantados cocleares de distintos lugares con los mismos anhelos y necesidades semejantes”.

¿Y qué es el implante coclear? Si eres una persona oyente y no has tenido contacto con personas con problemas auditivos quizás te suene a algo extraño. En primer lugar, decirte que el implante es un dispositivo que ayuda a devolver la audición a personas sordas o con dificultades auditivas importantes. En segundo, no hay que confundirlo con un audífono puesto que ambas cosas, a pesar de tener finalidades comunes, son distintas. La CNSE (Confederación Estatal de Personas Sordas) nos lo aclara: “El audífono es un aparato que mejora la percepción del sonido, se coloca en la oreja y no requiere de intervención quirúrgica” mientras que “el implante coclear es un dispositivo que transforma sonidos y ruidos del ambiente en energía eléctrica capaz de actuar sobre el nervio auditivo y enviar así señales al cerebro”.

El implante se adapta a cualquier persona por lo que se puede implantar desde a un bebé como a una persona adulta. Los expertos recomiendan detectar lo antes posible el problema auditivo para llevar a cabo una intervención precoz y tener mejores expectativas de éxito. De igual modo, éstos remarcan la calidad de los dispositivos al gozar de una precisión y tecnología cada vez más sofisticada. Eso sí, después del proceso quirúrgico se necesitará rehabilitación logopédica. La persona implantada ha de aprender a discernir e identificar los ruidos y sonidos de nuevo o por primera vez en su vida, en función de su situación personal. Los resultados del implante coclear variarán en función de la persona y de sus necesidades específicas concretas.

Utilizar la lengua de signos junto con el implante puede parecer contradictorio pero no es así. Ambos tienen un objetivo común: el acceso a la información indistintamente de si se es una persona sorda u oyente. Os animo a que os intereséis por la lengua de signos. Está al alcance de todos y es única.

¡Trabajemos por la igualdad entre ambos colectivos!